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Karla, con la pistola en la mano, avanzó detrás de Álex.
Él se giró y vio un coche.
Dejó la bolsa con las bandejas de sushi y sacó la pistola.
Karla se fue acercando al coche que estaba estacionado a pocos metros de su casa. Levantó la pistola y, a pocos metros, gritó.
—¡Policía, identifíquese!
Álex no había notado que era un Maserati de cuatro puertas y con los cristales tintados.
Cuando él también estuvo cerca, la ventanilla de atrás se bajó.
Álex quitó el seguro de la pistola.
La ventanilla, al bajar, permitió ver quién había dentro.
—Hola, Álex. Cuánto tiempo —dijo la mujer.
Álex se acercó más. Dentro del coche de lujo había una persona que reconoció al instante.
—¿Usted?
Ella hizo un ademán.
—Por favor, tutéame, si no, me haces más vieja de lo que ya soy.
—¿Cómo me has encontrado? —dijo mientras se guardaba la pistola e indicaba a Karla que hiciese lo mismo.
—Soy Patricia Portos, no lo olvides nunca.
Álex asintió.
—Eres como un pulpo… —dijo, la señaló y le explicó a Karla que era la traficante más famosa y glamurosa de Barcelona.
También le explicó que le había ayudado varias veces a resolver casos con cierta información sensible al alcance de pocos.
—Mucho gusto —respondió Karla con un punto de celos de cómo la había presentado su chico.
—Lo mismo digo, querida.
Álex miró a la compañera y, por su expresión, él ya la había calado. A Karla no le gustaba Patricia. Era de esperar. Conocía demasiado bien a Karla para saberlo.
—¿Qué te trae por aquí? —dijo Álex, y miró su casa—. ¿Quieres entrar?
—No, gracias, me esperan en el casino. Solo pasaba para advertirte sobre algo importante…
Álex arrugó el ceño y miró enseguida a Karla.
Patricia Portos podía tener información sobre Néstor y había ido a llevársela hasta su casa.
—¿No sabes que hay teléfonos?
Ella negó con el dedo índice.
—Hay oídos en todas partes. Mejor en persona.
—¿Y bien? —preguntó Álex.
—Vengo a advertirte de lo siguiente, querido. Ojo. Ándate con mucho ojo con ese viejo inspector de Madrid. El tal Lezcano. He preguntado sobre él a mis fuentes de Madrid y… —dijo Patricia, y se detuvo—. En fin, ve con cuidado.
Karla sonrió orgullosa de que esa mujer confirmara su teoría.
—Ha venido a mí y le he dado este nombre. Es una clínica a las que acude la gente que no quiere dejar rastro. Es posible que Néstor haya ido allí a hacerse algún retoque. Que lo sepas —dijo, y sacó una mano con un papelito.
Álex lo cogió y lo miró por un segundo.
—Supongo que tengo que darte las gracias.
—Me debes muchas, sargento —dijo con malicia—. Algún día vendré a cobrarlas todas.
Álex sonrió y miró a Karla.
—Aquí nos tendrás para lo que necesites.
—Adiós, parejita… —dijo, y cerró la ventanilla.
El coche arrancó y desapareció en la noche.
Álex miró de nuevo el nombre. Era una dirección y un nombre, solo un nombre: Öztürk.
—Ya te lo dije… —afirmó Karla.
Álex puso los ojos en blanco.
—¿Solo sabes decirme eso?
—Creo que, aunque ese nombre sea el correcto y sea la persona que ha operado a Néstor, no creo que sea la pista que tengamos que seguir.
Álex le pasó el brazo sobre el hombro y caminaron hasta la casa.
—¿Qué te parece si cenamos, nos pegamos una buena ducha, una buena dormida y mañana decidimos por dónde tirar?
Karla lo miró perpleja.
—¿Solo sabes decirme eso? —repitió, y se mordió el labio inferior—. Yo tenía pensada otra cosita antes de dormir…
Llegaron pronto a la comisaría esa mañana.
Álex y Karla, como todas las mañanas, se detuvieron en el Café Sirena para desayunar. Se cogieron el café para llevar y cruzaron la calle hasta la comisaría.
Reunieron a todos los componentes del equipo y empezaron el briefing .
—Tenemos poco tiempo… —comenzó la reunión y se detuvo por la aparición de una persona al otro lado de la puerta.
Todos se giraron hacia ella.
—¿Sí?
—Sargento Cortés, hay una persona que quiere verle —dijo el agente.
Álex asintió.
—Dame diez minutos y voy.
El agente no se movió. Negó con la cabeza.
—Creo que debería venir ya…
Álex pensó enseguida en lo peor. Los fantasmas de Néstor regresaban con cada mínimo cambio. Aparecían en cada alteración de la normalidad. Todo estaba sujeto por un sutilísimo hilo que se llamaba esperanza rota.
«Prepárense para lo que nos caerá encima», recordó Álex.
Parpadeó y miró a los demás, a Karlam y regresó al agente.
Indicó a los compañeros que harían el briefing más tarde y que siguieran buscando la pista que conectaba las dos entidades financieras.
No dijo nada más, solo bajó de la tarima y fue directo al compañero.
Karla lo siguió y aceleró el paso para alcanzarlos.
Llegaron a una pequeña sala que servía de interrogatorio informal y para visitas.
—Aquí está. Lleva llorando desde que llegó.
Álex no entendió, solo asintió, dando las gracias, y abrió la puerta.
Dentro había una mujer que no conocía. Llevaba el pelo crespo y rizado. Estaba sentada con los codos apoyados en la mesa, sus manos cubrían su rostro. Llevaba un anorak de plumas de color azul.
En cuanto escuchó la puerta, se levantó y se tiró a los brazos de Álex.
Él se puso muy rígido y le dio dos palmaditas en la espalda.
—¿Hola? ¿Se encuentra bien? ¿Cómo se llama?
La mujer seguía llorando. Necesitó unos instantes antes de recuperarse. Cuando se separó, se sonó la nariz y regresó a la mesa.
—Es usted el señor Álex Cortés, ¿verdad?
La muchacha tenía los ojos llenos de lágrimas y la nariz roja.
—Sí, ¿y usted? —dijo Álex con cierto tacto—. ¿Y usted quién es?
—Me llamo Diana —dijo, y se detuvo—. Vengo a traerle un mensaje. Un mensaje de parte de una amiga que creo que ha muerto.