El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 41
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El taxi se detuvo.

Lezcano había indicado el lugar al taxista y, después de casi una hora de trayecto, llegó.

Lezcano asintió, mirando por la ventanilla.

—¿Seguro que es aquí?

Lezcano gruñó.

—Eso parece.

—Vale. Pues serán veinticinco euros con catorce. ¿Contado o tarjeta?

Pagó con tarjeta y dejó al muchacho una propina. Además, le indicó que lo esperara, le llevaría poco estar allí.

—Dese prisa, abuelo, el taxímetro lo pongo a cero y corre rápido.

Lezcano no contestó lo que pensaba. Cerró la puerta del taxi amarillo y negro y fue hacia la nave industrial.

La puerta estaba mal cerrada y lo cegaron las luces. En la planta baja, había unos coches de lujo aparcados. Chicos con mono de trabajo los estaban reparando o limpiando. Todos en batería, parecía un concesionario para pocos pudientes y no abierto al público.

Los mecánicos lo miraron y apareció un hombre que le pasaba un palmo de altura.

—¿Qué quieres? —dijo el hombre, al que estaba a punto de estallarle la camisa blanca por los músculos.

—Vengo a ver a Patricia Portos.

El hombre lo comunicó por radio y en su pinganillo le respondieron.

—Patricia no espera a nadie. ¡Largo!

—Vengo por un asunto importante. Ella es la única que puede ayudarme. Soy el inspector Tomás Lezcano, de Madrid.

—¿Y por qué debería atender Patricia a un viejo madero que huele a trampa?

Lezcano pensó su respuesta. Desde luego, no sabía si esa mujer podía ayudarlo, pero la recepción no era de las más calurosas.

—¡Déjalo pasar!

El hombre se giró y asintió. La voz de una mujer invadió la nave y pasó por encima de la música de reguetón que se escuchaba.

El hombre lo cacheó y encontró una pistola. La levantó y dijo:

—Esta me la quedo yo.

Se apartó y Lezcano siguió hasta la escalera, subió los peldaños uno a uno ayudado por su bastón.

Abrió la puerta y, al cerrarla, se dio cuenta de que el despacho estaba insonorizado. La música de la nave dejó de escucharse.

—¿Qué busca un viejo inspector de Madrid en mi casa? —dijo la mujer.

El hombre se detuvo a mitad de camino entre ella y la puerta.

—Patricia Portos en persona. Qué honor, la famosa contrabandista.

Ella subió las cejas y el vaso de coñac.

—No sé a quién se refiere con ese término tan despectivo. Yo solo hago cosas legales. A lo mejor se ha equivocado de persona —sugirió—. ¿Qué quiere?

—Necesito información.

Ella rio.

—¿Quién le dice que poseo esa información y que la compartiré con un policía?

Él sonrió.

—¿Me permite sentarme?

Ella le indicó una de las sillas.

El despacho olía a ambientador caro, como el de las habitaciones de hotel de cinco estrellas.

Las paredes estaban forradas de madera y de cuadros caros.

Ella estaba sentada en su sillón con una pierna encima de la otra, cruzada, y el brazo que sujetaba el vaso se apoyaba con el codo en el reposabrazos del sillón.

—Busco a una persona, le pagaré muy bien por esa información.

—No vendo mi información a los polis, así que ya puede marcharse —afirmó sin miramientos.

Él sonrió de nuevo.

—Déjeme que le explique un segundo —dijo, y le contó una versión muy reducida y al mismo tiempo muy sesgada de la historia—. El hombre que me hizo esto… —indicó la pierna—, lo he encontrado.

Ella aplaudió sin energía y solo un par de veces.

—Celebro que lo haya encontrado. Pero mi pregunta sigue siendo la misma, ¿qué necesita entonces de Patricia Portos?

—Necesito encontrar a la persona que le ha cambiado la cara.

Ella se encogió de hombros.

—Coja las páginas blancas y empiece a llamar. Bueno, ahora ya no existen. Entre en Google y, ya sabe, empiece a llamar —dijo, y dio un sorbo.

Lezcano volvió a sonreír, esa vez algo más molesto. No le gustaba que le tomaran el pelo.

—Si así fuera, ¿cree que un cirujano maxilofacial me contestaría que ha operado de forma ilegal a un criminal?

Ella no le contestó, solo se quedó quieta, mirándolo.

—No —respondió él—. Pero seguro que en Barcelona hay una clínica de cirugía o alguna cosa así donde lo han operado de forma clandestina.

Ella hizo una mueca de contrariedad.

—No sé a qué se refiere.

—Mire, necesito que me ayude. Le seré muy sincero.

Estoy llevando el caso con la policía de aquí y no saben por dónde tirar, son un poco incompetentes.

Tienen ideas modernas y lentas. Lo que se necesita es hacer las cosas como la vieja escuela.

Y encontrar a este hijo de puta es escarbar en el pasado.

—Aquí al lado hay un brico, puede comprar una pala y empezar a escarbar.

La broma no le gustó al inspector y no supo disimularlo.

—Necesito saber las clínicas clandestinas que han podido operar a Néstor Luna, ese hijo de puta no se me puede escapar otra vez.

Patricia Portos dejó el vaso en la mesa y descruzó las piernas. Se acercó a la mesa mientras arrugaba el ceño.

—¿Cómo ha dicho? ¿Cómo se llama?

Lezcano vio un resquicio de luz.

—Néstor Luna.

Patricia arrugó el ceño aún más.

—A ese hombre lo investiga Álex Cortés. Es su jodida ballena blanca, como el libro ese… Moby Dick .

Lezcano sonrió, satisfecho por fin.

—Lo estamos investigando juntos.

—¿Me está diciendo que Néstor Luna tiene una identidad nueva? ¿Quién es ahora?

—Primero, el nombre de la clínica.

Ella se reclinó de nuevo en el respaldo del sillón.

Estuvo mirando al inspector por un buen rato, barajando todas las opciones.

—¿Está trabajando con Álex?

—¿Le conoce?

—Si tuviera diez años menos, sería uno de mis amantes, sin duda.

El inspector subió una ceja y la vio como mujer. Las arrugas y el tiempo habían deteriorado lo que podía haber sido décadas atrás una mujer atractiva y de muy buen ver.

—El nombre, no tengo toda la noche.

Ella se acercó al escritorio y cogió un pósit. Anotó un nombre y se lo pasó.

—Hable con él. Si no lo sabe, sabrá quién —afirmó mientras le pasaba el papel girado.

Lezcano ni siquiera lo miró. Lo plegó y se lo introdujo en un bolsillo del pantalón.

—¿No lo mira?

—Confío en que sea verdad.

Ella se quedó impasible, esperando.

—Napoleón Deulofeu.

La mujer tensó los músculos del cuello.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

Ella no se lo pensó dos veces. Alargó la mano y apretó un botón de un interfono.

—La visita ha terminado, acompáñalo a la puerta —dijo mientras miraba a los ojos al inspector.

No le dio tiempo de levantar el botón del interfono, la puerta se abrió y el hombre de la camisa apretada apareció.

—Gracias por la visita —se despidió ella, volviendo a coger su vaso.

Lezcano ni se despidió, se giró y bajó las escaleras escoltado por el hombre.

Subió al taxi y se marchó de vuelta a Barcelona.

La visita a la famosa contrabandista le había servido para saber su próxima pista.

Con la idea de que Néstor, alias el atracador de Madrid, se había cambiado de rostro, sentía que lo tenía cogido por los huevos.

Y no pensaba soltar la presa por ninguna razón del mundo.