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A Álex le costaba comprender lo que decía el hombre.
Negó con la cabeza y se pasó las manos por el pelo. Los rizos enloquecieron. En pocos días, había pasado de todo.
Primero, les habían asignado, a él y a Karla, un caso de suicidio. Resultó ser una trama financiera con una estafa piramidal detrás. Néstor reapareció en sus vidas y quemó el trastero donde tenía pistas, mensajes.
¿Todo se estaba desmoronando y no se estaba dando cuenta?
«Prepárense para lo que nos caerá encima», la frase del abogado regresó con fuerza a su mente.
Recordó la mirada de Néstor detrás de las gafas de Napoleón Deulofeu. Sí, era él y estaba seguro. Admitió en sus adentros que fue una idiotez ir a su despacho y agarrarlo del cuello. Podría haberlo matado y haberse quedado sin placa, sin sueldo y sin vida.
Aunque, si lo hubiese matado, habría podido comprobar una cosa importantísima: Néstor era Napoleón. Con huellas dactilares, con la huella de los dientes, con el ADN.
Pero las sorpresas no se acababan allí. Lezcano, un inspector de Madrid a punto de jubilarse, amigo de Ildefonso, se añadió a la investigación por orden del juez Delgado.
Y él sacó a la luz lo que era el descubrimiento más increíble en mucho tiempo.
Lezcano aportó luz al agujero negro del pasado de Néstor en otra ciudad, en Madrid.
Néstor ya era Néstor antes de llegar a Barcelona.
La idea lo aterraba y le generaba curiosidad por saber más.
—Llevábamos meses detrás de la Banda de la Chapa.
—¿La qué? —preguntó Karla.
—La Banda de la Chapa, el nombre era porque, cada vez que cometían un atraco, clavaban una chapa de cerveza Mahou en el mostrador de madera. Era una firma, un signo de identidad.
Álex asintió y le hizo un gesto al inspector.
—Eran tres. Su modus operandi era que uno esperaba fuera con un coche trucado.
Era un BMW potente y el chaval era un puto as de la conducción.
Luego, dentro, entraba este tipo —dijo, apuntando a la foto del retrato robot— junto a otro.
Despiadados y violentos. Dejaron atrás muerte y terror por toda Madrid hasta que algo les fue mal.
Se interpuso en sus planes una chica. Ella los delató.
Un guardia de seguridad hirió a uno, lo llevaron a un médico clandestino y seguimos esa pista.
Madrid estaba aterrada y se necesitaba hacer algo.
Le seguí la pista hasta que encontré su escondrijo.
Pero me pilló por sorpresa y me disparó.
Me robó el coche, dejándome lisiado. Ese hijo de puta se ha ido de rositas hasta ahora cargado con la pasta de esos atracos —afirmó con la voz llena de odio—.
Hasta ahora que te he encontrado…, Néstor. Por fin sé incluso tu nombre.
La historia dejó perpleja a Karla y desconcertado a Álex.
Encajaba muy bien con la personalidad de Néstor. Todo cuadraba.
Sin embargo, a Karla algo le rechinaba. Sabía que ese hombre no era trigo limpio. Lezcano, el viejo inspector de la policía, era un zorro. Esa historia tenía muchos agujeros. Era verdad que no lo sabía todo, porque diez minutos no dan para saberlo todo, pero algo no encajaba.
Karla optó por guardarse para ella sus dudas y miró a Álex.
—Tenemos que coger a ese malnacido —afirmó este mientras apretaba los dientes y la sangre le hervía en las venas.
Recordaba el vídeo del portero de su hermana. La imagen del repartidor seguía en su retina. ¿Quién no le decía que volvería a esa misma puerta y le dispararía a su hermana o incluso un día a él mismo?
Néstor era su prioridad. Siempre lo había sido.
Casos más urgentes le habían hecho olvidar lo importante que era encontrarlo.
La pista del día de la gala la aparcó por dejadez.
Su instinto no se equivocaba. Y Lezcano se lo había confirmado.
Le dieron ganas de dar un puñetazo en la mesa.
Un puñetazo que la partiera en dos y a ese retrato dibujado.
Esa imagen vieja de los años noventa le recordó la primera vez que vio a Néstor, en el paso de cebra, conduciendo la furgoneta con gafas de sol a pesar del día de lluvia.
—Tenemos que coger a ese malnacido —repitió, conteniendo las ganas de romper algo.
—Primero tenemos que demostrar que Néstor es Napoleón —dijo Lezcano.
Karla negó con la cabeza.
—Esa no es la dirección. Tenemos que demostrar la correlación y la conexión de las dos sociedades.
Entre el fondo de inversión Imperial Strategic Solutions y Global NEXT S.
A. —replicó Karla—. Esa es la dirección correcta.
Cuando tengamos a Napoleón en la cárcel, le cogeremos las huellas y, entonces, solo entonces, se podrá demostrar que es la misma persona.
Y, de esa forma, legalmente, se le imputarán los delitos de Néstor. Ese es el camino.
Como era de esperar, Lezcano la miró con desprecio.
Ella no supo si era por su idea, es decir, por su línea de investigación o, simple y básicamente, porque era una jodida mujer.
A Karla la desesperaba ese hombre. Podía ver el machismo en sus ojos.
Seguro que, si fuera por Lezcano, las mujeres no deberían estar en la policía, solo deberían estar en casa, haciendo la comida y siempre disponibles con las piernas abiertas.
Si había algo que molestaba a Karla y defendía a ultranza, era eso. Y Lezcano encapsulaba la esencia machista.
—Hay que demostrar que Néstor es Napoleón y punto —afirmó Lezcano.
Después de esa afirmación, Álex vio caer sobre sí las miradas de los dos.
Suspiró.
—Tenemos un problema importante, con independencia de la vía que tomemos —afirmó Álex—.
El abogado sabe lo que hizo que Ildefonso se suicidara y que todo está a punto de estallar.
Eso nos da muy poco tiempo de maniobra. Me jugaría la placa a que Napoleón o Néstor, como queráis llamarlo, está a punto de desaparecer.
Como no actuemos rápido, no tendremos tiempo de buscarlo en las islas Caimán —dijo, y suspiró—.
De todas formas, creo que Karla tiene razón, es lo que hay que hacer.
La respuesta de Álex, a su vez, no gustó a Lezcano, que se levantó y cogió el bastón.
—Está bien, dos contra uno —afirmó con decepción—. Me voy, nos vemos mañana si es que Néstor aún no se ha marchado.
Los dos policías no se opusieron. Dejaron que llegara hasta la puerta y Álex le dijo:
—Lezcano, ojo con lo que haces, esto no es Madrid.
El hombre lo escuchó sin darse la vuelta y salió.
Caminó hasta el ascensor, ya sabía dónde acudir ahora.
En su cabeza estaba dibujada una línea muy clara de investigación que pensaba llevar a cabo.
Con o sin apoyo de esos dos. Las puertas del ascensor se abrieron y entró.
Apretó el botón de la planta baja y, mientras se cerraban las puertas, una sonrisa muy malévola se dibujó en su rostro.