39
Napoleón se aflojó la corbata.
Tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sofá y miraba el techo con los brazos estirados cuando tocaron a la puerta.
Napoleón incorporó la cabeza.
—¿Quién es?
La puerta se abrió. Napoleón había tenido un día complicado y pesado y había pedido a su secretaria que lo dejaran en paz por lo menos media hora.
—Soy yo —dijo la secretaria—. ¿Te importa?
A Napoleón no le hizo mucha gracia verla.
—Necesito un rato de silencio, Inma, tengo la cabeza que me estalla.
—¿No te están haciendo efecto las pastillas? —dijo ella mientras se acercaba.
Napoleón negó con un gesto.
—Me temo que ya me estoy acostumbrando a esa porquería.
Ella asintió y lo miró perpleja.
—O te sientas o te vas, no me hagas mirarte desde arriba, que me duele más la cabeza.
Ella se sentó en un sillón a un metro escaso de él.
—¿Sabemos algo de los asiáticos? —preguntó ella.
Él resopló y volvió a apoyar la cabeza en el respaldo, mirando hacia arriba.
—Acabo de colgarles.
La mujer subió las cejas. De pronto su expresión cambió a expectante.
—¿Y bien?
Él suspiró, siempre mirando el techo.
—Están redactando la orden de la transferencia.
—¡Bien! —dijo con un grito ahogado—. ¿No estás contento, cariño?
Él suspiró.
—Sí.
La respuesta la decepcionó.
—Llevamos mucho tiempo con esto y ahora que lo tenemos, ¿no estás feliz?
Él no dijo nada ni siquiera se movió.
—¿Cuánto? —preguntó ella.
—Más de lo que una persona puede gastar en varias vidas.
A ella se le iluminaron los ojos, fue a preguntar una cosa más, pero un pensamiento ofuscó su mente. Una idea, un miedo.
—Quería preguntarte algo. Llevo todo el día con esto, pero aún no había encontrado el momento adecuado.
La mujer despertó el interés en los ojos de Napoleón y ella lo vio.
—¿A qué te refieres, Inma?
Ella tragó saliva e hizo un movimiento con la cabeza para arreglarse su precioso pelo liso.
—Tengo desde ayer un runrún en la cabeza.
—Suelta. ¿Qué es?
Suspiró.
—Te escuché ayer.
Napoleón arrugó el ceño.
—Te escuché desde fuera. Cuando te traje las dos pastillas y me dijiste que necesitabas estar un rato solo.
La expresión curiosa de Napoleón se transformó en ira.
—Escuché la llamada. Pensaba que tú y yo éramos pareja, que éramos un equipo, que teníamos un futuro. No creía que hubiera otra. ¿Cómo has podido hacerme esto? Ahora que estamos a punto de tenerlo todo.
La mujer se quedó mirándolo, esperando que él dijera algo, que se disculpara, que le confirmara su amor.
Quería que le dijera que se había equivocado, que era un error, cualquier excusa, hasta una mentira hubiera aceptado.
Ella estaba enamorada y quería estar con él de la manera que fuese. Cómo fuese y dónde fuese.
—¿Nunca te han dicho que escuchar detrás de la puerta es de mala educación?
Ella negó.
—¿Quién es ella?
—Alguien que estaba antes de ti y que estará después de ti.
La respuesta no la sorprendió, algo le decía que no acabarían bien. A pesar de que prefería una bonita mentira que una mala verdad, encajar el golpe fue mucho más duro de lo que se imaginaba.
Los dos se quedaron en silencio, mirándose. Los dos sentados y escudriñándose. Napoleón no demostraba sentimientos, como una serpiente, como un sapo, escudado detrás de gafas de intelectual.
Inma no lo reconoció, nunca había visto esa faceta insensible, fría y calculadora de su jefe, de su socio, de su novio.
Un absoluto alienígena.
No parecía el mismo que se la follaba en cualquier lugar, que le había hecho propuestas y compartido ambiciones y proyectos. No solo compartían sexo, también secretos. Los mismos secretos por los que ahora ella se sentía amenazada.
—Me has usado… —respondió ella.
—Lamento que te hayas enterado ahora.
Ella abrió la boca e inspiró; luego, se tapó la boca.
—Entonces, es verdad. Esto se ha acabado, en lo mejor, a punto de tenerlo todo me tiras como una colilla —le reprochó, y él no reaccionó, sus ojos fríos y calculadores la miraban con atención—.
Te he montado la planta veintidós yo solita.
He escondido el secreto y te la he puesto en marcha.
He sido la clave de todo este engaño. La locomotora de la mejor estafa de Barcelona y ahora, a mí, tu mujer de confianza, me dejas de lado —dijo, y lo apuntó con un dedo, siempre a distancia—.
Del mismo modo que te he ayudado, te puedo fastidiar.
Napoleón se levantó de golpe al escuchar la amenaza. Se acercó a ella y se agachó. Sus dos caras quedaron a la misma altura. Vio cómo en los ojos de la mujer nacía una emoción que nunca antes le había visto: el miedo.
—¿Con quién has hablado de nuestra planta veintidós?
Ella negó despacio.
—Con nadie.
—Bien. Mi querida Inma, no se lo dirás a nadie…
Ella asintió.
—Lo juro.
—Buena chica. Pero ¿sabes qué pasa con los juramentos? Que son como las palabras, se las lleva el viento. ¿Y sabes qué pasa luego? Que se fastidia todo. Y tú no quieres fastidiarlo todo, ¿verdad? —preguntó, y ella negó con la cabeza.
—En absoluto. Déjame marcharme. Me iré y no diré nada a nadie. Tienes mi palabra.
Napoleón se acercó aún más a ella. Estaban a pocos centímetros de distancia.
—Lo siento, Inma. Pero lo que pasa es que tú sabes demasiadas cosas —dijo mientras negaba—. Y quien sabe demasiadas cosas no tiene vía de escape.
Napoleón, tras esas últimas palabras, sonrió por primera vez desde que ella entró por la puerta. Y pasó lo que ella se temía. Al jugar con fuego, uno se puede quemar.
Su sexto sentido le dijo que esa llamada de teléfono era una señal de alarma, pero lo ignoró.
Tenía que haberse quedado en casa, pero, al final, las ganas que tenía de demostrarse a sí misma que se equivocaba eran demasiado grandes.
Así, de ese modo tan burdo, al igual que el gato con demasiada curiosidad, lo pagó muy caro.