El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 38
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Decidieron ir a comer ellos también.

Nada de restaurantes o de comidas de menús de carretera. Un bocadillo en la cafetería de delante de la comisaría.

Mientras se dirigían hacia allí, nadie se atrevió a hablar.

Pasaron casi todo el trayecto en silencio, solo interrumpido por Lezcano cuando pidió un número de fax a Álex.

Karla se echó a reír, diciendo que eso ya no se utilizaba.

Álex le dijo que podía darle un correo electrónico, y se lo dio.

Le preguntó para qué era y Lezcano le dijo que estaba esperando un documento importante.

Cuando llegaron a la comisaría, fueron directos a la cafetería. Pidieron unos bocadillos y unos cafés. Se sentaron en una mesa grande, central, de madera, que ocupaba casi toda la segunda estancia.

Al lado, dos agentes descansaban. Uno miraba el móvil y otro hojeaba las noticias del periódico.

Cuando arrancaron a comer, Lezcano quiso saber más de Néstor. Quién era, de dónde salía. Exigió a los otros dos policías toda la información que pudieran darle.

Álex se lo explicó todo mientras a Karla le parecía muy extraño ese repentino interés de Lezcano por Néstor.

No porque la situación no lo justificara, sino porque su sexto sentido le decía que ese hombre no era trigo limpio.

Desde que lo vio, tuvo esa sensación. Y miraba a Álex que, algo ingenuo, le estaba revelando todo lo que sabían.

Cuando Álex acabó de explicar y Lezcano de preguntar, Karla hizo su intervención.

—¿Se puede saber por qué te interesa tanto?

Lezcano negó con la cabeza.

—Solo para entender con quién estamos tratando.

La respuesta no la satisfizo.

—Creo que hay algo más, ¿verdad, inspector?

El hombre la observó serio solo pocos instantes antes de esbozar una sonrisa que hasta ese momento no había visto en el rostro de ese hombre de mil máscaras.

—¿Entonces? —dijo Karla.

—Karla, déjalo. Solo quiere saber, no es un secreto de Estado el caso Néstor.

Lezcano se limpió la boca con una servilleta.

—En efecto, cabo Ramírez, hay algo más —afirmó mientras sonreía—. Te lo explicaré en la comisaría.

—¿Y por qué no ahora?

—Ahora no puedo porque necesito que el sargento Cortés imprima lo que le he hecho llegar a su correo —dijo con esa sonrisa malévola.

Cogieron los cafés y se marcharon. Fueron rápidos, Álex y Karla estaban carcomidos por la curiosidad.

¿Qué habría recibido desde Madrid el inspector Lezcano relacionado con Néstor y el caso que llevaban entre manos?

Álex arrancó el ordenador y abrió el correo, le dio a imprimir. Recogió los folios impresos y, tal y como le indicó Lezcano, no los miró.

—Déjalos aquí —indicó Lezcano.

Álex obedeció.

—Ahora, saca el fichero de Néstor, por favor.

Álex fue a buscarlo. Regresó con un carro que se usaba para transportar las carpetas de un lugar a otro. Lo dejó al lado de una mesa y lo miró.

—¿Ahora?

—Saca una foto de Néstor.

Álex lo hizo.

Sacó la foto de cuando estuvo ingresado en la prisión de Quatre Camins. Recto, mirando a la cámara.

—¿Has podido imprimir también la foto de Napoleón?

Álex le indicó que estaba entre las hojas impresas.

Lezcano, que estaba sentado, levantó las hojas, cogió la foto de Napoleón y la dejó al lado derecho de la foto de Néstor. Luego, buscó otra página y la apoyó en el lado izquierdo.

Esa última no era una fotografía. No era una instantánea de nadie que hubiese entrado en la cárcel. No, era un dibujo. Un retrato robot de los que se hacían a mano alzada.

—Antes de Napoleón, era Néstor. Y antes del Néstor que conocisteis vosotros, era un atracador de bancos en Madrid. El mismo que me robó el coche y me disparó en la rodilla —dijo, apretando tan fuerte los puños que se le pusieron blancos los nudillos.

Su rostro cambió. Su mandíbula se quedó tensa, sus cejas enarcadas y los dientes apretados. Sus ojos se habían llenado de odio y venganza.

—Llevo toda la vida buscándolo y, por fin, lo he encontrado.