El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 37
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Karla y Álex aceptaron el consejo.

El siguiente paso en la investigación era explicárselo al juez Delgado y conseguir una orden de registro en los despachos de Global NEXT S. A., en Barcelona, en su rascacielos.

Arrancó el coche y salieron del centro comercial.

De pronto, al salir, se encontraron con un atasco. La lluvia había empezado a caer y, con la combinación de la hora del mediodía, estaba haciendo estragos.

Álex dio un manotazo en el volante.

—¡Maldita sea!

—¿Siempre es tan tranquilo tu compañero? —preguntó Lezcano.

Karla no se giró.

—A veces no sabes cuánto.

—Estoy aquí, ¿sabéis? —intervino Álex.

—Pon la sirena, hombre… —afirmó Lezcano—. Pásate por el forro todo esto. Vamos, que tengo un hambre que me comería el asiento a bocados.

Álex hizo caso omiso del comentario del inspector de Madrid.

Despacio, llegaron hasta la Rambla Badal y, desde allí, el tráfico se fue descongestionando.

Llegaron a la Ciutat de la Justícia a las dos pasadas. Pensaron que el juez Delgado quizá estaría comiendo, pero la secretaria dijo que estaba con una visita y tenían que esperar.

Lezcano, sentado en una silla, y los dos mossos, de pie.

Se escuchaba cómo Delgado estaba hablando, pero no se entendía de qué.

De repente, el teléfono de la secretaria sonó.

Ella respondió.

—Perfecto, así hago. Para una persona en diez minutos.

Colgó y, a los pocos segundos, la puerta del despacho se abrió. Álex y Karla se giraron al unísono. Lo que nunca se hubieran imaginado era la persona que saldría de allí. La última persona que esperaban que saliera del despacho del juez Juan Antonio Delgado era precisamente esa.

Primero, vieron la figura de un hombre. Luego, la altura y el traje. Las gafas, de pequeña montura negra, y el peinado que le tapaba la frente.

Álex se quedó petrificado, era Napoleón Deulofeu.

El otro hombre se detuvo y con rapidez lo señaló. Lo adelantó un hombre alto y vestido de negro que parecía un gorila. Llevaba pinganillo y la americana marcaba la presencia de una pistola.

Desde el día anterior, cuando Álex había intentado estrangularlo, había contratado a un guardaespaldas. El hombre se acercó a Álex y a Karla y los apartó para que pudiera pasar Napoleón.

Antes de que Álex pudiera decir o hacer nada, la voz del juez Delgado se adelantó.

—Sargento Cortés, no quiero problemas en mi despacho —bramó.

Napoleón y Álex se miraron con mucha intensidad. Álex, con furia; Napoleón, desafiante.

Pasó por delante y Napoleón solo caminó, sin decir nada. Álex tenía de por medio al gorila de negro que le impedía acercarse de ninguna manera.

Una vez que Napoleón le pasó, se giró en la dirección contraria. Mientras Lezcano se levantaba, los dos se miraron.

Las dos miradas de los dos hombres se cruzaron. Lezcano arrugó el ceño, ese hombre le sonaba de algo, pero no supo reaccionar enseguida. Estaba desubicado. La sensación de creer conocer a una persona para un inspector de policía era tan frecuente que casi ni le dio importancia.

Napoleón siguió andando bajo su mirada y salió del vestíbulo seguido del gorila.

Álex cogió aire y apuntó hacia la persona que acababa de salir.

—¿Qué hace hablando con ese criminal?

El juez arrugó el ceño.

—Cortés, será mejor que modere su lengua y sus actos.

—Ese hombre es un famoso criminal, no es lo que parece.

El juez negó.

—¿Qué quiere?

—Necesito hablar con usted, es urgente.

El hombre miró el reloj.

—Maldita sea, Cortés, espero que sea importante. En diez minutos tengo la mesa para comer y llego tarde a mi agenda de la tarde.

Álex se acercó a él.

—Un minuto. Con un minuto, tengo suficiente.

El juez suspiró y, muy poco convencido, lo dejó entrar. También Karla y Lezcano entraron y, al cerrar la puerta, Álex le dijo qué necesitaba, sin rodeos.

—Señoría, necesitamos un permiso de registro para el despacho de ese hombre y otro para cogerle las huellas, para demostrar que es un criminal.

El juez cerró la puerta con un portazo.

—Me temo que me está dando mucho que pensar y que me he equivocado en elegirle como inspector para este caso —afirmó el juez mientras se cruzaba de brazos al lado de la puerta—. El mayor Aragonés me habló tan bien de usted, pero me está decepcionando…

Álex se acercó. Si tenía que ser conciso y resolutivo, esa vez era la buena. Tenía que ir al grano y ser convincente. Todo en uno. Todo al mismo tiempo. Solo tenía un minuto para convencerlo.

—Señoría, Ildefonso y los otros dos financieros que se han suicidado vendían un producto que se llama el fondo mágico…

—Milagroso —puntualizó Karla.

Álex se giró.

—Eso, gracias. El fondo milagroso, señoría.

Lo gestiona Imperial Strategic Solutions y lo comercializa la empresa que dirige Napoleón Deulofeu, es la maldita empresa.

Estamos seguros. La CNMV lo ha investigado y creen que lo son.

Las rentabilidades que ofrecen son de estafa piramidal. Una jodida pirámide Ponzi.

—Hable bien en mi presencia, por favor.

Álex suspiró.

—Está bien, disculpe. Estamos hablando de una estafa, señoría.

Y ese hombre… —dijo, e indicó la puerta—.

Ese hombre es la cabeza pensante. Es un psicópata y un asesino en serie.

Se ha cambiado la cara, ahora se hace llamar así, pero en realidad es Néstor Luna.

Es el asesino más sanguinario de Barcelona y se nos escapará otra vez.

El juez lo escuchó atento. Cuando acabó, miró el reloj y le respondió.

—Yo tengo dinero en ese fondo, sé de lo que me habla, porque Ildefonso me hablaba de ello.

Igualmente, Berta hablaba de ello al mayor Aragonés.

Pero tiene un fallo su historia. Está mezclando su visión de ese hombre y un viejo resentimiento por el que Néstor Luna se le escapó de las manos.

Conozco toda la historia. He leído todos los expedientes.

Entiendo su frustración, pero no puede buscar un culpable fuera.

Se le escapó y salió bien parado, porque podría usted estar muerto.

Pero Napoleón Deulofeu no es su hombre. Es un ciudadano modélico.

Un personaje importante de esta ciudad. Una pieza clave de Barcelona.

Aparte de ser amigo mío. No creo que responda a la identidad de un psicópata asesino.

Álex juntó las manos y se las pasó por la frente y por los rizos.

—Entiendo que pueda parecer increíble y fantasioso.

—No sabe usted cuánto.

—Está bien, entonces, concédame una orden y se lo demostraré.

—Ni por asomo.

—Pero, señoría —intervino Karla—, el día que nos asignó este caso, nos dijo que no nos preocupáramos, que tendríamos su apoyo para permisos, personas, GEI y todo el resto, ¿se acuerda?

El hombre, después de escucharla, puso los ojos en blanco.

—Sí, me acuerdo.

—Entonces, ¿dónde está su ayuda?

El hombre la miró con perplejidad.

Álex se acercó.

—Un solo favor, juez —intervino Álex—. Solo necesitamos entrar en ese despacho. Algo va mal, si no, no se habría suicidado su amigo Ildefonso.

El juez se lo pensó unos instantes. Álex creyó que la incertidumbre del juez era una buena señal.

—Quiero pruebas, señores. Si no encuentran un vínculo real entre Global NEXT y la estructura de Imperial Strategic Solutions, no firmaré nada —afirmó, mirando a Álex a los ojos—. Ahora, discúlpenme, tengo que ir a comer.

El hombre salió dejando la puerta abierta y a ellos, solos en su despacho.

La sensación de que había estado a punto de tener ese papel en la mano se esfumó y Álex negó con la cabeza mientras el juez se marchaba. Karla le cogió la mano.