El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 36
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Álex no contestó a Lezcano.

Esperó a estar en el coche. El Seat Altea estaba estacionado en un parquin subterráneo del centro comercial al lado del edificio de Aurum VIP Capital. Álex fue a arrancar y Lezcano insistió.

—Estoy metido en esto y no sé de qué estáis hablando. ¿Quién coño es Napoleón Deulofeu? ¿Y por qué es un psicópata? —preguntó Lezcano.

Álex dejó la llave del coche y se dio la vuelta. Primero, miró a Karla y ella asintió, como si quisiera decir «hay que explicárselo». Aunque a ella no le gustara ese inspector de policía.

—Y peor aún, si sabéis que ese tío es un asesino en serie, ¿por qué no está en la cárcel?

—Es una larga historia —empezó Karla—. Este hombre creemos que se ha realizado varias cirugías plásticas faciales y se ha hecho con documentación falsa. Se ha hecho un cambio personal y de identidad en toda regla.

—Entiendo. ¿Y por qué no lo investigáis?

—Lo estábamos haciendo —dijo Karla, y miró a Álex—. Hasta que a alguien se le fue la pinza y quiso estrangularlo.

Álex se rascó la barba.

—Son cosas que pasan, a veces perdemos los estribos.

Lezcano asintió.

—Sé de lo que va. Pasa más de lo que creéis.

—Gracias —afirmó Álex.

—No, ni gracias ni nada. No puede pasar. Cuando cruzamos la línea de lo que no debemos hacer, nos convertimos en criminales. Ya no somos los buenos.

Lezcano dio un bufido despectivo.

—Qué poco sabes de la calle, mujer.

Esa frase le sentó a Karla como una patada en el costado.

—¿Que yo no sé de la calle? ¿Con quién te crees que hablas? —gritó ella.

Álex alargó los brazos y la cogió.

—Ey, tranquilízate.

—¿Cómo quieres que me tranquilice si dice barbaridades así?

Álex asintió y la miró aún con más intensidad.

—Necesito que te tranquilices.

Ella apretó los dientes y se giró, miró por el parabrisas, dando la espalda a Lezcano.

—Madre mía, qué carácter la niña esta… —dijo Lezcano.

Karla se giró otra vez con fuego en los ojos y Álex la detuvo.

—¿Quieres callarte, Lezcano? ¿Quieres que te lo expliquemos o no? —bramó Álex.

Lezcano se encogió de hombros.

—Estoy esperando… —respondió con ironía.

—Está bien —afirmó Álex—. Creemos que el asesino en serie Néstor Luna es ahora Napoleón Deulofeu.

—¿Y por qué no lo pilláis? Tiene huellas, ADN, el timbre de voz, toda esa mierda que la científica hace que parezca magia.

Lo último que necesitaba Karla era que un misógino y carca inspector de policía le dijera que solo él sabía cómo funcionaba la criminalidad en su propia ciudad.

Y, del mismo modo, Álex lo último que necesitaba era que ese vejestorio le dijera todo lo que no había hecho y que era obvio, como si fuera un policía recién salido de la academia.

Álex respiró hondo.

—Es lo que estoy tratando de decir. Creemos que es la misma persona, pero tenemos que demostrarlo. ¿Es tan complicado de entender?

Lezcano negó.

—Justo desde ayer que lo sabemos —añadió Karla siempre mirando de frente—. No desde hace un año…

Lezcano no dijo nada. Solo se giró hacia Álex para que siguiera.

—Estuvo en la cárcel y se escapó. Lo encontré y su pareja me disparó.

—¿Te dispararon? Pues has tenido suerte, a mí también, pero me quedé lisiado.

Karla miró a Álex.

—A veces pienso que a ti también te dejó tocado esa bala.

—¿Qué dices? —preguntó Álex.

—Si no fuera así, no habrías intentado estrangularlo.

—Si hubieran intentado matar a tu hermana y cortado una mano y todo el resto, ¿qué habrías hecho tú?

Karla negó con la cabeza y volvió a mirar al frente.

Álex suspiró y le explicó a Lezcano todo lo que había pasado. O por lo menos, se lo resumió. Estuvieron casi quince minutos para que Lezcano se enterase quién era Néstor y qué había hecho en los últimos años.

—Lo peor de todo es lo que hizo hace dos noches. Lo peor es tener la intuición de que es él y no poder hacer nada.

Lezcano se quedó callado. Era mucha información y muchas historias para entenderlas todas de golpe de una sentada.

—En fin. ¿Qué hacemos ahora? ¿Vamos a por ese hijo de puta? —dijo Lezcano.

Álex cogió su móvil y buscó el contacto que le había dado el juez Delgado. Lo marcó y apretó el botón verde.

—Tenemos que saber qué averiguaron los de la CNMV.

Karla miraba a Álex y le sonrió. Él se la devolvió y entonces los tonos se interrumpieron en el auricular por la voz del hombre que conocían.

—Inspector Cortés, ¿en qué puedo ayudarle?

—Señor Marhuela, perdone que le moleste, pero tengo una pregunta.

Al otro lado se escuchaba un ruido de teclas y de voces que se colaban por el teléfono e inundaban el habitáculo del coche. Allí, de pronto, les parecía estar físicamente al lado del escritorio del hombre.

—No es ninguna molestia. Para eso el juez Delgado le dio mi contacto. Dígame.

—Necesito saber qué encontraron relacionado con las cuentas de Global NEXT S. A. —dijo Álex.

Hubo un momento de silencio.

—¿Qué sabe usted de Global NEXT?

Álex, sin dejar de mirar el teléfono, que estaba en su pierna con el altavoz activado, tragó saliva.

—Las tres personas que se suicidaron vendían productos de un fondo de inversión, un tal Imperial Strategic Solutions.

—Ostras, señor Cortés, ha topado usted con el fondo milagroso.

—Exacto, ¿es verdad que ustedes han inspeccionado las cuentas de Global NEXT S. A.?

Carlos Marhuela suspiró.

—Efectivamente.

—¿Y qué han encontrado?

—Por desgracia, no hemos podido demostrar que ese fondo es una estafa piramidal. Un esquema Ponzi de manual.

«Estafa piramidal» resonó en el coche como lo hizo en la cabeza de Álex con eco. Dos palabras que eran una confirmación. Dos palabras que eran un paso más hacia la verdad. Dos palabras que reforzaban su teoría y lo empujaban a seguir adelante en esa dirección.

—Napoleón Deulofeu. ¿Qué saben de él?

El hombre de la CNMV se rio.

—Nada. Es un tipo que ha salido de la nada. No tenemos constancia de que haya gestionado nada de finanzas antes y, por alguna razón cósmica, lo metieron como jefe en la empresa.

—¿Cómo puede ser que no hayan encontrado nada? Si están tan seguros… —preguntó Álex.

—Estamos seguros porque las rentabilidades son siempre las mismas, pero tenemos un cortafuegos.

—¿Qué quiere decir con cortafuegos? —preguntó Álex.

—Global solo es un puente. Lo que manda es el fondo en el paraíso fiscal. Este es el que devuelve las comisiones y los intereses. Si existe, está todo bien.

—¿Y?

—Hemos pedido a los jueces de las islas Caimán que investiguen la sociedad y no lo hacen.

Hubo silencio en el coche. Karla, que miraba a Álex, vio que se había quedado sin ideas, así que aprovechó para intervenir.

—¿Y si no existe este fondo, Imperial Strategic Solutions? ¿Si es solo una fachada? ¿Solo una tapadera?

—Efectivamente, es lo que nos tememos. Pero está en un paraíso fiscal. Si estuviera en Londres, en Dubái o en Estados Unidos, ya lo habríamos sabido. Pero no hay manera. Lo único que sabemos es que un periodista español hizo una investigación y el rastro se pierde en los bancos del paraíso fiscal.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Álex.

—Quiere decir que, si el dinero existe, es que todo funciona bien y el señor Napoleón Deulofeu es un crack . Pero si no hay dinero, todo es una burbuja.

—Bien, ¿y dónde está el dinero?

—Los balances del fondo dicen que tiene una cantidad de dinero invertida y otra en depósitos.

—¿Y?

—Creemos que los bancos mienten, que dan certificados manipulados.

—La burbuja…

—Exacto. No sabemos si lo es, pero si me dice que los tres financieros vendían este tipo de producto, es que quizá ellos tenían información privilegiada o se habían enterado de algo que aún no sabemos.

—Eso me temo, Carlos —dijo Álex, y suspiró—. Eso me temo…

Mientras decía eso, recordó de nuevo las palabras del abogado de Ildefonso: «Prepárense para lo que nos caerá encima».

—Carlos —dijo Álex—, ¿ahora por dónde tiraría? Estoy perdido, confundido. ¿Qué haría usted?

El hombre del CNMV no respondió enseguida. Se seguían escuchando los ruidos de una oficina concurrida y muy grande, mientras, Álex y Karla se miraban perplejos.

—Lo tendría claro —afirmó Carlos—. Le explicaría todo esto al juez Delgado. Sin dudar.