El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 35
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María Collgros, desde su butaca de diseño carísima, se sentía protegida.

Movía el vaso con movimientos dulces y concéntricos para que el hielo enfriara el líquido de veinte años.

Suspiró y no se dejó alterar por la pregunta del sargento Cortés.

—Hablo personalmente con el director general, Napoleón Deulofeu. ¿Lo conoce?

Álex se giró hacia atrás, Karla le devolvió la mirada. En los ojos de él refulgían la venganza y la confirmación de que todo empezaba a cuadrar. Cuando las pistas se alinean, nada es casualidad, todo es confirmación. Ese hombre era el cerebro maquiavélico detrás de la estafa piramidal.

—¿Usted conoce a Napoleón Deulofeu? —preguntó Álex, algo incrédulo.

—Por supuesto —afirmó ella con un tono de orgullo—. Lo conozco en persona. Ildefonso nos presentó. Nos explicó el fondo y las ventajas. Nos pareció de lo más interesante. Lo valoramos y empezamos a desviar inversiones. Tenemos ingentes cantidades de dinero confiadas en sus manos.

Lo que le explicó la directora lo dejó boquiabierto. Se hubiera marchado corriendo de allí hasta el juez para que le diera un permiso para entrar en esa sociedad y detener la mecha que estaba haciendo estallar la caja de dinamita que decía Lezcano.

—Señora Collgros, Napoleón Deulofeu es un peligroso psicópata y asesino en serie. ¿Cómo puede decir que es amigo suyo? Ese hombre los ha llevado hasta el precipicio y está a punto de empujarlos y enterrarlos allí dentro.

La mujer lo miró perpleja. Álex había sido contundente, desde luego. Incluso Lezcano se había incorporado en el sillón de piel y se había sentado en la punta del cojín.

—¿Eso es verdad? —preguntó, sorprendido—. Estoy alucinando pepinillos.

La directora se echó a reír aún más fuerte. Álex creyó en un primer momento que era forzado, pero luego vio cómo la mujer se estaba secando las lágrimas de la risa. ¿Cómo podía hacerle tanta gracia algo tan serio?

—A nosotros no nos hace gracia, señora Collgros —espetó Karla, que se había acercado a Álex—. Es más, no hay nada en todo esto por lo que reír —añadió—. Estamos tratando temas muy serios

La mujer se fue recuperando.

—Conozco personalmente a Napoleón y es un hombre estupendo y encantador.

—Sí, muchos psicópatas lo son —puntualizó Álex.

—Es brillante, una persona que lucha por lo que quiere hasta la saciedad.

—También esos son rasgos de psicópatas.

—Imposible —continuó María Collgros—. Pondría la mano en el fuego por esa persona —afirmó.

Álex se acercó y se sentó al lado de la mujer. En el sofá que tenía justo al lado.

—Escúcheme bien —arrancó con suavidad Álex—.

Yo no tengo la menor idea de cómo es su mundo ni cómo se articula.

Pero pongamos que Napoleón Deulofeu es el artífice de una estafa piramidal, en sus cuentas debería aparecer la marca, la estela del dinero, ¿no?

O si alguien controla esto. Alguien que pueda decir si esto está mal hecho o el dinero no existe o si está desviado —dijo, y se iba encendiendo con cada palabra—.

O lo que sea. Alguien que revise las cuentas y pueda decir si este tío lo está haciendo bien o mal, ¿me entiende?

La mujer sonrió y apoyó la mano en la pierna de Álex.

—Sargento Cortés, está todo en orden con Global NEXT S. A., no vaya por ahí, que va a perder el tiempo —respondió con tono cálido y reconfortante—. Es más, lo que debería hacer usted es invertir su dinero en él.

Álex se armó de paciencia.

—No quiero meter lo poco que tengo de dinero en ningún lugar. Lo que quiero es que me conteste. ¿Nadie mira las jodidas cuentas de un fondo? ¿Nadie se ocupa de eso?

La mujer levantó la mano de la pierna del hombre y lo señaló.

—Ya sé a dónde quiere llegar, pero no va a encontrar nada. Porque ellos, antes que usted y nosotros, ya lo hicieron y confirmaron lo que le estoy diciendo.

—Maldita sea, entonces hay alguien.

—Claro que hay.

—¡¿Y quiénes son?!

Ella suspiró.

—La CNMV. La Comisión Nacional del Mercado de Valores.

Los ojos de Álex se iluminaron de repente. Esa sigla la había escuchado antes. Tenía el contacto y había hablado con ellos. El juez Delgado se lo había proporcionado.

La mujer acabó.

—Puede hablar con ellos. Ellos han investigado a Global NEXT S. A., y como le he dicho, no han encontrado nada. ¿Por qué? —preguntó, eufórica—. Porque no hay nada que encontrar. Solo genialidad, solo gente que sabe hacer bien su trabajo. Como nosotros.

Álex no necesitaba hablar más con esa mujer. Se levantó del sofá y se marchó hacia la puerta. Antes de salir, se giró.

—Ojo, señora Collgros, el inspector Lezcano tiene razón. Está usted sentada sobre una caja de dinamita a punto de estallar.

Al decir eso, ella empezó a contradecirlo, pero Álex ya había salido de su despacho. Lo siguieron Karla y Lezcano. Bajaron por el ascensor y el inspector madrileño le preguntó:

—¿Quién es Napoleón Deulofeu?