El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 34
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—¿Conoce el fondo de inversión Imperial Strategic Solutions? —preguntó Álex.

El despacho de María Collgros de Aurum VIP Capital estaba en silencio.

Los policías se habían quedado de pie, tenían prisa. Sentían que se encontraban cerca de la solución. Tanto que a Álex le daba grima.

La pista que había encontrado Alan o era demasiado obvia o era muy equivocada. No había más explicación.

María Collgros se acercó al minibar y metió un cubito de hielo en el vaso. Repitió con otro vaso. Luego, sirvió un dedo de whisky de malta en cada uno. Álex se había quedado de pie, como Karla. En cambio, Lezcano, por su rodilla, pidió sentarse.

La directora le acercó el vaso a Lezcano. Este lo cogió y se lo llevó enseguida a la nariz. Olió el líquido y, al parecer, por su expresión, olía muy bien.

—Es un fondo en las islas Caimán. Lo llaman el fondo milagroso.

—¿Usted cree en los milagros, directora?

Ella se sentó.

—¡No! Yo soy de resultados. Soy de ver, no creo en los milagros, soy como santo Tomás. Me ciño a los resultados. Y los resultados son lo que tenemos con esos clientes, las rentabilidades son extraordinarias.

—¿Qué tiene de especial este fondo? —preguntó Álex.

Ella subió las cejas. Dio un sorbo muy pequeño, tan solo para mojar los labios.

—Es un fondo al que no se puede acceder fácilmente. Solo si te invitan. Si el fondo no te selecciona, no puedes entrar.

Lezcano, que se había bebido el whisky de un solo trago, dejó el vaso en la mesita de al lado.

—No lo entiendo. Si es tan milagroso, ¿por qué no ponen ahí todo el dinero?

—Solo cierta cantidad. Deciden ellos —explicó la mujer, y subió las cejas—. Es un tema de exclusividad. Por cierto, ¿por qué la pregunta? ¿Qué pasa con ese fondo? ¿Quieren invertir?

Karla y Álex se miraron.

—No. Creemos que hay un problema con este fondo.

—¿Un problema, qué tipo de problema?

—Creemos que es el centro. Ildefonso Lladó, Damià Roca, Berta Soler Aragonés, coincide que los tres ofrecían a sus clientes este producto.

La mujer negó con la cabeza.

—No lo entiendo.

—Lo que quiero decir es que nuestro analista cree que es una estafa piramidal —dijo Álex.

La mujer miró primero a Álex, luego, a Karla y, por último, a Lezcano; después, se echó a reír.

Karla y Álex se devolvieron la mirada, perplejos, enfadados.

—Creo que no lo ha entendido bien —afirmó Álex, mirándola enfadado—. Están ofreciendo mierda a sus clientes.

La mujer que había acabado de reír, miró a Álex aún con una sonrisa en la cara. Levantó su vaso de whisky y bebió un sorbo.

—Yo tengo invertido dinero en ese fondo.

Mi jubilación está en ese fondo. Mis padres tienen dinero en ese fondo.

Mucha gente importante de esta ciudad tiene dinero en ese fondo.

Lo han investigado nuestros analistas y todos coinciden en una cosa —afirmó, y esperó un instante antes de continuar—.

Ese fondo es sólido y es una pasada. Ojalá tuviéramos más productos como ese.

Álex negó con la cabeza. La directora estaba segura de sí misma. No estaba interpretando. Estaba convencida de que el producto era una buena opción de inversión para sus clientes. Tanto que sus ahorros estaban allí metidos.

A Álex le regresó a la mente lo último que le dijo el abogado de Ildefonso: «Prepárense para lo que nos caerá encima».

Nadie sabía lo que estaba pasando. Nadie podía imaginar lo que se estaba acercando. Al mismo tiempo, se preguntaba quién más estaba ofreciendo ese producto.

¿Quién más estaría a punto de suicidarse por culpa de esa estafa?

Mirando a la mujer, que seguía saboreando su whisky , Álex se preguntó la más importe de las preguntas: ¿quién estaba detrás de todo esto?

—Si es tan sólido, ¿por qué Ildefonso se suicidó? —preguntó Karla.

María, al escuchar el nombre, se entristeció.

—No lo sé, pero de lo que sí estoy segura es de una cosa: este trabajo es muy competitivo.

Es agotador, la gente llega al borde del colapso, del burnout .

Nuestros comerciales suelen durar equis años y luego se compran una casa frente al mar y cambian de vida.

Me temo que Ildefonso no supo verlo —afirmó la mujer.

—No lo creo —increpó Lezcano—. Ildefonso no era de ese tipo de gente.

Por lo que lo conocía, no era un tío que tirara la toalla a la primera de cambio.

Algo muy gordo tenía que pasarle. Algo muy tocho.

Así que no quiera venderme el típico «creo que se ha colado».

O tenía mucho estrés. Esa mierda de la casa en la playa es una bazofia —afirmó—.

El sargento Cortés tiene razón. Y si es así, me vendió a mí también ese producto, mi pensión está metida allí dentro.

No sé cómo puede estar usted tan tranquilita, sentada sobre esta caja de dinamita, sabiendo lo que está a punto de estallar, con su maldito whisky de veinte años.

Yo estaría buscando la maldita mecha para sofocarla.

Karla y Álex se giraron hacia la directora, impresionados por el discurso del viejo policía.

En cambio, la directora ni se despeinó.

—Le tenía mucho aprecio a Ildefonso, ¿qué se cree? —espetó al viejo investigador—. Lo que pasa es que creo también en lo que hacemos aquí. En mis analistas, en los criterios de mis comerciales, en el olfato de Ildefonso. Todo hace que no me decante hacia su teoría.

Álex negó con la cabeza. Hacer entrar en razón a esa mujer era una causa perdida.

—Está bien, señora Collgros —intervino Álex—. No nos interesa que lo crea o no, pero, como policías que estamos investigando el tema, queremos saber quién está detrás del fondo Imperial Strategic Solutions.

La mujer se lo pensó un instante. Dio otro sorbo al whisky hasta acabarlo. El hielo resonó al tocar las paredes de cristal del vaso ya vacío. Tintineó y dio vueltas sobre sí mismo al volver a ponerlo en posición horizontal.

—Aquí hay dos cuestiones.

—¿Dos? —preguntó Álex.

—Sí. Una es Imperial Strategic Solutions como vehículo de inversión constituido en las islas Caimán, con domicilio registrado en un despacho local y el personal que hace el trabajo importante. Es decir, los analistas de mercados, donde físicamente están los cerebritos.

—¿Se refiere a los que comercializan este fondo milagroso?

—Exacto.

—¿Y ustedes mandan el dinero directamente al fondo? —preguntó Álex—. ¿Han comprobado si es real? ¿Han viajado hasta allí?

Ella lo miró perpleja.

—¡No! ¡No hace falta! Nosotros confiamos en el mediador.

Álex arrugó el ceño.

—Mediador… —murmuró.

—Sí, la sociedad que nos proporciona el acceso, el puente, el nexo con esta empresa sin la que no podríamos acceder.

Álex asintió.

—¿Y es europea? —preguntó él.

—Es española.

—¿Y de dónde es?

—Es de aquí, tenemos la suerte de que es de Barcelona.

Al saber que era de la ciudad, a Álex le gustó. Dio un paso adelante y preguntó.

—¿Y cómo se llama?

Ella se levantó de la butaca. Se acercó con su vaso al carro de los licores y se vertió un dedo más del extraordinario whisky . Luego, siempre con la botella en la mano, señaló a Lezcano, por si quería repetir. Él negó con la cabeza, aunque todos sabían que se hubiera bebido la botella entera.

—Señora Collgros, ¿cómo se llama la sociedad?

Ella cogió el vaso y regresó a la butaca.

—Global NEXT S. A. —dijo mientras se sentaba.

—¡¿Cómo dice?! —gritó Álex.

La mujer, con parsimonia, dio un sorbo y acabó chasqueando la lengua.

—Ya lo ha oído. ¿La conoce?

Álex dio un paso más hacia la mujer.

—¿Quién es su contacto en Global NEXT S. A.?