32
Álex y Karla esperaban en el coche.
Estaban esperando a que Miquel Buñol saliera del despacho de abogados.
El número de teléfono que estaba en el libro de recetas de Silvia, la viuda de Ildefonso Lladó, era el de ese abogado penalista que había sido contratado por él.
El despacho donde trabajaba estaba situado en plena Avenida Diagonal, en el mismísimo edificio Habitat. Un edificio de diseño, moderno, vanguardista, icónico y completamente rojo.
La noche empezaba con una ligera lluvia. El frío agudo de diciembre seguía azotando la ciudad. De vez en cuando, Karla tenía que arrancar el coche, esperar a que se calentara el habitáculo y volver a apagarlo.
—Si no ha querido hablar por teléfono, ¿qué te hace pensar que querrá hablar contigo en persona? —preguntó Karla.
—Nada. Solo podemos probar a ver si tenemos suerte.
—¿Y si no la tenemos?
Álex suspiró y miró a la compañera.
—Entonces se lo explicaremos al juez Delgado y que decida él. Nosotros ya habremos hecho lo que teníamos que hacer. Será cuestión suya, no nuestra. Con un poco de suerte, nos quita este caso y podemos volver a investigar a Néstor.
—Napoleón, Álex. Ahora es un respetable ciudadano.
Álex bufó.
—Menuda mierda. Si tienes bastante tiempo para vivir, llegarás a ver las cosas más increíbles en esta ciudad. Y lo que más me fascina, ¿sabes qué es?
Karla negó con la cabeza.
—Que nadie se preocupa de nada. A esta ciudad le interesa más la fachada que la sustancia.
—Si no te gusta la idea, vete.
—Lo pienso cada día antes de dormirme —afirmó, y se giró hacia ella—.
Deberíamos pedir traslado a algún pueblo de Gerona.
Donde solo haya que bajar algún gatito de un árbol y que lo peor que pueda suceder sea que un agricultor haya embestido con el tractor a una gallina.
O se haya perdido un burro por las montañas.
—¿En serio lo piensas?
Álex se giró hacia el edificio rojo.
—Sí, pero solo si nos fuéramos los dos. Solo no iría a ninguna parte —afirmó, y no se dio cuenta de que Karla lo miraba con amor en sus ojos—. Allí lo tenemos. A Miquel Buñol. Vamos.
Karla se giró de golpe y vio a un hombre que salía.
—¿Cómo lo has reconocido tan rápido?
Los dos salieron del coche.
Alan había localizado el móvil en la zona, en la celda de Barcelona que correspondía a la sede central del despacho de abogados.
Deducido, sacaron una foto de internet y sabían dónde esperar.
En el despacho, no los dejarían entrar. Y si lo hubiesen conseguido, el abogado se habría sentido cohibido para hablar con libertad.
Álex lo siguió. Caminaba rápido. Era delgado y con las piernas largas. Llevaba un abrigo y una mochila al hombro, tal vez con un ordenador.
—Miquel, Miquel Buñol —llamó Álex, siguiéndolo ya con un paso más rápido que él y casi cogiéndolo.
El hombre se detuvo.
Cuando lo alcanzaron, Karla y Álex le enseñaron la placa.
—Hemos hablado antes.
El hombre arrugó el ceño.
Llevaba unas gafitas con cristal rectangular, sin montura.
Dudó unos instantes si hablar con ellos o seguir caminando.
—¿Qué quieren?, llego tarde a una reunión.
Álex apoyó su mano en el hombro del abogado.
—A esta hora, como no haya quedado con una rubia, no me lo creo. ¿Por qué no quiere hablar con nosotros? Tenemos la autorización de la señora Lladó. Necesitamos saber y rápido.
—No puedo. El señor Lladó, mi cliente, me dijo que nada de prensa ni de policía. Solo familiares. Así que, si me permiten… —dijo, y se liberó de la mano del policía.
—Quieto, no tan rápido, Miquel Buñol —dijo Álex—. Escúcheme. El señor Lladó se ha suicidado, pero sabemos que detrás de todo esto hay algo más. Lo descubriremos antes o después. Queremos saber quién lo obligó a matarse o qué pasó.
—No pasó nada.
—Si fuera así, no le habría dejado su número a la viuda, ¿no le parece?
—Déjenme, no voy a hablar. Hagan lo que tengan que hacer, pero yo no puedo.
He firmado un contrato y no puedo —dijo, y se acercó al policía, no de manera desafiante, sino con el ceño fruncido y muy preocupado—.
Ya saben la vía que tienen que seguir para obtener la información de forma legal. Háganlo y estaré aquí esperando.
—No queríamos llegar al extremo de pedir una autorización al juez.
El abogado asintió.
—Les llevará más tiempo. Pero lo siento, son las normas del juego.
Karla se interpuso entre ellos.
—Sé que quiere ayudarnos. Sé que quiere ayudar a la familia Lladó. No nos deje así. Díganos, por favor, ¿qué está pasando? ¿Qué le pasó a Ildefonso?
La petición de Karla le llegó hondo. Levantó la mirada al cielo. Cada vez llovía con más intensidad, aunque estaban refugiados debajo de un balcón.
—Solo les diré una cosa: prepárense —afirmó, mirando a Karla a los ojos.
—¿Para qué?
—Para lo que nos caerá encima.