31
Álex salió de la sala y del edificio de la compañía.
Karla lo siguió cabizbaja. Estaba avergonzada. De hecho, era la única de los dos que se avergonzaba.
Una vez en el coche, Karla le soltó una bronca monumental.
—Ya me lo ha dicho todo Aragonés, no hace falta que me lo repitas tú también, ¿sabes?
—Es lo más estúpido que te he visto hacer. Me asustas, Álex. Aragonés tiene razón. Desde que te dispararon, has cambiado, ya no eres el mismo.
Álex sacó el móvil y miró si había algo urgente.
—¿Me oyes? ¿Cómo se te ocurre cogerlo por la garganta? Casi lo matas.
—Es Néstor, joder.
—Lo sé, Álex. Y creo que podemos esperar de todo con ese hijo de puta. Pero, por un arrebato, por lo de la mano de tu hermana, has dejado que perdamos lo más valioso que teníamos, joder.
Álex levantó la mirada.
—¿De qué me hablas, Karla?
—Del efecto sorpresa, Álex. ¡Maldita sea!
El efecto sorpresa. Si es él, ya no podremos acercarnos.
Si lo hacemos, nos van a meter en la cárcel y nos quitarán la placa, el sueldo y todo eso — bramó, y se cubrió la cara con la mano—.
Es lo más estúpido que has hecho. Casi no te reconocía. Me has dado miedo.
Álex se quedó callado.
Karla, al no recibir respuesta, se giró.
Vio cómo Álex le enseñaba la pantalla.
—Me temo que tenemos que volver a nuestra senda. La viuda de Ildefonso ha encontrado algo y quiere enseñárnoslo.
—¿Qué ha encontrado?
—No lo sé. Venga, arranca, nos vamos a su casa —dijo, sacó del salpicadero la sirena y la enchufó.
Karla arrancó el coche y Álex le indicó la dirección.
La casa de la viuda resultó ser una villa en la parte alta de Barcelona. Calles residenciales, tranquilas y con aparcamiento cerca. Una zona que tenía que valer una fortuna. Con el sueldo de ellos dos, no podían ni alquilar un garaje por allí.
La mujer los dejó pasar enseguida al verlos por el videoteléfono. Atravesaron un jardín cuidado y una piscina. Las vistas eran a toda Barcelona. Álex fue directo a la casa; en cambio, Karla se tomó un segundo para darse el placer de ver desde aquella altura la ciudad desde ese punto.
—He encontrado esto —dijo la viuda.
—Señora Lladó…
—Llámenme Silvia —dijo la mujer.
La mujer alargó a los dos policías una memoria USB.
—¿Qué es? —preguntó Karla.
—Es una copia de un vídeo, un vídeo de despedida de Ildefonso.
—Vaya, lo siento.
Ella negó con la cabeza. Seguía con los ojos húmedos y con ganas de que todo fuera solo un sueño.
—¿Qué dice?
—Será mejor que lo vean ustedes.
La mujer se levantó y encendió la televisión, en ella, apareció la foto de su marido. Le dio al play y el hombre empezó a moverse.
No sé por dónde empezar.
Llevo tres días intentando escribirte algo que no parezca una excusa, una despedida o una mentira. Y todo lo que escribo acaba sonando a las tres cosas.
Ha pasado algo. Algo grande. Algo que no puedo explicarte aquí.
Sé que eso te parecerá cobarde. Lo es. Pero necesito que me hagas caso por una vez sin preguntarme nada. Coge a los niños y vete a casa de tu padre. Hoy. No mañana. Hoy.
Ildefonso Lladó llevaba una camisa blanca sudada y desabrochada. Parecía grabado por la noche, con el silencio nocturno. Sentado en su escritorio. Estaba grabando el vídeo con un portátil, los ojos húmedos y la voz tomada.
No abras la puerta a nadie de la oficina. A nadie. Ni a Gerard ni a Toni ni a los abogados que digan ir de mi parte. Si alguien menciona una carpeta azul, llama al número que dejé escrito dentro del libro de recetas de tu madre.
No he sido el hombre que tú creías. Tampoco soy el monstruo que te van a vender.
Diles a los niños que los quiero.
El vídeo se detuvo y nadie se atrevió a ser el primero en hablar.
La viuda se acercó el mando y apagó de nuevo la televisión.
Álex suspiró y solo cuando Silvia lo miró, se atrevió a decir lo que pensaba.
—¿De cuándo está datado este vídeo?
—Creo que justo el día antes.
Karla acercó su mano y la apoyó en la de la mujer.
—Sentimos mucho su situación y le damos las gracias por habernos llamado enseguida.
Silvia sonrió por un instante brevísimo.
—¿Por qué ustedes? —preguntó Silvia.
Álex y Karla se miraron.
—¿Nosotros? ¿A qué se refiere?
—Son de homicidios —indicó la tarjeta de visita que Álex le había dado el día antes—. ¿Creen que lo han matado?
—Creemos que puede haber conexiones con otras muertes y que no sea casualidad —respondió Karla—. ¿Ha recordado detalles de los últimos días que quiera añadir?
La viuda negó con la cabeza.
—¿Quiénes son Toni y Gerard? —preguntó Álex.
Ella miró por un segundo la televisión, buscando el momento en que su marido dijo el nombre de las dos personas.
—Gerard y Toni son sus superiores, de Madrid. Son amigos. Se conocieron en Madrid y de vez en cuando vienen a casa.
—Pero lo normal sería que viniera su jefa directa, la señora… ¿Cómo se llama? —preguntó Álex, mirando a Karla.
—María Collgros.
—Eso.
Silvia negó.
—Cuando hay problemas, llaman ellos —dijo la viuda—. Temas de empresa.
—Señora, ¿ha mirado en el recetario de su madre? ¿De quién puede ser el número?
La mujer miró a Karla algo desubicada.
—No, no lo he mirado —dijo, y rectificó—. No sé si Ildefonso quisiera que la policía se quedara con ese número de teléfono.
—Silvia, si hay algo detrás de todo esto y que su marido no le comentó, lo único que podemos hacer es llegar a esa información y resolver qué ocurrió de verdad.
Ella asintió y se levantó. Acto seguido, los dos policías la imitaron. Caminaron hasta la cocina. Era blanca, diáfana y grande, muy grande. La viuda hizo un gesto a la persona de servicio y esta salió. Se acercó a una vitrina llena de libros.
Cogió el más viejo y gastado. Se acercó a Karla y se lo entregó.
—No tengo ni idea de lo que buscan. Solo les pido una cosa, no ensucien más el nombre de mi marido, por favor.
Karla asintió y la viuda se marchó, dejándolos solos en la cocina con ese libro que parecía una libreta de recetas.
Lo abrieron y empezaron a buscar el número al que Ildefonso se había referido con: «Si alguien menciona una carpeta azul, llama al número que dejé escrito dentro del libro de recetas de tu madre».