El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 30
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El susto aún seguía en su cuerpo.

Necesitaba un tranquilizante, una tila o matar a ese policía. Álex Cortés le había casi estrangulado.

Pero ¿cómo se había atrevido a poner sus manos encima del legendario Napoleón Deulofeu?

¿Cómo?

Lo más preocupante era que había llegado hasta él.

Se deshizo el nudo de la corbata y se desabrochó el primer botón de la camisa.

Estaba solo en su despacho.

Era oficial, Álex Cortés sabía quién era.

Se había equivocado al pasar por su lado en la gala benéfica. También se había equivocado quedándose en Barcelona. También se había equivocado visitando a Ana la noche anterior y al quemar el trastero.

Pero, al final, su naturaleza era esa, retar, llevar la vida hasta el límite, si no, no se sentía lo suficientemente vivo.

Tocaron a la puerta.

—¿Sí?

Esta se abrió. Al otro lado, estaba Inma, la que era la recepcionista el día que entró en la empresa y que se convirtió en su secretaria personal y amante.

Sin contar que era una de las pocas personas que sabía el engaño que había montado Napoleón; la planta fantasma donde estaban los ordenadores e impresoras sin internet y que escupían cada mes los informes para los clientes.

—¿Estás bien? —dijo, entrando con un vaso de agua y dos pastillas.

—Sí.

—Tómate esto, te sentirás mejor.

Ella se lo dejó en la mesa donde estaban los sofás de su despacho. Se sentó a su lado y le miró el cuello. Las marcas de las manos del asaltante aún estaban muy presentes.

—¿Es un afectado? —preguntó ella.

—No, supongo que un loco o algo así. No sé… —mintió Napoleón.

Ella asintió con la cabeza.

Él se tomó las dos pastillas y un trago de agua. Dejó el vaso y se apoyó en el respaldo del sofá.

—¿Cómo lo ves? ¿Crees que los asiáticos…?

Él asintió.

—Sí, el problema ya no es si lo van a hacer, sino cuándo y con cuánto. Espero que sea antes que todo…

Ella, antes de que él acabase, le acercó un dedo a la cara y lo apoyó en sus labios.

—Shhh. Todo irá bien. Ya verás que estos entran rápido. Los asiáticos son rápidos, ¿sabes?

Él sonrió.

—Suerte que te tengo a ti…

Ella sonrió también. Le enseñó el escote del vestido, que estaba tan apretado que parecía que sus senos estaban a punto de explotar.

—Quieres que cierre la puerta y… —dijo mientras se mordía el labio superior.

Néstor miró por un segundo las enormes tetas y subió de nuevo la cabeza.

—No, mejor que no. Necesito un momento para descansar, nada más.

La respuesta decepcionó a la mujer.

—¿Prefieres que me vaya? —preguntó, casi ofendida.

Él solo asintió y miró por la ventana, en dirección contraria a ella.

Inma se levantó, caminó hasta la puerta y lo miró un segundo antes de cerrar.

Néstor esperó un par de minutos antes de sacar un teléfono que tenía en el bolsillo de la americana.

Era un Nokia, de los viejos, de los que no se podían geolocalizar ni rastrear.

Marcó un número y esperó a que respondieran.

—Cariño… —dijo una voz femenina al otro lado.

—Me ha encontrado.

Silencio.

—¿Quién?

—Él.

—No me jodas.

—Tal cual.

—Tenía que haberle disparado dos veces.

Napoleón se calló.

—Néstor, tienes que coger todas tus cosas. Tenemos que huir ahora mismo.

Él suspiró.

—He cerrado el mejor trato de mi vida.

—Lo llevas diciendo hace meses y al final no tendrás tiempo. Todo explotará y no te dará tiempo de nada. Siempre dices lo mismo, que es el último. Pero luego no lo dejas.

—Puedo dejarlo cuando quiera.

—Claro. Los yonquis también lo dicen hasta que pillan una sobredosis y la palman.

—Lo digo en serio. Esta es la última y gozaremos de todo el dinero tú y yo, en una isla paradisíaca.

Dejaremos todo atrás, Barcelona, nuestras vidas anteriores, la policía y todo lo demás.

Iremos a una isla sin extradición y viviremos el resto de nuestros días con una sola preocupación: qué tipo de cóctel nos servirán nuestros criados.

—Suena muy bien, pero…

—¿Pero?

—Pero se me acaba de ocurrir un problema. Si te han encontrado a ti, me encontrarán a mí también, ¿no?

Napoleón se paró un segundo a pensar.

—Tú, oficialmente, has muerto. Te encontraron carbonizada en el parque de la Ciutadella. Tranquila, tú estás libre.

—Lo que tú digas, pero no lo veo. Tampoco tenían que encontrarte a ti…

—Ya, pero esto es diferente, yo estoy en las portadas de los periódicos, en la tele. Tú estás en un escondite.

—Lo que tú digas, amor.

—Te dejo, tengo mucho trabajo. Te llamo esta noche, cariño.

Napoleón cerró la comunicación y guardó el móvil.

Estiró la cabeza hacia atrás y los brazos a todo lo largo del sofá. Necesitaba pensar rápido, pero más rápido necesitaba que los asiáticos metieran el dinero o la caída del castillo de naipes se aceleraría.