El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 29
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Allí estaba el mayor Aragonés.

De pie, con la gorra bajo el brazo.

Era verdad que Álex estaba aún medio dormido, pero lo primero que le llamó la atención fue que su expresión no era una de las mejores.

Lo observó mejor y rectificó, era la peor que nunca había visto en su jefe.

—Sargento Cortés, se ha pasado de la raya —espetó el mayor.

Álex movió el cuello de un lado a otro.

—La verdad es que las descargas eléctricas no son de mi agrado.

—Cortés, le hacía una persona cabal. Le consideraba una persona prudente y sensata. Pero, con lo que ha demostrado hoy, me he alegrado de que no aceptara mi puesto.

Álex abrió la boca. Sentía como su saliva era una pasta gomosa y pegajosa. Le costaba abrirla por lo compacta que era. Serían los efectos de la descarga de la táser.

—Nunca he querido su puesto, eso ya lo sabe. Y no me venga con paternalismos. Si me quita estas esposas, le demostraré que tengo razón.

El mayor, que seguía recto e inmóvil, lo miraba fijamente.

—Ha cometido una estupidez. Es la manera más liviana que encuentro para definirlo, la verdad.

¿Cómo se le ocurre echarse encima de ese hombre?

—sentenció Aragonés—. ¿Es que se ha vuelto loco?

El juez Delgado le dijo que su prioridad era el caso de los suicidios.

¿Qué hace en la sede de Global NEXT? ¡Por el amor de Dios!

—Quítenme las esposas, por favor, empiezan a doler.

—No, dígame qué hace aquí.

—Es una larga historia, mayor.

El mayor por fin se movió. Cogió con las dos manos la gorra por detrás de la espalda y empezó a caminar por la sala.

Álex miró a su alrededor. Estaba maniatado en una silla de aluminio en una sala sin ventanas. Solo intuía que detrás de él había una puerta. De cara a la pared, solo veía a Aragonés.

—Tengo sed. ¿Puedo beber?

—¡No! —afirmó casi gritando—. Es usted un impulsivo y un…

—¿Un?

El mayor se detuvo de nuevo y lo apuntó con la gorra.

—¿Sabe quién me ha llamado?

—¿Cómo voy a saberlo si estaba desmayado?

—No se haga el gracioso, Cortés. Está usted a punto de quedarse sin placa, sin sueldo, suspendido de su cargo.

Si no fuera por mí… —dijo, y reanudó a caminar—.

Me ha llamado el mismo director de esta empresa.

Me dijo que se lanzó sobre él como un energúmeno.

Que si no llegan a tiempo los de seguridad, lo estrangula. ¿Qué demonios le ha pasado?

—Mayor Aragonés, ese hombre, el tal Napoleón Deulofeu, es la nueva identidad de Néstor Luna, ¿se acuerda? Néstor Luna.

El mayor se detuvo.

—Ha perdido el juicio desde que ese hombre le disparó —bramó el mayor con un tono de pena—. Si ahora cree que el mundo está en su contra, está muy equivocado, ¿sabe?

—No, el mundo no. Solo él, Napoleón es Néstor. El asesino en serie. Pensábamos que se había fugado, pero no, sigue aquí. ¿Cómo sabemos que Napoleón es de verdad Napoleón? ¿De dónde ha salido ese tío?

El mayor se volvió a detener. Lo miró con severidad y volvió a apuntarlo con la gorra.

—Napoleón Deulofeu es un honorable ciudadano de Barcelona. Además de director, mecenas y benefactor. ¿Quién cree que organizó la gala del F. C. Barcelona?

Álex negó.

—¿Cómo? ¡No! Fue el presidente del club.

El mayor Aragonés negó con la cabeza.

—No, Cortés, fue él. La cabeza visible de la gala benéfica fue el president , pero el patrocinador fue el señor Deulofeu. La ha pifiado, Cortés, ha metido la pata hasta el fondo.

Álex negó con la cabeza.

—Se equivoca. Libéreme y se lo demostraré.

Aragonés se colocó la gorra.

—Mire, le voy a decir lo que va a suceder.

—Venga, no se ponga en plan oráculo…

—Escúcheme bien y no sea gracioso. Me voy a ir por esa puerta y lo van a liberar.

El director me ha prometido que no va a presentar cargos contra usted a cambio de no verle nunca más —dijo, alzó el dedo índice hacia su cara—.

Como entre en un radio de un kilómetro del señor Deulofeu, me ha prometido que lanzará todos sus abogados en contra de usted y del cuerpo.

Y es mejor que no tengamos nada que ver con esta situación para que usted pueda seguir con el caso del juez Delgado, le he dado mi honorable palabra, ¿me ha entendido?

Álex se quedó callado. Ambos estaban a un paso de distancia. Nunca había visto tan enfadado a ese hombre. Con los ojos salidos y casi morado de rabia, lo miraba con la misma intensidad que se miraba a un asesino en serie. Pero él no lo era. Eso no podía estar pasando. ¿Cómo había acabado así?

—¿Me ha entendido?

—Le he entendido. Pero que sepa que se equivoca y que se lo demostraré.

—No quiero que me demuestre nada. Si tiene una paranoia persecutoria, no es mi problema —afirmó, y rectificó enseguida—. Pensándolo mejor, sí es mi problema, es un problema que usted tenga estos pensamientos. Será mejor que pase una evaluación psicológica, Cortés.

Álex arrugó la frente y arqueó la boca.

—¿¡Qué!? Yo no estoy loco, mayor.

—Lo veremos.

—No pienso pisar un loquero ni de coña. Néstor se somete a una cirugía plástica y, en un año, de ser el hombre más buscado de Barcelona ahora es el salvador de la patria.

¿Es que solo yo lo veo? Es él. Es Néstor.

Se ha dejado barba, el pelo que parece un empollón y esas patéticas gafas de montura pequeña que disimulan sus ojos de psicópata, ¿es que no lo ve? Ni hablar. Y ahora el loco soy yo.

—No hay trato, Cortés. O se presta a una valoración o no le devuelvo ni la pistola ni la placa. Usted decide.

Álex entendió que la única manera de seguir investigando a ese malnacido era aceptar, capear la situación y decir a todo que sí al mayor.

—Está bien, lo que usted diga, ahora libéreme y deme agua. Estoy muerto de sed.

Aragonés dio un paso adelante, colocándose a su lado, pero mirando hacia su espalda, hacia la puerta.

—Ojo con lo que hace, Cortés. Considérese afortunado, otro estaría en el calabozo de la Guardia Civil y empapelado hasta las cejas —bramó.

Acto seguido, tocó la puerta y le abrieron. Un hombre lo dejó salir y el mayor le indicó que podían liberarlo. Pasó por delante de Karla y, sin detenerse, la miró de soslayo y le dijo:

—Tampoco me lo esperaba de usted, cabo Ramírez.