El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 28
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Álex sentía cómo le hervía la sangre.

Conducía por la Ronda Litoral cegado por la furia. Llevaba la sirena puesta y sorteaba los coches que no se apartaban.

—¿Quieres que nos matemos? ¿Puedes ir más lento, por favor? —gritó Karla.

Álex soltó una mano del volante y se dio en la cara.

—¿Te das cuenta? Néstor. Es Néstor. Lo hemos estado viendo todo este tiempo.

Lo hemos tenido delante, encima es un tío famoso que ahora lleva una empresa, un director o uno de esos cargos, y no lo vimos —afirmó mientras seguía acelerando por la ronda—.

No, es culpa mía. No supe verlo yo. Maldita sea.

No supe verlo. ¿¡Cómo no pude verlo?! —dijo, y dio un volantazo para salir de la ronda.

—¿Qué piensas hacer ahora? Ir allí y decir: hola, soy Álex, ¿qué tal estás? ¿Te acuerdas de mí, vamos a tomar unas cañas para recordar viejos tiempos? —espetó Karla.

El Seat Altea se metió por pleno distrito financiero, siguiendo las indicaciones del GPS hasta llegar al destino.

La fachada del edificio estaba formada por franjas de ventanas y plantas que tapaban la estructura.

Con seis plantas, recordaba al edificio de Milán, el Bosque Vertical, pero en versión reducida.

Dejó el coche como pudo y salió.

Karla lo siguió.

—No me has contestado, Álex. ¿Qué piensas hacer? ¿Entrar, sin más?

Álex no la escuchaba, caminaba a paso rápido y sin mirar atrás, sin escuchar a nadie y sin preocuparse por las consecuencias.

La entrada del edificio de Global NEXT S. A. tenía una puerta circular acristalada.

Atrapados en la puerta giratoria, Karla volvió a preguntarle cuáles eran sus intenciones. Y él intentó tranquilizarla ante lo que tenía en mente.

En cuanto la puerta los dejó pasar, Álex, a paso acelerado, fue directo al mostrador de la recepción.

—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó el recepcionista.

Álex se presentó enseñando la placa, exigiendo ver con urgencia al director general, el tal Napoleón Deulofeu.

El hombre se ajustó las gafas.

—Verá, eso no es posible. El director está muy ocupado y es posible que no esté en la sede, incluso. Yo no gestiono la agenda de nuestro CEO. Lo que sí puedo hacer… —dijo de forma muy lenta, sin muchas prisas por acabar— es trasladar la solicitud a su secretaria y…

—No lo has entendido. Esto es una investigación policial y tengo que pasar.

El hombre se volvió a colocar las gafas. Parpadeaba lento, como si fuera una grabación que se emitía con una velocidad inferior a la normal.

Álex se pasó una mano por la cara. Ese hombre le estaba haciendo perder el tiempo y, además, la paciencia.

—¿Tiene alguna orden del juez para entrar e investigar?

Álex negó con la cabeza.

—No, pero tengo que pasar igual. Es solo para hablar un momento.

—Si lo dejo pasar, me van a despedir y no sería bueno para mí que me despidieran, la verdad. A lo mejor, lo que debería hacer es llamar al departamento legal y preguntarles a ellos —dijo mientras levantaba un auricular.

El recepcionista empezó a hablar con el departamento legal sobre qué tenía que hacer con ese sargento de la policía cuando lo vio.

Lo vio rodeado de gente.

Se habían abierto las puertas del ascensor y apareció él: Napoleón Deulofeu.

Iba vestido elegante, muy elegante. La barba con perilla le tapaba medio rostro y el pelo lo tenía más largo, caído sobre la frente, que se la tapaba por completo.

Además, al disfraz, le había añadido unas gafas de vista con montura de pasta negra, de forma redonda, para que le confirieran un aire casi intelectual.

Al verlo, el mundo bajó de volumen para Álex.

Estaba rodeado de personas. Todos trajeados, cada uno más elegante que el anterior. Se respiraba dinero, poder, importancia. El grupito se dividía en dos partes; una, con facciones occidentales y la otra, con facciones asiáticas.

Álex se apartó de la recepción. Karla, que seguía la conversación con el recepcionista, cuando levantó la cabeza para darse cuenta de lo que estaba sucediendo, ya era demasiado tarde.

Álex, de un brinco, había saltado el torno. Una vez dentro de la zona restringida, tuvo delante a los dos grupos de personas.

Aceleró el paso. Detrás, Karla también saltó el torno y unos guardias de seguridad corrieron hacia los dos asaltantes.

Tenía a Napoleón Deulofeu en su trayectoria. Este estrechaba la mano a un asiático y después, el grupo que encabezaba se metió en el ascensor y se cerraron las puertas.

Napoleón Deulofeu se dio cuenta de que alguien se estaba acercando.

Verlo llegar hizo el mismo efecto que ver llegar un toro a punto de embestir. Napoleón no iba desencaminado.

—Soy policía, solo quiero hablar con ese tipo —decía Álex.

Cuando estuvo a su altura, la de Napoleón, lo agarró del cuello y lo empujó un metro detrás de él hasta clavar su cabeza contra la pared.

Con sus brazos fuertes, trabajados en el gimnasio, había cerrado tanto el cuello de Napoleón que no podía respirar. Empezó a ponerse de color morado.

Álex, con los dientes apretados y las mandíbulas tensas al máximo, solo las abrió para decir una frase.

—Te encontré, Néstor —masculló.

Mientras lo apretaba, con la otra mano, le agarró las gafas y las tiró al suelo.

Los dos se miraban. Uno en los ojos del otro. Sus miradas se intensificaron cada vez más hasta que dos guardias se abalanzaron sobre ellos dos. Álex seguía agarrando por el cuello a Napoleón y, a pesar de que tenía a dos hombres que parecían dos armarios intentando separarlos, no lo soltaba.

Los ojos de Napoleón empezaron a ser saltones.

Solo cuando uno le proporcionó una descarga eléctrica con una táser, lo soltó.

Álex cayó al suelo, desplomado.

Napoleón Deulofeu volvió a respirar y poco a poco tomó un color más natural. Siguió respirando y tosiendo. Por poco no lo había ahogado.

Cuando Napoleón pudo hablar, lo apuntó.

—Apartad a este loco. ¿Quién es? ¿Cómo lo han dejado pasar? ¿Qué mierda de seguridad tenemos en este edificio? —exigió con un hijo de voz.

Álex lo miró de reojo cuando parecía que se despertaba de la descarga eléctrica.

Néstor se había escapado de su mordaza. Lo apuntaba y gritaba. No supo cómo, pero se encontró con las manos esposadas y con un dolor de cabeza terrible. Karla entró dentro de su visión. Le tocó el rostro y le dijo algo que no comprendió, porque se estaba desmayando de nuevo.

En esos cortos instantes antes de desmayarse, lo único que pensó fue que ese hombre había conseguido escapar.

Otra vez se le había escapado. Después de haber quemado la noche anterior el trastero y entrar en casa de su hermana, estaba allí, vivo y coleando, una vez más.

Como casi todas las veces que Álex y Néstor se habían enfrentado.

Cerró los ojos y se dejó llevar por la plácida calma que lo estaba invadiendo.

Después de un período de tiempo que no supo cuantificar, un ruido lo despertó. Cuando abrió los ojos, estaba sentado en una silla, esposado y con el mayor Aragonés frente a él. Y, por su cara, lo que lo esperaba no predecía nada bueno.