El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 27
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El Passatge de la Virreina era una calle paralela a La Boquería.

No llegaba a ser una calle, era más bien un callejón. Estrecho y poco iluminado. Por un lado, daba al Carrer de Jerusalem y por el otro, a la Plaça de Sant Galdric. Casi todos los locales estaban cerrados y el paso era solo de algún turista despistado o un vecino que se dirigía a su puerta.

El inspector Lezcano no pasaba por allí por casualidad. No, Lezcano no iba a ningún lugar por casualidad. Estaba buscando a alguien, aunque no persiguiendo. Desde que le dispararon en una rodilla, había sufrido muchas intervenciones y nunca le quedó bien.

Antes, Lezcano perseguía a todos sus informantes y, sobre todo, a los que no pagaban por su protección. En Madrid era tan temido como respetado. Pero cuando quedó lisiado, todo cambió en su vida. Él también.

Llegó cojeando con el bastón. Buscaba a la persona que tenía delante.

Estaba sentada en una silla de madera con el asiento de mimbre. Fumaba un caliqueño que apestaba toda la calle. El hombre, de reojo, lo vio llegar desde que se asomó por la plaza.

Esperó a que llegara a casi a un metro para girarse.

—¿Qué hace un jodido inspector de policía de Madrid por aquí?

Lezcano se apoyó con las dos manos en el bastón.

—¿No tienes una silla también para mí?

El hombre que fumaba se giró, se sacó el puro de la boca y escupió en el suelo.

—No, lo siento. Solo tengo una silla.

—¿Tienes miedo de que me quede demasiado tiempo?

—Ya hace mucho tiempo que no tengo miedo, Tomás —afirmó—. Y tú, ¿tienes miedo?

—En mi trabajo, si tienes miedo, estás muerto.

El hombre sentado fumó, dio dos bocanadas y echó el humo al inspector.

—¿Qué quieres, Tomás?

—Vaya, desde luego, no me imaginaba que me pondrías una alfombra roja, pero tampoco me esperaba que me trataras así.

El hombre levantó la mirada y escupió de nuevo, más cerca de sus zapatos.

—Nunca has sido bienvenido en Barcelona. Esto no es la capital. Los españolitos listillos como tú peligran aquí. Yo de ti, vigilaría mi espalda.

Lezcano sonrió nervioso. Ya le costaba admitir que era un vejestorio de la policía.

Antes, cuando estaba en forma, todos temblaban a su paso.

Todos temblaban tan solo al escuchar su nombre.

Luego, todo cambió por culpa de un hijo de perra que lo dejó lisiado.

Soñaba con la versión anterior de Lezcano.

Desde entonces, seguía soñando con coger a ese hijo de perra del que ni siquiera sabía su nombre.

Solo tenía un recuerdo ofuscado que pudo plasmar en un retrato.

Eso era lo único que tenía y, con el pasar del tiempo, se fueron esfumando las esperanzas de encontrarlo.

—Solo quiero información, Juan.

—Las informaciones valen dinero.

—Te puedo pagar.

El hombre que fumaba levantó las cejas de repente. Se giró y, con el caliqueño en la boca, dijo:

—Vaya, esto sí que es nuevo. Lezcano pagando.

—Era un viejo amigo. Quiero saber qué ha pasado y sé que tú sabes siempre algo.

—¿Quién era tu amigo? —dijo, y añadió enseguida—. No sé si me sorprende más que quieras pagar por una información o que Lezcano, Tomás Lezcano, tuviese un amigo…

El inspector cambió el peso a la otra pierna.

—Digamos que era un hombre a quien le debo mucho. Nada más.

—¿Quién era tu amigo? A ver si sé algo. Pero ya ves, la ciudad cambia y yo ya no sé casi nada de nadie… —dijo con tono desconsolado.

—Déjate de numeritos, sé perfectamente que todo llega a tus oídos. Se llamaba Ildefonso Lladó. Se suicidó hace unos días. ¿Sabes algo?

El hombre lo miró con una ceja subida, dio una calada y regresó a mirar de frente.

—Juan, venga, por los viejos tiempos, ¿qué sabes?

El hombre dio otra calada.

—¡Juan! —insistió—. Ha sido muy sonado. Se tiró del rascacielos de la empresa en la que trabajaba. Venga, Juan, por los viejos tiempos. También pasó lo mismo hace una semana con Damià Roca Vilardell, del Banc Marítim Català, y Berta Soler Aragonés. ¿Qué sabes?

El tal Juan solo fumaba, era como si eso no le interesara.

Parecía que se había desconectado. Ya no estaba presente.

Ya no tenía interés en hablar con Lezcano.

Eso molestó al inspector. Lo peor que le podían hacer era eso, ignorarlo.

Lo que más le irritaba y le molestaba era que pasaran de él.

El viejo Lezcano hubiera abierto la puerta de su edificio y le hubiera dado una buena paliza.

Le hubiera dado de hostias hasta que hubiese hablado y escupido lo que sabía junto a sangre si hiciera falta.

Pero la realidad difería mucho de lo que estaba pensando.

—Venga, Juan. ¿Qué sabes? Por favor.

Juan dio una calada más y se giró.

—Dicen que, si llegas a vivir bastante, llegas a ver el cadáver de tu enemigo pasar por el río. Creo que es una de esas frases que ponen en camisetas o en los jodidos sobres de azúcar —dijo, y asintió—. Pues, al final, tendrán incluso razón. Jodidos publicistas.

—Juan, no me hagas implorar. ¿Qué sabes o quién puede saber algo?

—Mira, lo único que te digo es que hoy ya me doy por satisfecho. No he ganado ni un puto euro, pero con ver al viejo Lezcano implorar ya me siento el más rico de la calle —dijo, y miró a su alrededor; primero, a la derecha y luego, a la izquierda—. ¡Pero si no hay nadie en esta jodida calle!

El hombre se echó a reír.

A Lezcano le estaba hirviendo la sangre.

Sin decir nada más, se dio la vuelta y empezó a marcharse en la misma dirección que había venido.

—¡Lezcano! —dijo Juan, y el inspector se detuvo, pero no le dio el placer de girarse—.

Solo te digo que esos jodidos banqueros, o lo que coño sean, se lo han buscado, joder.

Malditos capitalistas. Remalditos usureros.

Debería morir alguno más de vez en cuando —dijo, y se echó a reír—.

Al final, como ves, no tienes amigos, todo gira en torno al dinero, maldito ratero.

Lezcano reanudó su lenta caminata. De fondo, escuchaba al hombre que reía y tosía por culpa del tabaco.

—Maldito hijo de puta, ojalá te mueras de cáncer de pulmón. Jodida víbora —susurró mientras se marchaba del Passatge de la Virreina.

Caminó hasta la entrada del mercado de La Boquería. Cruzó la carretera y se vio en plenas Ramblas. Los turistas bajaban y subían en oleadas. Lezcano pensó que parecía un jodido día de vacaciones, pero no lo era. Era un maldito día de entre semana.

¿Dónde iba tanta gente?

¿Qué venían a hacer en Barcelona?

¿Es que no tenía casa esa gente o nada mejor que pasar por allí?

Pudo comprobar que Barcelona se había convertido en lo que leía en los periódicos nacionales. Era un centro comercial a cielo abierto y esa calle era la puerta de entrada al turismo.

Se acercó a un puesto que vendía castañas asadas. Compró un puñado. El hombre, de piel oscura, le entregó un cucurucho hecho con un periódico.

Lo cogió y se lo guardó en el abrigo. Caminó hasta el primer banco libre y se sentó para comérselas.

—Este jodido frío y esta maldita humedad del mar me está matando. ¿Cómo puede vivir aquí la gente? —susurró como un viejo cascarrabias.

Se quedó mirando a la gente pasar mientras comía castañas y tiraba las cáscaras al suelo.

Mientras, pensaba en lo que tenía que hacer.

Su contacto se había esfumado. No podía regresar a Madrid, esos pipiolos de los inspectores, el tal Cortés y la tal Ramírez, podían refrescarle las ideas y acercarlo a la situación.

Acabó de comer las castañas e hizo una bola con el papel que antes tenía forma de cucurucho.

Lo dejó en el banco y se levantó. Cogió el primer taxi y se marchó al hotel donde se alojaba.

Al día siguiente quería regresar pronto a la comisaría y ver qué habían descubierto los mossos .

Sentía que aún podía hacer mucho por Ildefonso.

Al final, él le había hecho ganar un montón de dinero con sus inversiones.

Sentía que lo mínimo que podía hacer era investigar si de verdad se había suicidado o si algo más se escondía detrás de su muerte.