26
—¿Qué quieres decir con que se marcha? —preguntó Ana Cortés con incredulidad.
—Pues lo que oyes, que Néstor se marcha. Lo que tenía que hacer aquí ya se acabó, sea lo que sea, se acabó —añadió Álex.
En el ambiente cargado entró Javier para rebajar las tensiones.
—Si es así, es una buena noticia —intervino—.
Aunque yo me quedaría más tranquilo si alguien se quedase en la puerta para vigilar que no regresara.
Por supuesto, ahora que lo sabemos, he sacado mi pistola y la tengo en un lugar más cercano, pero está claro que, si nos envías una protección, sería mejor.
Álex asintió mientras miraba a Javier.
—Tienes razón. Karla, ¿puedes llamar a la central y organizarlo?
Karla se levantó, cogió su café con leche y fue a sentarse en el sofá para gestionarlo, mientras que Álex se sentaba al lado de su hermana.
—Esta vez, seguro que lo cogemos, pero tenemos que actuar rápido —dijo Álex—. Me gustaría que aportaras tu ADN para confirmar que esa mano es la tuya.
No fue fácil para él hacerle esa petición, pero creyó que era necesario.
Se planteó si Ana, cuando quisiera volver a ver su mano, ¿qué efecto le causaría?
¿Qué trauma podría despertar en ella? ¿Sería como ver a un familiar muerto?
¿Como si hubieran secuestrado a un hijo o a un marido y después de tanto tiempo encontraran el cadáver?
No estaba seguro, él, de psicología, no tenía ni idea. Solo quería lo mejor para ella y capturar a ese malnacido.
—Cuenta con ello. Me informo y te digo.
Álex le dio el número de contacto que le entregó el jefe de bomberos y ella se lo apuntó.
—¿Qué podemos hacer ahora?
Álex suspiró y miró por la ventana. Llevaban varios días que el cielo estaba nublado, no acababa de llover ni de hacer sol. Esos días inciertos molestaban a Álex. La incertidumbre y las medias tintas lo mataban.
—Creo que lo mejor es que te quedes en casa. No salgas. Pedid comida y que la traigan. Javier, tú eres poli, ya sabes.
Javier sacó pecho y levantó la barbilla.
—Ya puedes dar por seguro que aquí no va a entrar nadie más —respondió con un tono casi de militar.
Álex solo sonrió y dejó de mirar a Javier para ver qué hacía Karla. Ella seguía hablando con la comisaría.
—En cuanto Karla acabe, nos iremos.
Ana asintió y fue a beber más café, pero ya se lo había acabado.
—Cariño, ¿me haces otro? —dijo, pasándole la tacita.
Javier suspiró.
—Llevas demasiados, creo que con cuatro, sería mejor parar.
Ana dejó la caza en el plato.
—Estos de cápsulas son flojos.
Álex hizo una mueca.
—Cada día son mejores, pero yo prefiero la cafetera de toda la vida —afirmó Álex—. Por cierto, ya que estamos esperando a Karla. Dime, ¿cómo lo has reconocido? ¿Qué has sentido?
Ana tardó en responder. En su cerebro rebobinó y revivió toda la escena, desde que el repartidor entró hasta que salió.
—Anoche me desperté. Néstor ya no es Néstor. Yo creo que se ha cambiado la cara, ha encontrado a algún cirujano plástico clandestino que le ha cambiado el rostro. No era él. No, además, llevaba una peluca.
—Entonces, ¿qué sentiste? ¿Cómo…?
—Álex… —dijo, le cogió la mano y sus dos miradas se fundieron—.
Algo en mí sabía que esa persona tenía una energía extraña.
No fue un mal presentimiento, sino una sensación que te nace por dentro.
Como cuando hay algo que sabes que no irá bien o una persona que no sabes por qué será un problema.
Eso sentí. Y anoche me desperté. Vi sus ojos.
Son sus ojos. Los he visto. Son los mismos ojos de cuando miras al abismo y el mismo abismo te devuelve la mirada.
¿Sabes lo que te digo? Era él, estoy segura.
Álex se pasó la mano por la cicatriz. Ese día fue el que tuvo más cerca que nunca a Néstor y recordó esa mirada enloquecida, psicópata, la misma que mira a un abismo, como decía Ana.
Álex no se quedó solo con esas palabras. Quitó la mirada de los ojos de su hermana y señaló el móvil.
—Quiero volver a verle los ojos.
Ella aceptó y buscó el último segundo, cuando él miró a la cámara, e hizo zoom . Le pasó el móvil a Álex.
Cuando Álex lo miró por tan solo un segundo, se lo redireccionó hacia ella.
—Mira, él sabía que estaríamos haciendo esto en cualquier momento. Él lo sabía y por eso miró al videoportero.
Álex dio la vuelta de nuevo al móvil y se concentró en su mirada, otra vez. La observó. Se quedó en silencio, interpretando, solo podía ver odio y una actitud desafiante.
Pero el tiempo se detuvo con su respiración cuando un recuerdo le cruzó la mente.
Recordó un instante. Con el mismo efecto de un relámpago en el cielo nocturno, se trasladó a la cena de gala que el presidente del F.
C. Barcelona había organizado meses antes.
Cuando Karla le pidió una copa de champán francés.
Se acercó a la barra y pidió dos a la señorita que los servía.
Mientras esperaba, se tocó codo con codo con un señor.
Este le pidió disculpas cuando se giró. En aquel momento, se quedó petrificado; a pesar de que nunca había visto antes a ese hombre, tuvo la seguridad de que sí lo conocía.
Esos ojos eran los mismos que los del repartidor. Ese rostro también era el mismo. El disfraz de repartidor, la peluca… Inconfundible.
Ahora lo entendía.
Néstor se acercó al mismo tiempo a la barra y le dio con el codo. No fue de forma accidental, sino a propósito. Quería que Álex se diera la vuelta, que lo viera.
—¿Estás bien? —preguntó Ana sin que él la escuchara.
Y cuando le dio la copa a Karla, regresó, pero entre los doscientos y pico asistentes, le perdió la pista. Hasta un día que lo vio en la tele… ¿Quién era? Dejó el móvil y se centró. Cerró los ojos e intentó recordar.
—Álex, ¿estás bien? —insistió Ana.
Álex alargó la mano, indicando que solo necesitaba un minuto.
—Estoy recordando —susurró—. ¿Dónde diablos lo he visto?
—¿A quién, Álex?
Álex necesitó unos instantes más hasta que tuvo un momento eureka.
—Ya lo sé, lo vi en la tele. Luego me dije que estaba equivocado, que no podía ser. Pero aquí… —dijo, indicando la pantalla—. Aquí tenemos la maldita prueba, Ana. Aquí está.
—¿Quién? ¿Néstor? —preguntó Ana.
Álex no respondió. Sacó su móvil mientras Karla se levantaba del sofá.
—Ya está, habrá una patrulla abajo, en el portón de entrada, y un agente veinticuatro horas arriba. Todo solucionado —dijo Karla.
—Gracias —respondió Javier, que era el único que había escuchado.
—¿Qué pasa? ¿Qué busca? —añadió Karla.
—No estoy seguro, pero creo que están buscando a alguien. Alguien relacionado con Néstor o algo así —susurró Javier.
Karla asintió y se quedó a mirar lo que estaba haciendo Álex. Buscaba entre fotos en el buscador. Luego buscaba más, y volvía a buscar. Se detenía y se apoyaba la mano en la cabeza. Pensaba y regresaba al buscador.
Todos estaban callados, como si Álex estuviera pariendo una idea o algo muy importante.
Álex, en cambio, en un esfuerzo por recordar, daba bandazos y probaba nombres.
Recordaba haberlo visto un día en la televisión del Café Sirena, delante de la comisaría.
Una mañana como cualquier otra, mirando el informativo matinal, allí estaba.
El mismo hombre con el esmoquin de la gala salió con traje y corbata en la tele.
Ese día pensó que podía investigar y seguir tirando del hilo.
Pero, al final, el día a día y los casos prioritarios dejaron esa imagen atrás.
En el olvido. Porque, además, ¿cómo podía ser Néstor?
Y, finalmente, allí estaba. Ana lo entendió por la expresión de Álex.
Dejó el móvil en la mesa y miró a los demás. Señaló la pantalla mientras miraba a su hermana.
—Este es nuestro hombre —afirmó con una cierta euforia que se convirtió en furia en medio segundo—. El repartidor. El hijo de perra que vino a verte anoche.