25
Cuando entró Laura, Alan estaba concentrado.
Cerró la puerta detrás de ella y él asomó la cabeza por encima de la pantalla.
—Hola, Obi-Alan Kenobi.
—Leia… —respondió, seco, como si estuviera al mando de una nave intergaláctica y no pudiera distraerse.
—Mira lo que te traigo —dijo Laura mientras le dejaba una servilleta en la mesa.
Alan se distrajo. Observó el bulto que estaba escondido en una servilleta. Levantó la mirada hacia la chica y ella le dio un beso en la mejilla.
—Para ti… —dijo con una reverencia y teatralidad mientras hacía un ademán en el aire.
—¿Qué es?
—Míralo.
Él abrió el paquete y descubrió las dos pastas.
—¡Oh! Mi princesa Leia, cómo me alegra que vengas a mi cueva con tal tesoro, solo comparable con un holocrón Sith o un cristal kyber purificado —admitió, y dio un voraz y rápido bocado a la de color rosa—. ¡Mmmm! Son mis preferidos.
Laura lo miró con amor. En la pantalla del ordenador, Alan seguía con el programa intentando hackear la contraseña del servidor de Aurum VIP Capital.
—Están deliciosos. ¿Dónde lo has conseguido?
—Disfrútalos, porque no los podrás comer otra vez…
—¿Y eso?
—Es una larga historia —afirmó Laura, y sacó un papel de los vaqueros—. Aquí tienes la clave para eso.
Si a Alan se le iluminaron los ojos al ver los dónuts, ver la contraseña le provocó casi un orgasmo.
Se limpió el azúcar glas de las manos en los pantalones y detuvo el sistema operativo que estaba intentando hackear la clave que tenían en la mano. Al verla, hizo un cálculo rápido. Se hubiera necesitado una semana para conseguir esa clave.
Tardó varios minutos en ponerla por lo larga que era. Pensó que ese hombre debía tener una mente muy ágil en recordar esa secuencia alfanumérica.
Cuando acabó, antes de dar al intro, se giró hacia Laura.
Suspiró y pulsó.
El escritorio de Ildefonso Lladó se iluminó.
De fondo, la foto de una playa paradisíaca. Pero no parecía una de esas imágenes de stock , no. Esa la había tomado él mismo en una isla del Caribe. No era perfecta, ni estaba tomada desde un ángulo correcto como las que aparecen en los folletos turísticos.
Había pocos iconos. Uno era del correo, otro era una carpeta con documentos divididos por nombres que parecían personas y otros que no reconoció.
Abrió el correo electrónico y apareció un listado ordenado por fecha. Ildefonso seguía recibiendo correos, pero desde que se había suicidado estaban sin abrir.
—Aquí tenemos la caja de Pandora —dijo mientras se crujía los dedos y estiraba el cuello de un lado a otro, como si estuviera en un combate.
—Uno de esos iconos nos ha explicado la directora de Aurum VIP Capital que es el CRM de la empresa. Ahí podrás sacar todos los movimientos del dinero y las acciones de los clientes que gestionaba Ildefonso.
Alan asintió, ya engullido por la vorágine de tanto trabajo.
Apoyó su mano en el ratón y empezó a filtrar toda la mole de información que tenía delante. Lo esperaban unas horas de trabajo intenso, justo lo que a él le gustaba.