El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 24
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Dejó la bandeja justo delante de Álex. Dio la vuelta a la mesa y se sentó al lado de Karla.

La luz del mar entraba por la ventana y en el ambiente sonaba una música suave que venía de un altavoz.

—He venido enseguida —dijo Álex—. ¿Dime qué ha pasado? ¿Por qué estás en casa y no en Sabadell?

Ana Cortés cogió una taza de café con leche y la dejó delante de Karla. Otra, con café solo, se la pasó a su hermano y la última se la acercó a ella.

—Tengo que enseñaros una cosa —dijo Ana, sacó el móvil y buscó un vídeo en el almacenamiento.

—¿Qué es? —preguntó él.

—Míralo —ordenó Ana.

Álex miró perplejo a su hermana. Tenía las cejas enarcadas y su expresión era seria, no de hermana, de investigador de policía.

La imagen empezó con un repartidor. Se veía que era la parte externa del portal de su casa. El hombre sujetaba el mismo ramo de flores que estaba en la entrada, en el suelo, al lado de la puerta.

Llevaba una cazadora turquesa de repartidor, de las que cada día se veían por las calles de Barcelona a centenares. En moto, en bici, en monopatín eléctrico.

Se escuchó la voz de Javier preguntando quién era.

«Traigo unas flores», dijo el repartidor.

—Aquí Javier me dijo que me traían un ramo de flores. Si yo sabía si esperábamos algo —dijo Ana.

«Disculpe, hace frío, si no las quieren, no es problema. Las devuelvo».

«Está bien, suba», contestó Javier.

—¿Por qué me enseñas esto?

Ella detuvo la imagen en un segundo preciso.

—Por esto —dijo Ana, y señaló la pantalla.

Álex la miró fijamente. Cogió el móvil y se lo acercó, con los dedos hizo zoom y observó los detalles. Hizo más y más grande la cara hasta que se centró en los ojos.

Cuando vio lo que pretendía enseñarle Ana, entonces, Álex, con los ojos bien abiertos, le devolvió el móvil.

—Es él.

Dos palabras con un peso específico increíble, de lo más significativo, más que para cualquier otra persona. Para Ana Cortés, la sombra del pasado regresó la noche anterior a su domicilio.

«No puede ser», pensó Álex.

El terror apareció en sus ojos.

Ana asintió y explicó la escena que habían vivido con el repartidor.

—Ese hijo de perra estuvo aquí. Le abrí la puerta.

Nadie se habría imaginado que se atreviera a tanto.

Estuvo aquí, ¿te das cuenta? Estábamos el peque, Javier, yo, y arriba, Cristian.

Podía habernos matado a todos. ¿Cómo vamos a vivir ahora?

—dijo, desesperada—. Hemos cambiado tantas veces de casa que ya no sabemos qué hacer.

Ahora que pensábamos que estábamos seguros, ha vuelto y nos ha encontrado. ¿Te das cuenta? —gritó.

Javier, que estaba apoyado en el marco de la puerta de la cocina, fue directo a su mujer. Apoyó las manos en sus hombros y empezó a hacerle como un masaje.

—Tranquilízate. Ahora están ellos. Todo irá bien.

Ella alargó la mano y la apoyó sobre la de Javier.

Karla dejó el móvil de Ana en la mesa y se giró hacia ella.

—Lo que está claro es que no quería matarte.

Ana, mírame. Néstor no ha vuelto. Solo ha aparecido —afirmó Karla, y se giró también hacia Álex—.

No es que haya regresado. Simplemente, ha venido y se ha ido.

¿Hemos tenido suerte? Quizá sí, quizá no.

Pero Néstor no quería hacerte daño. Acuérdate de que está enamorado de ti.

Quizá, lo que quería… —dijo, y levantó las dos palmas de las manos—.

Puede parecer algo raro, pero quizá vino solo para verte. Solo para, no sé, despedirse.

Álex la miraba sin perderse ni una palabra, se pasó la mano por el pelo y se revolvió los rizos. Las palabras de Karla lo hicieron reflexionar.

—Puede que tengas razón, Karla —afirmó con convicción—. Puede que no estés muy desencaminada.

Ana sacudió la cabeza.

—¡¿Qué!? ¿Qué estáis diciendo? ¿Os habéis vuelto todos locos? —espetó Ana.

Karla y Álex callaron y se miraron a la cara. Esa reacción era comprensible. Era normal, lo que Ana no sabía era lo que ellos sí sabían. Karla asintió.

—Será mejor que se lo comentemos —dijo Karla.

—¿Qué? ¿Qué es lo que me tenéis que contar? ¡Hablad, por favor! —gritó.

—Cálmate, cariño, no resuelves nada si sigues gritando —afirmó Javier, que seguía con las manos apoyadas en los hombros de Ana.

Karla se dio la vuelta y Álex se levantó. Se pasó las manos por la cara mientras se acercaba a la pared, que era un cristal que daba a la playa y al mismo paseo donde muchas veces iba a correr.

Miró por la ventana y se dio la vuelta. Se acercó de nuevo a la mesa y cogió el café.

Le dio un sorbo como si estuviera caliente.

—Está frío —dijo, decepcionado, lo acabó, dejó la tacita y miró a su hermana.

Suspiró—. Esta noche ha habido un incendio en un trastero.

Empezó justo en el trastero de enfrente al que yo tenía alquilado.

Nos han llamado los bomberos, venimos de allí.

Por eso me extrañó tanto que tú, precisamente tú, me llamaras justo esta mañana.

—Sigo sin entender.

Álex miró a Karla.

—Lo que hemos encontrado allí es algo que creemos… Ojo, no tenemos la certeza, pero sí la intuición.

—El qué, por Dios, me estáis volviendo loca.

—Creemos que Néstor quemó el lugar donde tenía guardada tu mano —añadió Álex.

—El jefe del parque de bomberos nos llamó porque encontraron una placa de Álex que Néstor le robó hace años.

—¿Me estáis diciendo que ayer por la noche, Néstor vino a dejar flores y luego se fue a quemar ese lugar con todos sus trofeos de caza? ¿Es eso lo que me estáis diciendo?

Álex asintió.

—Eso creemos.

Ana bufó y se bebió el café de un sorbo.

Se quedaron en silencio. La información que se estaba barajando sobre la mesa era mucha y muy densa para digerirla.

Se necesitaba tiempo para procesarla, pero algo en Karla y en Álex les decía que, pasara lo que estuviera pasando, no tenían tiempo.

No sabían por qué, pero algo estaba a punto de pasar.

—¿Por qué? —preguntó Ana de nuevo—. ¿Por qué todo ayer por la noche?

En el silencio y en medio de las dudas, Álex dio su versión de los hechos.

—Puede que sea simple, mucho más simple de lo que creemos —dijo, y suspiró, como si le costara sacarlo—. Porque a lo mejor se marcha.