23
—Me van a investigar… —dijo Álex.
—¿Cómo que te van a investigar? No seas tonto.
—Puede que lo hagan. Puede que… hasta tenga sentido que lo hagan.
—Deja de hacerte la víctima. Esto no va de ti, esto va de Néstor.
Álex juntó las dos manos en la boca. Ya en el Seat Altea se quedaron hablando fuera de la cinta policial, en la misma calle del polígono del trastero incendiado.
—¿Cómo explicamos esto? Es una soberana mierda. Solo nos faltaba esto…
—¿Cómo puedes estar tan seguro de que lo que te ha enseñado es de Ana?
Álex negó con la cabeza.
—¿De quién podría ser? Esa es la mano de mi hermana.
Es la que le cortó y desde entonces la ha guardado.
¿Te das cuenta de lo psicópata que es? Justo delante de mis narices.
Justo lo tenía delante, al otro lado del pasillo.
En el otro trastero. Por eso me hizo encontrar el cadáver allí.
Justo allí. ¡Joder! Nada es al azar con Néstor.
Hasta me imagino que estuvo al otro lado de la puerta mirando cómo me desmoronaba al verla a trozos —dijo, y después de pensar un momento, siguió—.
Es más, Karla, me apuesto mi placa a que ha hecho todo esto para que encontráramos el trastero.
Karla lo miraba. Estuvieron pensando.
Álex lo tenía claro y ya había dictaminado su juicio al respecto.
—No puede ser una coincidencia, en esto estoy de acuerdo contigo.
—Claro que no lo es. Claro que nada es una coincidencia con ese malnacido. Otra vez. ¡Otra vez! ¡OTRA VEZ! —gritó, y dio un manotazo en el salpicadero del Altea.
—Espera, puede que no sea la mano de Ana.
Antes de juzgar, lo que deberías hacer es considerarlo.
¿A cuánta gente ha descuartizado? ¿A cuánta gente ha podido cortar una mano y dejarla en ese lugar?
Quizá es de una vieja víctima de vete a saber cuándo.
Además, ya la has visto, estaba totalmente calcinada, eso quiere decir que podría estar en estado de putrefacción avanzado y no se puede apreciar.
Álex bajó las manos de su rostro. Se giró y miró muy intensamente a los ojos a Karla.
—Sé que es de ella. Sé que es su mano. ¿Cómo? No lo sé, pero conozco a Néstor y lo peor no es esto… —dijo, y dejó la frase flotando en el aire.
Karla suspiró.
—¿Qué es lo peor?
—La pregunta es por qué… —dijo, y acabó—. ¿Por qué hoy?
—¿Por qué hoy de qué?
—¿Por qué ha querido que encontráramos hoy este lugar? ¿Por qué no hace un año? ¿O dentro de seis meses?
Los dos se quedaron en silencio. Ninguno de los dos se atrevió a decir nada. Cuando Néstor regresara de las tinieblas del pasado, nunca, jamás sería para bien, solo para mal. Y precedería a más muertes o a un encuentro de cadáveres.
¿Podría ser la ocasión otra de esas historias que estaban a punto de estallar?
¿Encontrarían otra vez una estela de muerte y órganos amputados?
¿Podría ser esa mano la de Ana o la primera de un nuevo y trágico comienzo?
—Deberíamos entrar ahí —dijo, mirando la nave, que seguía humeando como una inmensa masa carbonizada que seguía de pie; tal vez la madriguera de algo más grande.
—Álex, como si no tuviéramos bastantes problemas.
—Tenemos que analizar este lugar. Seguro que Néstor nos ha dejado más pistas y más elementos. La placa y la mano solo eran para que nosotros llegásemos a la escena del delito. Seguro que allí hay más. Hay mucho más. Hay una pista que solo entenderemos nosotros.
—Álex, tenemos que centrarnos en el caso que nos ha asignado el juez Delgado —dijo Karla mientras Álex, enfrascado y con los ojos salidos, seguía mirando el trastero—. Álex, ¿me oyes? Pareces un loco cuando miras así. Esta cara da más miedo que encontrarse a Néstor de noche en un callejón.
Álex se giró de pronto.
—Nosotros lo conocemos, conocemos muy bien a Néstor, los bomberos no. Seguro que hay más. Tenemos que entrar. Eso es todo lo que pido, seguro que el jefe de bomberos nos deja pasar.
Karla le cogió un brazo con fuerza y lo sacudió, como si pudiera despertarlo de lo que estaba diciendo.
—Pediremos que nos envíen toda la documentación, las fotos. Hablaremos con el forense. Pero, Álex, no te obsesiones otra vez con él. La última vez casi te mata. ¿Te acuerdas?
Álex, que llevaba un buen rato mirando con fijeza, casi obsesión, a Karla, empezó a parpadear.
—Me acuerdo…, pero no fue Néstor, Karla. No te equivoques, fue Clara. Esa pobre mujer a la que convenció y obligó a ayudarlo a escapar de Quatre Camins.
—La que vi en el parque de la Ciutadella, quemada —comentó Karla.
—O eso es lo que quiso que pensáramos.
Karla sonrió y asintió.
—Álex… —dijo mientras le acariciaba el rostro—. No quiero volver a perderte.
Él dejó de arrugar el ceño y casi sonrió.
—Tranquila, no volverás a perderme.
Karla se acercó y se besaron.
El beso duró más de lo que esperaban.
Fue un beso largo, sentido, casi liberador.
—Para o se me disparará algo ahí abajo —masculló Álex mientras seguía besándola.
Ella se apartó.
—No, para, para. Aquí no… Tápate… —dijo, ruborizada, mirando por la ventanilla, casi escandalizada.
No les dio tiempo a volver sonreír, Álex recibió una llamada. Sacó el móvil y la persona que llamaba lo catapultó de nuevo a la espiral de terror que Karla y sus besos habían conseguido calmar.
Contestó.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué me llamas?