21
Seguía saliendo humo del edificio.
Álex y Karla aparcaron delante de la nave industrial quemada. La calle estaba cerrada por unas cintas policiales. Un coche de la Guardia Urbana de Badalona impedía que los coches pasaran por allí y señalaban una vía alternativa.
El Seat Altea se detuvo justo delante de la cinta y bajaron. Los dos indicaron que eran policías y que el jefe de bomberos los había llamado.
En el trayecto, Karla había indicado su descontento por que ese inspector metiera las narices en aquel asunto.
Ese hombre no le gustaba. Su sexto sentido de mujer se le había disparado.
En cambio, a Álex, no le parecía tan complicada la situación; si un inspector de la Policía Nacional de Madrid podía ayudar, bienvenido fuera.
Sin embargo, el problema de Lezcano se urdió en el coche y allí, delante de ellos, se abrió uno nuevo.
—Aquí hemos venido muchas veces a buscar tus cosas —dijo ella, ya con un tono cambiado, más calmado.
Álex no contestó. Siguió caminando viendo cómo el edificio de una planta se había quemado por completo.
Recordó cuando encontró el cadáver de Mery a trozos en su mismo congelador.
Las veces que había ido a ese trastero marcaban muchos hitos en su vida en Barcelona.
La felicidad y la desesperación pasaron por ese trastero.
Cuando fue a vivir con Mery, cuando se separó y la encontró mutilada y, por último, cuando recogió todo y se mudó a vivir a la vieja casa que el erudito le dejó en herencia.
Un bombero se acercó a ellos.
No iba vestido con el equipo de intervención, llevaba las insignias de un alto mando, no de un bombero que entra en un edificio en llamas para apagarlo.
—Imagino que usted es el sargento Álex Cortés.
—¿Usted es?
El bombero le tendió la mano.
—Soy Esquerra, Lluis Esquerra, jefe del parque de bomberos de Badalona —se presentó, y les estrechó la mano—. Por favor, síganme.
Los dos policías lo siguieron hasta el interior de una carpa.
Justo antes de entrar, Álex miró la estructura que seguía humeando y goteando. Agentes enrollaban las mangueras y se preparaban para marcharse.
—Pasen —indicó—. Quiero que vean esto.
El bombero jefe se puso un guante de látex. Tenía unas mesas con objetos y otros apartados en lo que podía ser un puesto de mando temporal.
Cogió de la mesa un sobre, lo abrió y, antes de mostrar su contenido, lo miró.
—Usted alquiló un trastero en esta nave durante muchos años. Pero esto lo encontramos justo en el trastero que estaba frente al suyo —explicó, y sacó un objeto plano y redondo.
Álex arrugó el ceño y sin intención de tocarlo se acercó. En la mano del bombero apareció una placa. En ella estaba su número de policía.
Empezó a pensar qué diablos hacía allí su placa.
—¿Puede ser que se le perdiera con el traslado?
Álex hizo memoria de todo lo que podía haber sucedido en ese trastero; él no había perdido la placa en ningún momento o, pensándolo mejor, no allí.
Se tapó la boca con la mano.
—¿Qué pasa? —preguntó Karla.
—Perdí… —dijo, y rectificó—. No, no la perdí.
Se tocó el hombro. Álex coló por el cuello de su camiseta los dedos y tocó una cicatriz que tenía en el hombro. Tocarla era recordar uno de los momentos más estúpidos y terroríficos de su vida. Cuando Néstor intentó matarlo. Cuando Néstor le clavó una sierra en el hombro y quiso mutilarlo.
Se giró hacia su compañera. Karla lo había salvado.
—Me la robó Néstor.
El bombero arrugó el ceño.
—¿Quién es Néstor?
Al decir esa palabra, el rostro de Karla se tensó como si hubiera hablado de una pesadilla que se había mitigado con el tiempo y de repente regresaba.
—Me la robó él ese día —dijo, y recapacitó—. ¿Pero qué diablos hace aquí?
El bombero negó con la cabeza.
—Lo siento, pero no se la puedo devolver, es una prueba.
—Lo entiendo, pero ¿qué ha pasado? ¿Cómo la han encontrado?
El bombero dejó el sobre y se acercó a una caja metálica.
—Han quemado el edificio. Deliberadamente.
Ni cortocircuito ni nada de eso. Han usado un acelerador, gasolina y aceite de motor.
Uno quema y el otro se adhiere y aumenta el efecto incendiario del otro.
Unos profesionales, vaya —afirmó con un ligero deje de admiración—.
La pista del acelerante nos llevó hasta el trastero número 30 y allí encontramos esto.
Nos ha parecido demasiada casualidad encontrar su placa en un trastero justo delante de uno que usted mismo había alquilado, pero luego vimos otra cosa y esta nos ha hecho disparar todas las alarmas.
—¿Grabaciones de las cámaras? —preguntó Karla.
—El servidor de dentro está fundido. No hay grabación externa, pero hay varias cámaras en los alrededores.
—¿Qué han encontrado? —preguntó Álex, volviendo a lo que había dicho el bombero.
El hombre esperó un segundo antes de abrir la caja. Miró a Karla y le pareció como si ella estuviera segura de saber lo que tenía dentro. Lo que no sabía el bombero era todo lo que ya llevaban visto y experimentado esos dos policías en su breve y meteórica carrera.
Abrió la tapa de la caja.
Álex no la podía ver desde allí. Tuvo que acercarse, dio un paso y alargó el cuello. Cuando estuvo encima y vio lo que había dentro, necesitó pocos segundos para entrelazar todos los puntos y tener una visión completa de la situación. Nada era al azar con él.