El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 20
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Era un gran día en Global NEXT.

El microbús recogió a los asiáticos en el hotel a media mañana. Los llevó hasta el edificio corporativo de Barcelona, donde la plana mayor de la empresa los esperaba.

En la recepción, Napoleón Deulofeu fue el primero en recibirlos; el señor Ming encabezaba a los asiáticos.

Subieron hasta la sala de reuniones. Desde allí, se podía admirar una buena vista de Barcelona. Una empresa de catering había preparado un desayuno completo con todo tipo de manjares.

Una vez terminados los preliminares, todos se sentaron en una mesa redonda.

Napoleón Deulofeu estaba rodeado de un séquito de quince asesores de su equipo y otros tantos que venían para valorar la propuesta.

—Bueno, creo que podemos empezar —dijo Napoleón con voz profunda y vestido para las mejores ocasiones—.

Primero de todo, gracias por haber acudido hasta aquí.

Nos complace recibirlos en nuestra casa.

Este es mi núcleo duro de mando. Mis hombres más fieles y los cerebros de nuestro éxito.

Muchos fondos de inversión nos han confiado sus patrimonios para que estos chicos puedan seguir expandiendo nuestra visión de inversión y nuestra idea.

Una idea que es disruptiva y que nos está dando muchas satisfacciones.

Dicho esto, quiero mostrarles unos gráficos.

Napoleón se levantó y se acercó al proyector. En la primera diapositiva de la presentación aparecían los dos logos: Global NEXT S. A. y el del banco de inversión asiático, Sort Bank.

Napoleón tenía en la mano un mando e iba avanzando la presentación al mismo tiempo que explicaba.

Mientras, el señor Ming no se perdía ni un gesto de Napoleón. Afinaba la vista en ciertos momentos y en otros se cruzaba de brazos. Luego, apuntaba unos detalles, escuchaba y regresaba a tomar notas.

Todos estaban expectantes. El equipo de Napoleón había trabajado muy a fondo con esa posible colaboración. Había muchos millones en juego y todo tenía que salir perfecto.

Al cabo de unos minutos, llegaron a una diapositiva clave. En la parte superior, aparecía el tema más determinante de todo: la rentabilidad del trabajo que estaban generando sus inversiones en el resto de clientes.

—Aquí tenemos el plato fuerte, los índices porcentuales de intereses para nuestros clientes —dijo, indicándolo.

Tras aparecer en la pantalla, al segundo, los asiáticos se mostraron sorprendidos.

Enero: 0,91 %.

Febrero: 0,98 %.

Marzo: 0,93 %.

Abril: 0,90 %.

Mayo: 1,10 %

Junio: 0,99 %

Julio: 0,89 %

Agosto: 1,12 %

Septiembre: 1,06 %

Octubre: 0,99 %

Noviembre: 1,23 %

—Como pueden ver, a todos nuestros clientes les ofrecemos una rentabilidad mensual que oscila alrededor del punto porcentual mensual, que se puede devolver como ganancia o como un interés compuesto.

El cliente decide. Pero lo más importante es que nuestro sistema nunca falla.

Nunca deja de bajar ese punto. Nuestro fondo de inversión es como la banca del casino: siempre gana.

Napoleón acabó con un par de páginas y, al terminar, todos aplaudieron; no tanto por su actuación, sino por el resultado del equipo.

Se sentó y dio la palabra al señor Ming.

El hombre se quedó mirando un segundo a Napoleón. Los dos se miraron a los ojos, casi inexpresivos. Luego, fue pasando su severa y concentrada mirada sobre cada uno de los miembros de su equipo.

Napoleón contuvo la respiración. Una miríada de preguntas se formularon en su cabeza. ¿Se había equivocado? ¿Podía haber sido más convincente?

Empezó a sudar. Sabía que no podía hablar; el primero que hablara perdía.

Cuando el señor Ming los miró a todos, empezó a aplaudir. Después de él, se añadió el resto de su equipo. A los pocos segundos, se detuvo y el resto también lo hizo.

—Asombroso, señor Deulofeu. Asombroso. Estoy muy sorprendido por el resultado que está dando —dijo, e igual de escueto, comentó a su equipo—. Si tenéis preguntas, es vuestro momento.

El señor Ming regresó a mirar a Napoleón y este tragó saliva. ¿Eso quería decir que todos podían hacerle preguntas? ¿Todos?

Empezaron a sudarle las manos.

Un hombre que estaba dos sillas más a la derecha levantó la mano.

—Tengo una pregunta —dijo, y esperó a que el señor Ming le diera permiso—. ¿Dónde invierten el dinero? ¿En acciones, divisas, criptomonedas? Y después, ¿en qué proporción? ¿Nos podrían explicar un poco?

Soltada la pregunta, el asiático estiró el cuello y esperó a que le respondiera.

—Verán, lo que hacemos aquí dentro se queda aquí dentro. Lo que hacen mis chicos es secreto, si lo fuéramos diciendo, otros también lo harían, ¿no cree?

El asiático que hizo la pregunta le rebatió.

—Pero si quiere que nuestro banco invierta, deberíamos saber dónde lo invierten ustedes, cómo lo hacen, qué patrones siguen, algo más. Nos está diciendo que cerremos los ojos e invirtamos, sin más.

Napoleón sintió como ese joven le estaba desestabilizando el plan.

Nadie le tocaba los atributos a Napoleón Deulofeu.

De pronto, le vino a la mente Néstor, como si fuera en otra vida.

Pensó que a ese hombre lo mataría, congelaría y seccionaría en trozos y, con sus mejores partes, se haría un buen plato de sushi .

Aunque, al observarlo mejor y comprobar que el traje le iba grande, seguramente, ese hombre era todo huesos y poca carne.

—Imaginen que fueran a Coca-Cola y les preguntaran por la receta, la formulación de los ingredientes. ¿Saben cuál sería la respuesta?

—Cierto… —interrumpió el joven de nuevo—, pero Coca-Cola enumera los ingredientes en la etiqueta, no las proporciones, pero sí los ingredientes.

Napoleón sonrió.

—Ya he contestado. ¿Alguna pregunta más?

El joven asiático se reclinó en la silla. Esperaron unos instantes y llegó otra pregunta.

—Señor Deulofeu —dijo otro abogado, este podría rozar los cuarenta años, algo más experimentado y con una perilla poco tupida—.

Sus rentabilidades son impresionantes y estoy de acuerdo con nuestro director Ming, pero tengo una pregunta.

En agosto del año pasado, lo que obtuvieron fue, diría yo, un milagro.

La guerra en Oriente Próximo cortó el suministro de petróleo.

Todos los mercados perdieron dinero ese verano.

¿Cómo han podido generar siempre el mismo interés para sus clientes?

El hombre se reclinó en la silla, bajó las manos y esperó la respuesta.

Napoleón le sonrió y volvió a pensar en Néstor. Ese hombre habría sido otro candidato a ser degollado por sus manos.

—Mis chicos son tan buenos que, independientemente de lo que hace el mercado, nuestro fondo sigue subiendo.

—Eso es un procedimiento complicadísimo que suscita muchas dudas —dijo el abogado con mucha delicadeza, refiriéndose a que él creía que solo podía estar detrás de algo manipulado.

—Solo hay que ver los resultados. Ellos hablan por nosotros. Pueden hablar con nuestros clientes y que les cuenten qué tal estos años de trabajo juntos. Nosotros enviamos un informe cada mes en el que explicamos todo detallado.

—¿Nos podría enviar un informe de ese tipo por email ? Aunque sea eliminando el nombre del cliente.

Napoleón sonrió.

—Nunca enviamos un reporte de otro cliente y nada de correos electrónicos. Confiamos en lo tradicional. Los informes los imprimimos y los enviamos por mensajero exprés. Nada de tecnología para comunicar nuestros datos.

—Yo no lo veo. Necesitaría tener más datos para analizarlo —dijo el asiático al señor Ming, y luego añadió una frase en su lengua que nadie de la sala entendió excepto ellos.

El señor Ming intervino.

—Para mí, está claro. Yo me baso en lo que veo y, sobre todo, en lo que los otros bancos y amigos con fondos de inversión están obteniendo de esta corporación. Para mí, es un sí. Solo tenemos que decidir cómo empezar, cuándo y con qué capital —afirmó, y se levantó de la mesa.

Todos los asiáticos se levantaron. Napoleón y los suyos también lo hicieron.

Fueron caminando hasta el ascensor y bajaron hasta la planta baja, donde estaba la recepción y otros ascensores que los llevarían al aparcamiento.

Cuando Napoleón estaba estrechando la mano del señor Ming, no se dio cuenta de lo que sucedía en la otra punta del vestíbulo.

Se percató solo cuando las puertas del ascensor se cerraron y levantó la cabeza. La figura de una persona se acercaba rápidamente. No pudo hacer nada, solo cerrar los ojos y esperar a ser arrollado por ella.