19
Júlia y Laura tuvieron que esperar a que regresara María Collgros del funeral.
La esperaron en un cuarto habilitado. Las dos pensaron que ese espacio difería mucho de una sala de espera habitual de unos abogados. Pensada para los clientes vip, había una máquina de café, una selección de pastas y una nevera con todo tipo de bebida a disposición del cliente.
Una televisión, que parecía una pantalla de cine, colgaba de la pared emitiendo un canal de noticias veinticuatro horas.
En el otro lado, una selección de revistas y las cabeceras más importantes de periódicos del día. Todo se tiraría cada día, estaba preparado solo por si acaso iba algún cliente. El lema de Aurum VIP Capital era: «Nuestros clientes son familia».
Cuando llevaban unos veinte minutos, Laura no pudo con la bandeja de dulces. Se levantó y cogió un hojaldre glaseado de color rosa.
Le dio un mordisco y cerró los ojos por el placer.
Júlia se levantó.
—Laura, esto no es para nosotros. No sé si podemos…
Laura abrió de nuevo los ojos.
—Esto, al final del día, seguro que lo tiran. Sus estirados clientes vip no comen nada de esto. Solo quieren quinoa, aguacate y kombucha . Nada de azúcares procesados, ni bollería industrial ni nada de todo esto —dijo Laura, y le dio un golpecito con el hombro—. Venga, prueba uno, está de muerte.
Júlia, tentada, negó con la cabeza. Se dio la vuelta y regresó al sillón.
—Venga, que es gratis —insistió Laura.
Al ver que no cogía nada su compañera, se dio la vuelta y cogió otros dos pastelitos, los envolvió y se los metió en el bolso. Luego, cogió otro y le dio otro buen mordisco. Se acercó a la máquina de café y sacó un cortado.
—¿Y un café? ¿Ni esto quieres?
Júlia levantó la mano, negando con la cabeza.
Mientras salía el café, Laura dio un segundo generoso mordisco a la pasta rosa, se giró hacia la mesa y fue hasta la puerta. Una imagen la asustó.
—¡Por Dios! —dijo con un grito ahogado—. ¡Qué susto!
—¿Me estaban esperando? —preguntó María Collgros.
Laura se ruborizó, su rostro tomó la misma tonalidad del dulce que se estaba comiendo.
—¿Cuánto lleva ahí? —preguntó Laura.
—Lo suficiente para decirle que todo lo que ve, efectivamente, se cambia cada día.
Aunque tengo que confesar que nuestros clientes aprecian mucho todo esto.
No solo la quinoa, ni la kombucha , de la que, como podrá ver, en la nevera hay una buena selección, sino también las pastas de colores.
Y todo lo que sobra se lleva a una parroquia aquí al lado que alimenta a muchos sintecho —dijo María Collgros, y se giró para marcharse, pero se detuvo—. Por cierto, se las puede llevar.
Júlia se levantó para seguir a la directora de Aurum VIP Capital y Laura no supo si acabarse el último bocado, si tirarlo o qué hacer con el café. Al final, dejó el café y tiró la pasta.
—Señora Collgros, necesitamos hablar con usted.
—Lo sé, estamos yendo a mi despacho.
Júlia calló y la siguió en silencio. La mayoría de las mesas de la empresa estaban vacías, tal vez por teletrabajo o porque habían ido al funeral. Ella, con chófer, fue la más rápida en ir y volver.
María esperó a que entrara también Laura en su despacho y cerró la puerta.
—¿Qué necesitan?
—El ordenador que nos hemos llevado se conecta a su servidor y necesitamos la contraseña —dijo Júlia con amabilidad y firmeza a partes iguales.
La directora gruñó.
—¿Qué más?
—Necesitamos también todas las cuentas de los clientes del señor Lladó. Cantidades, inversiones, cuentas, todo. Estamos buscando patrones. Lo necesitamos todo.
María Collgros miró a la mosso d’esquadra .
—Esa es mucha información.
Júlia arrugó el ceño y miró por un segundo al suelo. La diferencia de edad entre ellas era de casi unos treinta años, pero no se dejó intimidar.
—Mire… —suspiró—, lo sé, y me ha dado una vergüenza tremenda venir y pedírselo.
Pero tenemos que trabajar toda la noche con esto.
Mi jefe, el sargento Álex Cortés, me ha dicho que primero llamara al juez que lleva el caso y yo he pensado que no hacía falta, que entre mujeres podíamos resolver este asunto sin la testosterona de los hombres —soltó, y suspiró de nuevo—. Así que aquí estoy.
María Collgros, que se había cruzado de brazos, la miró un segundo. Tenía una ceja subida y la miraba desde el pedestal de su cargo.
Se descruzó de brazos y fue caminando hacia su escritorio.
—Veré qué puedo hacer —gruñó.
La mujer levantó el auricular y empezó a hacer gestiones.
Laura se acercó a Júlia.
—Pero Álex no ha dicho eso. Fue al revés, que si ella no colaboraba, que llamáramos al juez.
Júlia, que seguía con una sonrisa amable, sin girarse, le contestó por lo bajo.
—Lo sé, pero ella no. Entre mujeres, las cosas se resuelven por las buenas —dijo, se giró hacia ella y le guiñó el ojo—. Así que mira…
Laura confirmó que la mujer estaba gestionando sus peticiones. Júlia, a fin de cuentas, había obtenido lo que necesitaba con rapidez y astucia.