El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 18
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En la iglesia no cabía ni un alfiler.

Todos los bancos estaban completos. Álex y Karla se quedaron al fondo de la nave central, observando desde la retaguardia.

A los dos policías los sorprendió que acudiera tanta gente al funeral.

El cura realizó una misa solemne y sentida. Al final, el hermano de la víctima salió y dijo unas palabras. Todas eran buenas, todas eran de gratitud y afecto. Cuando acabó, la gente salió y el féretro fue cargado en un coche de lujo hasta el nicho de la familia.

Álex y Karla siguieron el cortejo fúnebre. El cementerio de Sant Gervasi lo conocían muy bien. Había pasado por allí numerosas veces. Esa mañana, el cielo estaba encapotado, triste y muy frío. Parecía que estuviera a punto de llover.

El coche de lujo entró por la puerta principal y la gente lo siguió. Álex se dio cuenta de que, de todos los asistentes a la iglesia, allí había solo una cuarta parte.

Se preguntó también qué hacían ellos allí. Pero cuando Karla tenía una intuición, cuando olía una pista, había que seguirla.

El coche, casi al final del cementerio, se detuvo. Y la ceremonia siguió hasta el cierre del nicho.

Por último, vino el momento de despedirse y de las buenas palabras. Se formó una cola para despedirse de la viuda. Vio a María Collgros y alguna cara que había visto el día antes en el despacho.

Luego, entre la cola, como uno más, pudo ver a alguien que conocía muy bien, y decidieron acercarse para saludar al juez Delgado

Se había colado entre los demás. Era uno más entre muchos.

Se había sentado en la fila cinco, vestido con un traje negro y corbata negra; se camufló.

La toga la había dejado en el despacho de la Ciutat de la Justícia.

Como les había adelantado a los policías Karla Ramírez y Álex Cortés, Ildefonso Lladó era un amigo.

Al final de la ceremonia, acudió al cementerio con su chófer y se añadió al cortejo. Por último, fue a darle el pésame a la viuda.

El juez Delgado llevaba gafas de sol a pesar del día encapotado. Abrazó a la viuda y le susurró:

—Vamos a ir hasta el fondo de todo esto, no te preocupes.

Ella le dio las gracias y, después de mirarse intensamente, el juez se separó y dejó que Silvia atendiera a los demás asistentes.

Al apartarse, comprobó el móvil, las llamadas y las notificaciones, y se dio cuenta de que alguien lo miraba. A lo lejos, localizó a Karla y a Álex. Sonrió y no le dio tiempo de hacer un gesto con la cabeza, alguien lo llamó.

—Juan Antonio Delgado… —dijo la persona—. ¡Menuda sorpresa!

Él levantó la mirada y lo observó acercarse.

El hombre cojeaba de una pierna y un bastón lo ayudaba a caminar. Llevaba traje, pero sin corbata. Un abrigo largo y espeso. Su pelo era corto y negro, del mismo tono que el bigote, teñido de un tono parecido a la brea y que resaltaba su pálido rostro, marcado por varias cicatrices antiguas.

—Vaya, vaya. ¿Qué hace aquí el inspector Lezcano? —dijo el juez.

El hombre le estrechó la mano.

—Sigues igual… ¿Qué haces? —preguntó el juez.

El hombre se apoyó con las dos manos en el bastón.

—Hago lo que puedo. ¿Y tú? Desde que te nombraron juez de instrucción, ya no se te ve el pellejo en Madrid.

El juez Delgado asintió con la cabeza.

—¿Cuánto ha pasado?

—Creo que más de veinte años —respondió Lezcano—. Antes nos veíamos en la comisaría, ahora, en los cementerios para despedir a amigos.

El juez se quedó mirándolo un instante. Aparte de las arrugas profundas que tenía en la frente, al lado de los ojos y en las comisuras de la boca, la mirada era la misma, exactamente la misma.

—Sigues llevando bigote… —dijo el juez.

—Veo que tú, en cambio, te lo has quitado.

El juez asintió.

—Los tiempos cambian, inspector, los tiempos cambian —afirmó el juez—. Por cierto, ¿qué haces aquí?

Lezcano cambió de posición, llevando el peso de su cuerpo a otra pierna.

—¿Te sigue doliendo? —preguntó Delgado, refiriéndose a la rodilla.

—Más cuando llueve y, en invierno —dijo, y señaló con la barbilla el cielo—, ya ni te cuento.

El juez le preguntó de nuevo por qué estaba allí.

Lezcano señaló a la viuda.

—Era amigo mío. Cuando estuvo en Madrid, antes de ser trasladado a Barcelona definitivamente, lo conocí por amigos comunes. Ildefonso era un buen tipo. Me hizo ganar dinero con mis inversiones y se lo debía —dijo, y negó con la cabeza—. Pero, entre tú y yo, esto no tiene buena pinta…

—¿A qué te refieres?

—¿Has leído la noticia en los periódicos?

El juez no dijo nada, solo se ciñó a mirarlo, estaba claro que la había leído.

—¿Es una conspiración? Esto no tiene sentido. Ildefonso ayudaba a la gente a ganar dinero. ¿Cómo ha acabado así? —dijo Lezcano, se inclinó hacia él y bajó un poco la voz—. Esto huele a chamusquina.

El juez asintió despacio.

—Es curioso que lo digas. Creo que podrías ayudar a mis chicos a investigar.

—¿Investigar? ¿Tus chicos? ¿De qué hablas?

El juez levantó una mano y les indicó a Karla y a Álex que se acercaran.

—¿Señoría? —preguntó Álex.

—Inspector Lezcano —dijo, y luego señaló a los dos policías—. Cabo Ramírez y sargento Cortés. Este señor es de la Policía Nacional de Madrid. Era amigo de Ildefonso. Creo que tenéis mucho de qué hablar.

Álex fue a decir algo y el juez lo cortó.

—Seguro que les viene bien una ayuda, ¿verdad, sargento Cortés?

Álex cerró la boca, levantó la cabeza y asintió.

—Claro, señoría, toda ayuda es buena —respondió Álex.

El juez asintió.

—Avísame antes de irte; si tengo tiempo, nos tomamos unas ostras —sugirió el juez, mirando a Lezcano, y se marchó.

Los tres siguieron unos pasos al juez. Ninguno quería ser el primero en hablar.

—Está bien. Como decía Juan Antonio, yo solo estoy aquí para ayudar. Si puedo echar un cable, contad conmigo.

Álex asintió.

—¿Qué le parece si nos da su número de teléfono y si necesitamos ayuda, le llamamos? —preguntó Karla.

Lezcano sonrió con una mueca malévola.

—Creo que no lo ha dejado del todo claro el juez.

Ildefonso era mi amigo y creo que hay detrás algo que huele a podrido.

Me he cogido unos días de vacaciones y estaré aquí para poder investigar.

¿No creéis que este encuentro no es casual?

—dijo, y levantó un brazo—. Esto es la providencia. Os tenía que encontrar aquí.

Karla y Álex lo miraron con perplejidad. A ninguno de los dos le gustaba que ayudase gente de fuera. Pero Álex cumplía órdenes del juez y de su superior, el mayor Aragonés. No podía hacer mucho más.

Lezcano miraba a Karla y a Álex, alternando su mirada enigmática.

—Y bien, ¿nos vamos? —dijo Lezcano—. ¿Vamos a vuestra comisaría y me enseñáis lo que habéis encontrado?

Álex asintió otra vez.

—Está bien, vamos a comisaría. Le pondremos al corriente.

A Álex no le hizo falta ver la cara de Karla para entender su estado de ánimo y lo que pensaba.

—¿Tiene coche?

Lezcano negó.

—¿Os importa que vaya con vosotros?

—Por supuesto que no. Vamos —afirmó Álex.

Se dio la vuelta y arrancó a caminar.

A los pocos pasos en dirección a la salida del cementerio de Sant Gervasi, el móvil de Álex sonó.

Lo sacó y vio que era un número largo, de una centralita.

—Cortés —respondió, seco.

—Buenos días, ¿es el inspector Álex Cortés?

—¿Quién habla?

—Soy el jefe del parque de bomberos de Badalona.

Álex se detuvo.

—¿Qué ha pasado, por qué me llama?

Al otro lado había ruido y el hombre esperó unos instantes para buscar las palabras.

—Verá, en los registros del trastero 31, consta que usted tiene alquilado un espacio aquí.

—Es cierto. No entiendo su llamada. ¿Qué ha pasado?

Por la cabeza de Álex empezaron a moverse recuerdos y a despertarse viejas sensaciones.

—En fin, creo que debería venir lo antes posible. Aquí hay algo muy extraño y no lo entendemos —afirmó el bombero con un tono misterioso y de perplejidad—. Si no fuera porque es policía, bueno, en fin. ¿Cuándo podría estar aquí?

Álex se dio la vuelta y miró al inspector cojo que lo seguía con el bastón.

—Estoy cerca, voy enseguida —afirmó, y colgó.

Álex se detuvo y Lezcano siguió su paso lento hasta llegar frente al sargento.

—¿Pasa algo?

—Una emergencia —dijo, y le pasó una tarjeta de visita personal—. Aquí tiene mi número. Coja un taxi y vaya a la comisaría de Travessera de les Corts. Nosotros llegaremos enseguida.

A Lezcano no le gustó la sugerencia, subió las cejas y se guardó la tarjeta de visita.

—Está bien, primero iré a comer algo. Os quería invitar, pero ya que eludís mi invitación y os escapáis en la primera ocasión… —dijo con sarcasmo, reanudó su lenta y fatigosa marcha esquivando al sargento—. Ya nos veremos más tarde en la comisaría.

Karla y Álex prefirieron tomar otra dirección y salir del cementerio por otra puerta. Se quedaron callados durante todo el trayecto. Entraron en el coche y Karla lo soltó.

—Este tío no me gusta… ¡Para nada!