16
En el piso de Ana Cortés, todo estaba en silencio.
Desde la habitación del lujoso apartamento, la luna se asomaba entre las nubes, reflejando su luz en el mar. Esta se colaba como una intrusa en la habitación de Ana y de Javier.
A través de los cristales, se veía cómo el mar calmo de invierno creaba dulces olas que se dejaban morir en la arena.
El reloj marcaba las cuatro pasadas.
Ana y Javier estaban durmiendo profundamente.
A Ana le había costado mucho dormirse. La visita del repartidor la había dejado inquieta.
Unas preguntas en bucle le dieron vueltas, impidiéndole dormir por horas.
¿Quién era el misterioso admirador que llevó flores a su casa?
¿Cómo había conseguido su dirección?
Había cambiado de casa varias veces y ahora estaba tranquila. Tenía un trabajo fijo como perfiladora de la policía y, por las tardes, escribía libros, artículos y dedicaba tiempo a la familia. Estaba más feliz que nunca. Pero esa visita le provocó el mismo insomnio de épocas pasadas.
Recordó a Alberto. Hacía mucho que no lo recordaba.
Sí que sus hijos eran el vivo recuerdo de él, pero eso era diferente.
Mientras estaba durmiendo, soñó con el pasado. El pasado, un fantasma que hacía tiempo que no la visitaba. Un pasado duro y terrorífico.
Ana soñó que estaba escapando. Corría por los pasillos de un castillo. Corría y corría, pero alguien la perseguía. ¿Quién era? Seguramente, era él.
Quería su otra mano. No se conformaba solo con una, también quería la otra. La izquierda, la única que le quedaba y con la que tuvo que aprender a hacerlo todo para seguir con su vida.
Se caía y se levantaba y arrancaba de nuevo. Se volvía a caer. Sentía los pasos de su perseguidor cada vez más cerca. Sí. Lo tenía cerca, cada vez más cerca. Hasta que lo tuvo encima.
Se dio la vuelta. Conocía su rostro. Sabía quién era.
En la mano tenía un libro. ¿Qué hacía con uno de sus libros en la mano?
Se quitó la careta a pocos centímetros de su rostro y entonces lo reconoció.
Vestido de azul turquesa. Sí, lo reconoció. Era él. El repartidor.
Ana se despertó y se incorporó de un sobresalto.
Inspiró fuerte llevándose la mano al pecho.
En el silencio de la noche, gritó el peor nombre de su vida.
—¡Néstor! —gritó.
Su fantasma particular había vuelto a visitarla en el día menos esperado.