El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 15
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Todo había empezado mucho antes de esa noche.

Karla, después de dar muchas largas a Álex, tuvo que explicárselo todo. Todo.

La historia empezó años antes de conocer a Álex.

Vicente fue su primer gran amor. Y como todos los primeros grandes amores, conllevó una enorme ceguera.

Tan grande y soberbio como un atropello de un tren de mercancías.

Tan arrollador que pierdes el mundo de vista y, a los pocos meses, ya crees que es el amor de tu vida y que lo quieres todo con él.

Karla recibió esa embestida, lástima que fuera con el hombre equivocado.

Vicente la dejó embarazada y, antes de que naciera la criatura, se casaron prometiéndose amor eterno.

A pesar de vivir en un piso alquilado y precario, como sus dos trabajos, en los que no podían pedir bajas por maternidad, se creyeron con fuerzas para hacer frente a todo. A los gastos del embarazo, a la falta de recursos, a la distancia con la familia y a otro largo etcétera.

Fuera coraje o inconsciencia, siguieron. Hasta el día del parto.

Valentina, después de un embarazo con complicaciones, nació muerta.

Los médicos dijeron que la responsabilidad fue de la madre.

Él no lo soportó o no quiso seguir con la relación. De la noche a la mañana, se marchó, dejando vacío y silencio.

Vicente escapó, Karla no pudo volver a contactar con él y cayó en el abismo de la depresión. Solo meses después, una vez regresó a casa de sus padres, cogió de nuevo las riendas de su vida. Entró en la academia de la Policía Autonòmica de Catalunya y allí conoció a Álex; la vida volvió a sonreírle.

Nunca, jamás, miró de nuevo hacia atrás. El recuerdo de Vicente y de Valentina era tan duro que nunca le explicó nada a Álex.

Pero el fantasma del pasado regresó a la puerta de Karla un domingo por la tarde y ya no pudo ignorarlo más.

Aquel domingo, Álex, después de una comida con sus padres, llevó a Karla al jardín y le pidió que se casara con él. Nunca se lo había dicho, pero había llegado el momento de que la pareja diera un paso adelante en su relación y Álex se lo propuso.

Karla, en lugar de sentirse feliz y decir lo que pensaba, le dijo que no. Luego, con el tiempo, le tuvo que explicar todo lo que había vivido antes.

La existencia de Vicente. La desaparición de Valentina. La imposibilidad de tener un hijo.

Karla aprovechó la ocasión y reaccionó. Pidió ayuda a Alan. Él era el único que podía encontrarlo, ya que ella no lo había conseguido. Ni siquiera persiguiendo a su madre obtuvo información alguna.

Pero Alan lo encontró y ella se presentó en su consulta, una pequeña clínica veterinaria en un pueblo rural del sur de Francia.

Después de explicarle que estaba allí para que firmara los papeles del divorcio, Vicente la sorprendió con la propuesta más deshonesta y más inesperada. Pero, al mismo tiempo, muy propia de él.

—Si me concedes un último polvo. La última follada. Una última vez y serás libre —dijo con un movimiento rápido de cejas—. ¿Qué me dices, Karla? ¿Cuál es tu respuesta?

Karla no se lo podía creer. Por una firma. Por un sencillo y asqueroso garabato, ese malnacido quería que Karla se abriese de piernas.

Pensar que ese vicioso y repugnante la rozara le provocaba arcadas.

Era de locos.

Karla lo miró a los ojos. Esos ojos que tanto había amado le parecían ahora repugnantes. Ese reptil, al que había buscado durante tanto tiempo, le hacía la propuesta más deshonesta e indecente que jamás le habían hecho.

La libertad por un polvo.

Tragó saliva.

—¿Y dónde piensas hacerlo? ¿Aquí? Tu secretaria nos puede oír —dijo, asqueada.

Él sonrió con malicia. Ni siquiera se sorprendió, sabía que siempre ganaba con ella.

Se levantó y se acercó a un armario. Cogió una radio vieja, una antigualla de museo. Hizo rodar el botón del volumen y el trasto empezó a emitir sonidos. Una dulce voz en francés y música jazz llenaron el ambiente.

Se dio la vuelta.

—Ahora no nos escuchará nadie —dijo con tono de sorpresa—. Será muy rápido e indoloro. Y te irás con tus papelitos firmados.

Vicente le hizo un gesto para que se acercara. Karla lo hizo. Caminó despacio hasta la camilla.

Quedaron uno frente al otro.

Vicente le desabrochó el primer botón de la camisa. Luego, el segundo. El sujetador ya se empezaba a ver.

—Parece que tienes más pecho, ¿o es solo una apariencia? —dijo Vicente mientras le chupeteaba el cuello.

—Vamos a hacerlo rápido, Vicente. Quiero estar aquí lo menos posible.

—Claro que sí, pienso lo mismo —coincidió—. Venga, túmbate en la camilla.

Karla esperó. Vicente ya tenía un bulto en los pantalones.

—Venga, túmbate en la camilla, Karla.

Karla suspiró y, con todas sus fuerzas, le dio una patada en los genitales.

Vicente abrió la boca de par en par y se agachó. Al hacerlo, ella le cogió la cabeza y le dio con la rodilla en la cara.

Vicente se levantó aturdido por los golpes. Dio un paso hacia atrás; de su ojo izquierdo bajaba un hilo de sangre. Por el rodillazo, se le había abierto una brecha en la ceja.

—No me refería a esto cuando te dije de hacerlo más rápido —dijo con rabia y con los dientes apretados.

La furia contenida de tantos años se liberó de repente. Todo lo que ese misógino y malnacido le había hecho sufrir se liberó con dos golpes.

Y Karla se sintió más libre. La venganza no es la respuesta a los problemas, pero es un camino que sienta muy bien.

Retrocedió y cogió los papeles. Sacó un bolígrafo y se dio la vuelta. Vicente, sin emitir ni un sonido por el dolor y los golpes inesperados, se deslizó al suelo. Se quedó sentado, sujetándose los genitales con las manos y con la cara ensangrentada.

Karla se acercó.

—Te lo he pedido por las buenas y has preferido por las malas —dijo, y marcó el punto donde tenía que firmar—. Ahora firma aquí.

Vicente, que seguía con la boca abierta como si estuviera recogiendo energía y aire para soltar un grito estremecedor, miró el papel.

Karla no supo si fue el dolor, las ganas de que ella se fuera o la vergüenza que tendría que soportar al salir y hablar con la secretaria, pero cogió el bolígrafo y firmó en todas las páginas que Karla indicó.

Una vez firmado, Karla se levantó. Miró el bolígrafo y pensó que tenía que quedárselo, por las huellas, por si acaso, por lo que fuera.

Guardó el divorcio en su chaqueta y la cerró.

Guardó también el bolígrafo en los pantalones y apuntó al hombre.

—Como hagas la broma de ir a la policía o cualquier otra tontería, volveré. Volveré con mis compañeros de trabajo —dijo, y le enseñó la placa de los Mossos—. Ellos estarán encantados de conocerte y saber por todo lo que me hiciste pasar.

Karla no sonrió. Ni se despidió, giró la cabeza y desapareció de la vida de Vicente como él hizo años atrás.

Respiró hondo el aire de la calle. Ese soplo de brisa llevaba olores diferentes de los que estaba acostumbrada Karla en Barcelona.

Podían ser flores, el mar o la proximidad con los Pirineos o, simplemente, la humedad.

Pero ella no creyó que fuera eso, en el aire había libertad y Karla respiró a pleno pulmón, por fin, ya había soltado el plomo que la lastraba desde hacía ya muchos años.

Vicente ya era pasado. Ahora solo tenía que mirar hacia adelante y, en su futuro, estaba él, el verdadero amor de su vida, Álex, Álex Cortés.