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Las puertas del ascensor se abrieron.
Néstor salió del lujoso edificio.
Caminó hasta su viejo Smart con matrícula robada y condujo hasta un polígono industrial cerca de Badalona.
A las diez de la noche, solo circulaban por sus calles los empleados del último turno de alguna fábrica que regresaban a casa.
Aparcó delante de una nave industrial de una sola planta. Bajó del coche y cogió de atrás una caja. Cerró el maletero y fue directo a la entrada. Introdujo el código y pasó una tarjeta magnética.
Caminó por un pasillo lleno de puertas. Cada una tenía un número en ascendente. Conocía muy bien ese lugar; Álex Cortés lo conocía igual de bien. Había usado uno de esos trasteros para dejar cosas de la casa donde vivía con Mery. Siguió hasta su puerta.
Miró a su derecha, donde estaba el viejo trastero de Álex. El mismo en el que había encontrado a Mery seccionada y congelada.
Sonrió recordando su cara, viéndolo por la fisura de la puerta que estaba justo enfrente.
Luego, miró a la izquierda, donde estaba su trastero. Abrió y entró. Dejó la caja en el suelo, encendió la luz y se encerró dentro.
Se sentó en un sillón. Había acudido a ese lugar muchas veces solo por algo que seguía allí congelado. Posiblemente, lo más valioso que tenía en el mundo: la mano derecha de Ana Cortés.
Ya que no pudo poseerla entera, la poseía en partes. En concreto, solo una parte de ella, la más preciada y la que Ana echaba más de menos.
Una vez sentado, miró las fotos que tenía colgadas en la pared.
La estancia era su rincón de deleite, apartado del mundo.
Todo giraba alrededor de Ana Cortés, la criminóloga.
Tenía fotos hechas desde lejos con un teleobjetivo de periodista, el mismo que tienen los paparazzi .
Saliendo con el coche, dejando a los niños en el cole, en el supermercado, repostando gasolina, firmando libros en una librería céntrica de Barcelona.
Había recortes de periódicos y páginas de revistas de moda o de actualidad.
Pantallazos de vídeo de tertulias mañaneras donde Ana era invitada para dar su opinión.
Allí estaba su diosa, su reina, y también su frustración.
Después de un buen rato contemplándola, se levantó.
Sacó del congelador, como muchas otras veces, la mano de Ana.
Seguía en la misma postura, pero la piel, de tantas veces que se había congelado y descongelado, se estaba deteriorando.
Como una bandeja de bistecs de un bufete que congela lo que sobra del día.
Lo mismo pasaba con la mano, ya era hora de jubilarla. Para siempre.
Hasta se le había ocurrido que, en vez de tenerla como una mano, extirpar con suma delicadeza toda la piel, hacer una estructura de silicona con forma de vagina y forrarla con ella. Pero necesitaba demasiado tiempo y demasiada destreza. Y con la posibilidad de perder para siempre lo que tenía.
Se volvió a sentar y dejó que la mano se fuera descongelando poco a poco, sin el uso del microondas.
Sentado, empezó a pensar en todos sus errores. Una miríada. Desde el lejano 1994 en Madrid hasta lo que estaba a punto de suceder. Todo era un encadenamiento de errores. Maravillosos y trágicos a la vez.
Pero dos lo afligían. Dos por encima de todos lo martirizaban desde hacía tiempo.
El primero era el caballo de Berenguela.
Néstor negó con la cabeza. No tenía que haberla escuchado. Tenían que haber hecho lo que él sintió esa noche y no lo que ella le suplicó. Negó con la cabeza y se tocó la frente. Recordarlo era más doloroso que cuando su padre abusaba de él de pequeño.
Y el segundo era, precisamente, cuando le cortó la mano a Ana Cortés.
Cuando estaba en la casa del Pirineo, a punto de lanzarla a la fosa y cubrirla por el tractor, lo que tenía que haber hecho era acostarse con ella.
Néstor sabía que ella en el fondo quería tener una relación sexual con él.
Muchas veces pasa: el secuestrado siente atracción por su raptor.
Pero lo de Ana era diferente, ella sentía por él amor verdadero, lo sabía, lo sentía, lo veía en su mirada.
Se arrepintió, tenía que haberse quedado con todo el cuerpo de Ana, no solo con la mano.
Pasadas unas horas, la mano ya estaba descongelada lo justo para su función.
Se bajó los pantalones, cogió la mano de su amada y empezó a masturbarse.
Revivió lo que había ocurrido esa misma noche al ver a Ana, le encendió la libido.
Estuvo a un palmo de ella. Pudo oler su perfume; usaba el mismo después de tanto tiempo.
Con los ojos cerrados, revivió el instante.
Luego, regresó a los recuerdos de cuando Ana estaba en la cama a punto de parir.
Dentro de la imagen perversa, él disfrutaba; fue la primera y la última vez que pudo verla con las piernas abiertas, desnuda delante de él.
Cuando acabó, dejó que la respiración regresara al ritmo normal y que los jadeos acabasen.
Dejó la mano, ahora ya sucia, encima de la mesa.
Se limpió y se subió los pantalones.
Todo se había acabado.
Era la última vez que eso sucedería. Un ciclo se cerraba con esa última vez y quería acabarlo con unos recuerdos vivos y nuevos de Ana Cortés. Por eso había ido a verla.
Suspiró.
Se dio la vuelta y abrió la caja. Dentro, había una garrafa de gasolina.
La abrió y la derramó por todo el trastero.
Sobre el armario, sobre la mesa, sobre el microondas, en el congelador y en el sillón.
Por debajo de las puertas de los otros trasteros, para que las pertenencias, cajas y armarios de los demás se convirtieran en más combustible.
Dejó la garrafa y lanzó una cerilla.
Le dio justo el tiempo de salir, dejando la puerta abierta para que el viento nocturno actuara como un atizador.
Subió al Smart y, mientras se marchaba, vio cómo la estructura ardía.
Las llamas ascendían al cielo, purificando todo a su paso.
Néstor había invocado al dios del fuego para limpiar sus pecados, para purificar su conciencia y calcinar todos los recuerdos.
El dios del fuego lo saludaba con lenguas ávidas en su retrovisor.
Como un espíritu invocado y despertado desde el fondo de un agujero, el fuego se tragó todo el establecimiento.
Néstor sonrió. Justo en ese momento, escuchó las sirenas de los bomberos. Poco podían hacer ya, pensó. Esos exorcistas del fuego llegarían tarde.
Néstor cogió la Ronda Litoral y regresó a su casa, al día siguiente, lo esperaba una importante jornada.