El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 13
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Álex corría por el paseo marítimo de Barcelona.

Consciente de que les había caído un caso que les llevaría muchas noches de dormir mal, días de comer lo que pudieran y mucha investigación, necesitaba prepararse.

Necesitaba correr. Karla iba a su ritmo. Él, con la música puesta a todo volumen, pensaba en los casos. Arriba y abajo del paseo, hasta completar los cuarenta y cinco minutos de carrera continua.

Cuando acabaron, se quedaron un rato haciendo estiramientos. Karla estaba sudada y lo miraba sonriente y con intensidad.

Él igual. Estirando su glúteo derecho, se quitó los auriculares.

—Lo necesitaba —dijo él.

Ella asintió.

—Pero esto no ha acabado, ¿verdad?

Él subió una ceja.

—¿Quieres más?

Ella se encogió de hombros.

—Una cosa no quita la otra, esto es un ejercicio y el otro es otro. Hay que entrenarlo todo, ¿no te parece?

Él sonrió malicioso.

Poco después, cuando ya llegaron a casa, se quitaron la ropa y se metieron juntos en la ducha.

La perdición era el jabón, todo lo complicaba el jabón.

Cuando él enjabonaba el cuerpo de ella, se encendía.

Y ella no dejaba escapar ni una oportunidad.

No pudieron quitarse del todo la espuma: Karla lo arrastró hasta la cama.

Se secaron como pudieron, Álex le abrió las piernas y metió la cara entre ellas.

Empezó a darle placer como a ella le gustaba.

Karla se agarró de las sábanas con fuerza. Gemía y se mordía el labio superior. Le apartó la cara. Se miraron. Álex avanzó poco a poco, como un gato a punto de saltar sobre su presa. La mirada se fue intensificando cada vez más. Se quedó encima de ella, solo mirándola.

—Eres preciosa.

Ella se ruborizó.

—Gracias.

—Lo digo en serio, Karla. Eres la mujer más guapa que he conocido.

Ella pasó la mano por su cuello y lo bajó hasta que su cuerpo, aún húmedo, se apoyó sobre el suyo. Esperó que Álex entrara en ella y le hiciera el amor.

Karla le pasó las piernas por la cintura y las cruzó por encima.

Los gritos de ella lo avisaron de que estaba llegando y él también se dejó ir, se dejó fluir para que el gozo fuera mutuo y al mismo momento.

Se quedaron jadeando uno encima del otro. Aún mojados, ahora también sudados.

Álex se separó y volvió a mirarla.

En sus ojos estaba el amor, la pasión.

Abrió la boca, pero no pudo articular nada de lo que sentía. Pensó que con su mirada y con haber hecho el amor todo estaba dicho.

Cerró la boca y sonrió.

—Ahora estamos más sudados que antes —rio Karla.

Álex se levantó, la cogió a peso y la llevó de nuevo a la ducha. Cargada como un saco de patatas, ella gritaba divertida y le daba palmadas en sus duros glúteos desnudos.

Se metieron en la ducha otra vez y cuando el vaho ya no permitía ver más allá de un par de palmos, consideraron que era hora de terminar.

Una vez secos, bajaron a cenar y después, a leer en la cama.

Fue allí, mientras leían, cuando Álex rompió la concentración de la lectura y le dijo:

—Karla, me gustaría que me lo explicaras.

Ella despegó la mirada del libro y se giró hacia Álex.

—¿De qué me hablas?

—De tu viaje a Francia —repitió, serio—. Me gustaría que me lo repitieras.

Ella negó con la cabeza.

—¿Te importa que sea otro día?

Él no respondió enseguida.

—Venga, por favor.

—Pero ¿por qué quieres que reviva eso ahora?

Él se pasó la mano por el pelo. Los rizos se movieron, casi enloquecieron. Algunos estaban aún mojados. Suspiró.

—Podías habérmelo dicho antes de hacerlo.

—Lo sé, pero, si lo hubiera hecho, habrías venido tú también y la habrías liado.

Álex hizo una mueca de desencuentro y se incorporó más en la cama.

—Es verdad, ya lo hiciste tú bastante, ¿no? —confesó Álex—. Me gustaría que me lo explicaras de nuevo, esta vez con más detalles. Siempre huyes cuando te lo pregunto. Es como si te avergonzaras o te… Venga, por favor.

Ella suspiró negando con la cabeza.

Cerró el libro y se acomodó, mirándolo a la cara.

—Bueno, supongo que ha llegado el momento de que te lo explique todo —dijo, resignada—. Todo empezó el día que fui a Francia.

Álex negó con la cabeza.

—No, no, empieza antes. Quiero la historia completa.

Ella bufó y miró el reloj.

—Es tarde.

—Karla, venga, no te hagas de rogar.

Ella asintió, en el fondo, sabía que se lo debía.

—Está bien, está bien —afirmó, y se concentró—. Todo empezó en casa de tus padres, cuando me pediste que me casara contigo…