El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 12
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Napoleón, o mejor dicho Néstor, tocó el timbre.

Esperó a que le contestaran en la entrada del edificio de cristal.

Hacía frío. Diciembre estaba siendo más gélido de lo normal. Néstor pensó que eso del cambio climático era una pamplina, solo había que mirar el vaho que se formaba al respirar.

El videoportero se encendió.

—¿Sí?

—Traigo unas flores —dijo él.

Hubo unos instantes de silencio, la persona del otro lado, desde su lujoso piso de alto standing , estaría con la calefacción puesta al máximo.

—Disculpe, hace frío, si no las quieren, no es ningún problema, las devuelvo —insistió Néstor.

—Está bien, suba —dijo la voz masculina.

La puerta se abrió y Néstor la empujó para entrar. Caminó hasta el ascensor y apretó el botón. Las puertas se abrieron enseguida. Pasó y pulsó la planta a la que iba.

Mientras el ascensor subía, se dio la vuelta. Llevaba una chaqueta turquesa de una famosa compañía de reparto a domicilio. Las flores del cesto eran preciosas y desprendían un agradable aroma.

Néstor se miró al espejo y se quedó impresionado, una vez más, de cómo no parecía él.

Ni siquiera su madre lo reconocía ya. Aparte de las varias cirugías plásticas faciales, llevaba una peluca y una nariz de silicona, grande, como las que llevaban los actores.

Las puertas se abrieron y se dio la vuelta. La puerta del domicilio estaba abierta.

Néstor se acercó y miró a través, sin hacer ruido. Olía a carne y a tomate, de una salsa o un estofado.

Empujó la puerta. El apartamento era precioso. La pared del fondo era una ventana de punta a punta. Un niño, sentado en un sofá, estaba viendo dibujos de Peppa Pig en la televisión.

—¿Hola? —dijo Néstor.

Enseguida apareció un hombre. Era alto, con barba, llevaba un delantal y se lo veía fuerte.

Al ver las flores, se quedó sorprendido.

—¿Y esto?

Néstor, el repartidor, las tendió.

—El cliente ha preferido quedar en el anonimato —respondió el repartidor.

El hombre se extrañó, aunque las cogió igualmente.

—¿Para quién son?

El repartidor sacó un móvil y miró en la pantalla.

—A ver…, para una tal Ana Cortés.

El hombre asintió.

—Pues nada, gracias —afirmó mientras asentía.

El repartidor negó con la cabeza.

—Debería firmar, por favor.

El hombre dejó las flores en el centro de la mesa que ya estaba lista para la cena y se acercó para firmar.

—No, debería firmar quien recibe las flores, la señora Ana Cortés —dijo, y se justificó—. Es que son las nuevas normas de la empresa, ¿sabe?

El hombre del delantal se extrañó, miró por un instante al repartidor y después se giró.

—Cariño, ven, es para ti —gritó.

El hombre del delantal sonrió e indicó las escaleras, señalando que vendría enseguida.

Mientras esperaba a la mujer, el hombre se acercó al niño que estaba viendo la tele. La apagó y le dijo que fuera a lavarse las manos.

Mientras, unos pasos empezaron a escucharse. De pronto, aparecieron las piernas de una mujer bajando la escalera de caracol.

Cuando pudo verla, se quedó petrificado.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que vio a Ana.

Entonces lo relacionó; ese niño que estaba viendo la tele y pasó por delante de él para ir a lavarse las manos era el mismo que había ayudado a nacer en los sótanos del búnker de la guerra civil de la masía aquella.

Lo que era un niño del tamaño de un melón ahora era una personita que caminaba y que se lavaba sola las manos.

Sintió una punzada en el estómago, habría podido ser él el padre o, por lo menos, le habría gustado.

Pero no era así. Ese hijo era obra del desgraciado de Alberto, el picha loca de su exmarido.

Ese desgraciado que, la noche que la raptó, se estaba acostando con la secretaria.

El mismo al que dejó desangrarse en un río.

Pensó de nuevo que, al final, era una persona que merecía su castigo y que solo él pudo habérselo infligido.

Suspiró cuando ella se presentó.

—¿Dónde tengo que firmar?

Néstor indicó el lugar y ella acercó la mano izquierda, la que le dejó, para garabatear una firma.

—¿No me puede decir de quién viene?

Antes de responder, la miró a los ojos. Los dos se quedaron hipnotizados por un larguísimo instante.

Un instante tan largo que ella se avergonzó.

—Lo siento, es anónimo —respondió—. Adiós.

Néstor se dio la vuelta y salió. Cerró la puerta y se quedó con la espalda apoyada en ella.

Ana parpadeó un par de veces. Se giró hacia la mesa donde estaban las flores.

—¿Quién puede ser?

Ana Cortés se encogió de hombros.

—Quizá un admirador de mis libros. No lo sé. O incluso puede que sea una broma de Patrick Cletman, mi editor.

—Lávate las manos, cariño. Ya está listo —dijo el hombre con el delantal, se acercó a ella y la besó en la frente.

—Javier, por favor, la próxima vez que venga un repartidor, que espere fuera. Me da mal rollo que vean nuestra casa y que estén dentro, ¿sabes?

Él la miró perplejo.

—Tienes razón. Fallo mío —afirmó, se acercó y le dio otro beso—. ¿Estás bien?

Ella sacudió ligeramente la cabeza y contestó que sí. Luego, se fue a lavar las manos.

Por fuera, Néstor lo había escuchado todo. Regresó al ascensor y bajó hasta la planta baja.

—No, no es Patrick, es tu viejo amigo y admirador secreto, Néstor —susurró, como si Ana, desde lejos, pudiera aún escuchar.