11
—He venido a ver cómo vas… —dijo Laura—. Obi-Alan Kenobi.
Al entrar, cerró la puerta.
Alan levantó la mirada de su pantalla.
—Shhh, que te pueden oír —dijo el informático forense.
Laura se rio por lo bajo. La situación la divertía y la excitaba a la vez. Se acercó a él mientras se mordía un labio.
—Me excita mucho cuando tecleas tan rápido…
Alan, como si no hubiese escuchado nada, seguía con su tarea.
Ella le pasó la mano por el pelo.
—Podrías dejarme trabajar… —sugirió él.
Ella le volvió a pasar la mano por el pelo y luego, por dentro del cuello.
—Solo me iré si me dices eso…
Él ni se inmutó, seguía concentrado a pesar de la insistencia de la chica, que era más y más persuasiva.
Cuando ella empezó a besar el cuello del informático y a chupetearlo, él se apartó.
—Está bien, está bien —afirmó Alan—. ¿Y si dejamos esto para después?
—¿Sííí…?
—Princesita Leia…
Ella se volvió a morder el labio e hizo un movimiento con la cabeza de un lado a otro, excitada y a punto de lanzarse encima.
—Está bien, me voy —dijo, ya seria—. Solo quería saber cómo vas con el ordenador de Ildefonso Lladó.
Él resopló.
—Se está poniendo dura.
Ella se asombró, abrió la boca y los ojos de par en par.
—¿Cómo?
Él puso los ojos en blanco.
—La contraseña, tonta…
Ella se fue decepcionada. Bajó un piso y regresó a la sala de briefing . Todas las cajas se habían multiplicado. No solo estaban las de Ildefonso Lladó, también las cajas de las otras dos víctimas. Las mesas se encontraban llenas de hojas y pilas de carpetas.
Júlia y Laura estaban con las de Damià Roca. Iván y Víctor se habían decidido por las de Berta, la prima del mayor Aragonés.
—¿Qué tal va Alan con la contraseña? —preguntó Júlia.
Laura aguantó la risa riendo por dentro.
—Digamos que se le resiste.
Júlia asintió y se acercó a ella.
—¿Cómo nació lo vuestro?
Laura suspiró, mirando el techo, como si pudiera ver a través.
—Ya sabes que el roce hace el cariño —suspiró—. Trabajamos en varios casos y, en uno en concreto, Álex nos puso a trabajar codo con codo, buscando información, y puf… No sé, fue muy raro, porque nunca me hubiera fijado en un tipo tan raro como un informático.
Júlia asintió.
—El roce… —aseguró con retintín.
—Ya ves, cuando se enteró de que me gustaba Star Wars , me propuso ir al cine a ver The Mandalorian y, desde entonces, ya ves. Ni su madre se lo creía. Cada vez que voy, me hace todos los platos que me gustan.
Júlia se rio mientras repasaba hoja por hoja para comprobar si había información importante.
Laura hacía lo mismo. Sentadas una al lado de la otra, controlaban páginas y hablaban.
—Fíjate que su madre me dijo que yo era su primera novia —comentó.
—¿En serio? ¿Cuántos años tiene Alan?
—Veintiocho.
Júlia abrió los ojos, muy grandes.
—Y tú fuiste… la primera…
Laura asintió.
Júlia no supo cómo reaccionar.
—¿Y no se te hace raro?
Laura se giró hacia la otra policía y se encogió de hombros.
—No, en absoluto. Porque hace lo que me gusta. Es como un bloque de arcilla, lo he moldeado como quiero —afirmó, y concluyó con pasión—. Como un buen amante…
Júlia sonrió y siguió con la labor. Laura, a su lado, siguió hablando de la historia de amor que estaba teniendo con el informático forense.
Mientras tanto, en el otro lado de la sala, Víctor le daba un codazo a Iván.
—¿Qué te pasa? —preguntó Iván.
Víctor señaló a las dos mujeres.
—Míralas, pueden hacer dos cosas a la vez, estar de cháchara y trabajar —dijo Víctor.
—Ya, ¿y? —preguntó Iván.
Víctor bufó.
—Yo no puedo hacer dos cosas a la vez. Es más, casi no puedo hacer una cosa a la vez. Con todo este papeleo, se me va la mente. Me pasa una mosca y la cabeza se me va allí. Yo no estoy hecho para esto, prefiero la calle y perseguir e investigar y todo eso, ¿sabes?
Iván dejó de mirar una página y miró a los ojos a su compañero.
—Esto no es una serie americana en la que solo están de tiroteos y persecuciones, Víctor, esto es la vida real y hoy nos está tocando esto. Mañana, ya veremos. ¿Me entiendes?
Víctor asintió, pero su expresión no era la de haber entendido.
Iván dio por perdida la conversación y siguió leyendo el papel que tenía enfrente. Una vez leído, anotó unas palabras en un pósit y lo aplicó. Pasó a la página siguiente y recibió otro codazo.
—Oye…
—¿Qué? —preguntó Iván, ya algo molesto.
—¿Te mola la nueva?
—¿Te refieres a Júlia?
—Sí.
—No es nueva, lleva casi un año.
Víctor arrugó el ceño.
—Bueno, pues Júlia, sí. ¿Te mola?
Iván dejó el papel y miró a su compañero.
—Estoy intentando concentrarme. Agradecería que no me molestases a cada minuto. Y, ¡no! No me mola, además, tengo pareja y vivo con ella.
Víctor se encogió de hombros.
—Como si eso fuera un impedimento… —aseguró—. Entonces, ¿te importa que pruebe yo?
Iván arrugó el ceño.
—¿Que pruebes tú? —preguntó, y en el momento que formuló la pregunta, él mismo se dio cuenta de lo que decía—. No, claro —confirmó—. Toda tuya.
Víctor sonrió y se levantó.
Iván no tenía ni idea de lo que iba a hacer, pero se quedó mirando. Estiró las piernas y los brazos y miró la escena. Aunque él ya se imaginaba cómo acabaría esa conversación.