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—¿La CNMV? ¿Qué diablos es?
Al otro lado del teléfono, un hombre carraspeó.
—Son las siglas de Comisión Nacional de Mercados y Valores —respondió, casi mosqueado por la pregunta—. Pensaba que a estas alturas ya lo sabría.
—¿Debería?
—¿Usted lleva el caso de Ildefonso Lladó Maristany?
—Sí, pero desde hace cinco minutos… —Al otro lado del teléfono hubo silencio—. ¿Para qué me llama?
—Soy Carlos Marhuela, responsable de relaciones institucionales de la CNMV.
Hubo otro silencio.
—¿Y?
—Me ha pedido el juez Delgado que le llamara y que le diera mi contacto. Estamos investigando estas tres muertes.
—¿Ustedes también?
—Sí, desde hace poco.
—¿Y por qué la comisión nacional esa investiga tres muertes?
Se escuchaba como un ruido sordo y continuo de tecleteo que se difundía por el ambiente. Seguramente, trabajaba en un espacio abierto con más personal.
—Por sus perfiles. Imagínese que fueran tres bomberos. ¿No investigarían también el Ministerio del Interior o alguna jefatura de bomberos?
—No lo sé, no soy bombero, soy policía.
—Es un ejemplo, agente —espetó con impaciencia.
—Soy sargento, no agente.
—Bueno, lo que sea. En fin, que se guarde mi contacto por si lo necesita. Y si nosotros averiguamos algo, se lo haremos saber.
Antes de colgar, se intercambiaron los contactos. No entendió del todo lo que podían sonsacar de esa comisión, pero, si venía del juez, lo aceptaría.
Se marchó con Karla y, cuando estaban saliendo del aparcamiento, llegaron dos furgonetas con información de los casos de los otros dos suicidios.
* * *
El aparcamiento del tanatorio de Sant Gervasi estaba al completo.
Karla y Álex tuvieron que dejar el coche bastante lejos y caminar en subida por la carretera que llevaba al tanatorio.
Álex, al llegar hasta la explanada de hormigón, empezó a recordar todas las veces, innumerables, que había acudido a ese lugar.
Caminaron entre la gente que hablaba en grupitos por el recinto. Algunos fumaban delante del cristal que protegía del terraplén mientras disfrutaban de las vistas. Era cierto, por desgracia, ese lugar era uno de los lugares con mejores vistas de toda Barcelona.
Se sintieron desplazados, fuera de lugar. La mayoría de las personas que los veían pasar los miraban de reojo, con condescendencia. Ellos dos, entre la mayoría de las personas con traje y corbata y elegantes mujeres de negocios, destacaban en gran medida.
Siguieron las indicaciones y llegaron a una sala. En la entrada, una foto del hombre sonriente presidía la sala sobre un mueble.
Ildefonso Lladó Maristany aparecía con un polo amarillo, feliz, en un campo verde a punto de chutar una pelota de fútbol. Detrás, en segundo plano, una portería con dos niños y un perro.
Pensó que la foto la tenía que haber hecho la esposa.
Encima, unas esquelas y un libro de visitas.
Pasaron y avanzaron entre los parientes, amigos y compañeros de trabajo.
Álex suspiró. Eso era lo peor de su trabajo. Hablar con el cónyuge viudo a pocas horas de saber la noticia era la peor parte de su trabajo.
—Lamento molestarla, soy el sargento Cortés, necesitaríamos hablar con usted —susurró a la viuda.
Ella los miró molesta. Indicó a la gente y les dijo que su sitio estaba allí. Álex insistió y al final consiguieron que la mujer les concediera unos minutos.
—Necesitamos saber si tiene alguna idea de qué puede haberle pasado a Ildefonso para llegar a esta decisión —empezó Álex.
La viuda negó con la cabeza.
—No tengo ni idea. Si no, les habría llamado antes. Lo habría ayudado. Le habría hecho cambiar de idea. Nadie de la familia teníamos ni idea.
—Nos imaginamos que esto es muy duro, señora, pero seguro que hay algún indicio o comportamiento extraño, diferente —dijo Karla, y la viuda seguía negando con la cabeza—. Un suceso extraño, alguien que conoció en los últimos días. O algún error…
—Incluso algo del trabajo. ¿Le hablaba del trabajo? —añadió Álex.
—No. Ildefonso era reservado con el trabajo. Nunca me decía nada —dijo, y se quedó en silencio mirando un punto lejano entre Álex y Karla, detrás de ellos.
—¿Algún comportamiento que cambiara en los últimos días? —dijo Karla, y siguió haciendo hincapié—. Cualquier cosa, ¿me entiende? Aunque sea insignificante.
La mujer seguía mirando un punto lejano.
Álex imaginó que ante ella se estaban sucediendo todos los momentos con su marido de los últimos días.
Los desayunos, las risas, los mensajes, cualquier cosa la llevaba a revivir instantes y todo, sin excepción, tenía que ser terrible.
Sobre todo, porque se imaginaría agarrándolo y diciéndole que no se tirara de esa maldita azotea.
Que esa mañana, en lugar de ir a trabajar, lo hubiera convencido de quedarse durmiendo un rato más o que, después de dejar a los niños en el colegio, regresaran a casa para hacer el amor.
Agarrar esos recuerdos y cambiar el pasado.
Todo era tan vívido en su mente que podía sentir a su marido. Sentir su olor y notar el calor de su pecho. El mismo pecho que ya no volvería a tener cerca.
—No dormía bien —dijo, y Álex se acercó a un palmo de ella—. Se despertaba, iba al lavabo y, en lugar de regresar a la cama, bajaba a la planta baja.
—¿Sabe qué hacía?
La mujer negó con la cabeza. Se acercó las manos, juntándolas, como si fuera a rezar.
—Nunca se lo pregunté —susurró.
—¿Algo más, señora?
—No sé, me dio la sensación de que Ildefonso había dejado de disfrutar de su trabajo. Estaba muy pendiente de ese maldito ordenador que llevaba todo el rato encima. Dejó de leer novelas, de leer el periódico. Dejó de mirarme…
Una mujer entró por la puerta.
—Lo siento, Silvia, pero deberías venir.
—No se preocupe. Muchas gracias, nos ha ayudado mucho —aseguró Karla.
Álex se levantó después de la viuda, sacó una tarjeta de visita y se la dio.
—Por favor, quédesela. Si recuerda algo más en los próximos días, llámenos —dijo Álex mientras la mujer miraba la tarjeta y asentía.
Mientras Álex y Karla regresaban al coche, empezó a chispear. La cantidad de personas en el velatorio y en la explanada se iba incrementando.
—Ahora es cuando más gente sale del trabajo y acude al tanatorio —aseguró Karla.
Álex no contestó.
—¿En qué piensas?
—En lo que ha dicho la viuda. Cambió sus hábitos. Miraba más el ordenador…, algo no le iba bien. Dejar los hobbies , las aficiones, es síntoma de estrés y ansiedad, pero la falta de libido es la prueba irrefutable.
—No sabía que eras un experto en psicología…
—Vemos tantas miserias que ya te haces experto en todo —afirmó Álex.
Ella asintió mientras caminaban y aceleraban el paso para no mojarse.
—Quizá la clave está en el ordenador.
—Si es así, entonces su ordenador está en las mejores manos de esta ciudad —confirmó Álex.
Llegaron al coche y entraron.
Las pequeñas gotas de lluvia caían en el parabrisas. Su ruido era imperceptible. Antes de arrancar, Karla miró a Álex y él le devolvió la mirada.
—Necesito pensar. Sería bueno que fuéramos al gimnasio, mañana nos espera un día completito.
Karla asintió, fue a poner la llave en la ranura del contacto, pero se detuvo. Volvió a mirar a Álex y le dijo:
—Tengo una corazonada.
Álex subió las cejas.
—Me encantan tus corazonadas.
—Va, en serio.
—Lo digo muy en serio, Karla. ¿Qué piensas?
Ella suspiró y miró el parabrisas, que estaba ya empapado.
—Creo que deberíamos ir mañana al funeral.
Álex la miró perplejo.
—¿Sí?
Karla sonrió e introdujo la llave en la ranura.
—Sí, confía en mí.
Arrancó el coche y se marcharon del tanatorio de Sant Gervasi.
—Yo siempre confío en ti… —aseguró Álex.