El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 9
17%

9

Álex se aclaró la voz.

A pesar de ser por la tarde, se encontraba en la tarima de la sala de briefing de la comisaría. Solía hacerse por la mañana para que todos expusieran lo que habían averiguado durante el día anterior sobre el caso que incumbía en ese momento.

Ese día, de forma excepcional, reunió a todos sus mejores efectivos para empezar una nueva investigación.

Detrás de él, la pizarra contenía tres nombres, tres columnas y tres líneas de investigación. Tres troncos encabezados por tres nombres; como era habitual, nombres de víctimas.

Damià Roca Vilardell, Berta Soler Aragonés e Ildefonso Lladó Maristany.

—Antes de explicaros quiénes son estas tres personas, os presento a la nueva subinspectora —dijo Álex, indicando a la mujer—. Natalia Navarro será nuestra jefa y sustituirá a Ferrer.

Las miradas de todos los asistentes de la sala se giraron hacia ella. Algunos demostraban perplejidad, otros, sorpresa y, otros, recelo.

—¿Quieres decir algo? —añadió Álex desde la tarima.

Natalia estaba apoyada en la ventana, de pie, mirando a Álex y a los compañeros sentados.

Se sintió el centro de atención y se ruborizó.

Levantó la mano, en un saludo algo patoso.

—Encantada de estar aquí. Ya sabéis dónde está mi despacho y mi puerta siempre está abierta —dijo, y levantó las dos manos—. Así que nada más. Por favor, sigue, Álex.

Álex se dio cuenta de que ya era el tercer jefe que pasaba por ese despacho desde que estaba él en esa comisaría. De pronto, sintió como que una nueva etapa de su vida profesional acababa de empezar.

—Bien, ya que Natalia no es de muchas palabras y vosotros tampoco, lo que voy a hacer es presentaros yo —dijo, y apuntó a la primera fila—.

Bueno, a Karla ya la conoces. A su lado, Júlia; hace poco que está con nosotros, criminóloga, de Gerona —dijo, y la mujer saludó levantando la mano y sonriendo a la jefa—.

En la segunda fila, Iván y Víctor, ya veteranos de nuestra comisaría; excelentes piezas —indicó, y los dos, como si fueran Zipi y Zape, saludaron a la vez—.

En la tercera fila, Alan, el informático forense que he conseguido arrancar de la científica, que lo tienen encarcelado allí arriba; gran consumidor de dónuts y de anime.

Un genio —dijo Álex, y el informático solo levantó la mano, mirando al suelo y sonriendo—.

Tiene a su lado a Laura, cómo no, otra veterana de nuestro grupo y de gran intuición.

Cuando acabó de presentarlos a todos, dio una palmada en el aire y todos se centraron de nuevo en la pizarra. El sargento apuntó al último nombre con un tres delante.

—Ildefonso Lladó Maristany. Asesor financiero privado de deportistas y celebridades en Aurum VIP Capital —explicó, y, Laura y Júlia empezaron a anotar cada una en su libreta los detalles—.

Gestionaba el dinero de futbolistas, entrenadores, cantantes y creadores de contenido.

Su especialidad era convertir ingresos caóticos en patrimonio: casas, sociedades, inversiones y blindajes fiscales, blablablá.

Tenía cincuenta y dos años. Casado y con dos hijos.

No sabemos mucho más. Solo que se lanzó de un rascacielos ayer por la mañana.

Dejó una carta a la empresa en la que habla de una carpeta azul.

Ya lo veréis. Tenéis que buscar una carpeta azul, ahí está el problema.

Júlia levantó la mano.

—¿Dónde está el problema? Vamos a su despacho y la buscamos.

Álex suspiró.

—No es tan fácil. Todas las carpetas del despacho de Aurum VIP Capital son azules, así que no sabemos cuál es.

Y esas cajas que están contra la pared… —todos se giraron hacia la dirección que indicaba Álex— son todo el despacho de Ildefonso.

Tenéis que revisar caja por caja, carpeta por carpeta, hoja por hoja.

Alan levantó la mano.

—Hay un ordenador.

—Cierto, eso es cosa tuya, tendrás que reventar el acceso y entrar.

Controlar todos los mails y el móvil; necesitamos saber qué le pasó en las últimas veinticuatro horas.

Qué supo, qué pasó, con quién habló, con quién pudo tener contacto y para qué.

Porque ahí está la respuesta a la pregunta —dijo Álex, y levantó el pulgar de su mano—.

¿Ildefonso Lladó se suicidó por propia decisión o lo indujeron a ello?

En la sala de briefing se creó un silencio reflexivo.

Álex no la miró, pero notaba cómo Natalia lo observaba, estudiaba, casi perfilando.

—¿Quiénes son las otras dos víctimas? —preguntó Iván.

Álex se giró hacia la pizarra y apuntó a la segunda víctima, la que estaba en medio y marcada con un dos.

—Hace dos semanas, la señora Berta Soler Aragonés se suicidó.

Por el segundo apellido, entenderéis la importancia de averiguar todo esto.

Era prima de nuestro jefe, del mayor Aragonés.

Solo sabemos que era socia fundadora de Soler qué hacía y con quién había estado y hablado en los últimos tiempos.

Los correos electrónicos que ha recibido en los últimos días, mensajes.

Necesitamos saberlo todo. Y, por último —dijo, y marcó con el número uno y a la izquierda de la pizarra el primer nombre—.

Damià Roca Vilardell. Sabemos que era director territorial de banca privada en Banc Marítim Català.

Álex se calló. Miró a los ojos a cada uno de los chicos de su equipo. En ellos, vislumbraba una mezcla de ganas de empezar y curiosidad en lo que podían encontrar en el pasado de esas personas.

—No es una investigación al uso, no nos estamos enfrentando a los criminales asesinos que tratamos habitualmente.

Estamos buscando un nexo, una unión, algo que nos demuestre que tal vez a estas personas las han condicionado hasta el extremo de quitarse la vida.

Tenemos mucho trabajo por delante. El juez Delgado y el mayor Aragonés creen que somos el grupo indicado para averiguar si hay algo detrás de todo esto, que puede que no lo haya —afirmó, y se quedó en silencio unos instantes—.

Y yo creo que somos el mejor grupo, así que tenemos que darle caña, porque lo peor no es lo que ha sucedido —puntualizó, señalando la pizarra—, sino lo que puede suceder.

Si no lo averiguamos, me temo que esto va a continuar.

Y no sabemos la mierda que puede haber detrás.

Dicho eso, les indicó que el briefing se había acabado.

Júlia fue directa a estrechar la mano a la subinspectora y a presentarse.

En cambio, Alan se abalanzó sobre el ordenador y lo miró como si fuera un cofre del tesoro.

Decidió ir a buscar un carro con ruedas y llevárselo a su guarida; en su despacho, tenía el material para explorar todo lo que había dentro de esa máquina del tiempo.

Los otros empezaron a abrir las cajas en las mesas del fondo, iniciando la labor que les había encomendado Álex.

Este se acercó a Karla.

—¿Nos ponemos con esto? —dijo Karla, indicando con la barbilla las cajas.

Álex negó con la cabeza.

—He pensado que sería mejor que fuéramos a hablar con la viuda, ¿qué te parece?

Mientras Álex decía esas palabras, en la puerta de la sala del briefing , un agente llamó en el marco de la puerta.

—Sargento Cortés, una llamada para usted.

Álex arrugó el ceño.

—No espero ninguna llamada, ¿de quién?

—Es de Madrid, la CNMV pregunta por usted.