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Nada es coincidencia.
Álex estaba seguro de dos cosas: no creía en las coincidencias y no investigaría mejor porque la prima del jefe fuera una de las víctimas.
Llevaría el caso como un caso normal, un caso como todos, como siempre hacía: como si le fuera la vida en ello.
Así trabajaba Álex. Así investigaba, a tumba abierta con todo lo que hacía.
—Me gustaría hablar con ustedes un segundo —dijo Natalia, alargando la mano y tocando el brazo de Karla para impedir que salieran de su despacho tras Aragonés.
Álex y Karla se giraron, los dos serios, casi impasibles.
Natalia se aclaró la voz. No era fácil hablar a desconocidos. Lo que se llama romper el hielo siempre es complicado.
—Para mí es un honor trabajar aquí con ustedes.
No sé si son conscientes, pero en el cuerpo son una leyenda.
Bueno, eso se suele decir de una persona muerta, pero me refiero a alguien que ha conseguido grandes logros.
Bueno, lo que quiero decir, en definitiva, es que no sé cómo les trataba mi predecesor, pero estoy convencida de que les trataba de fábula —dijo Natalia, mirando al techo con un ligero movimiento de cabeza—.
Es decir, lo que quiero decir es que trabajar con estrellas como ustedes no debe de ser fácil —añadió, ruborizada—.
Así que intentaré ayudarles en todo lo que pueda, ¿de acuerdo?
Álex y Karla se miraron por un segundo.
—De acuerdo —dijo Karla.
Álex no contestó. Esa charla de buen rollo ya se comprobaría en el día a día. Era verdad que Ferrer entró en la comisaría como un elefante en una cacharrería. O mejor dicho, como un perro levantando la pata por aquí y por allá, marcando el territorio.
Natalia parecía diferente, pero uno no podía fiarse. El día a día, la tensión, la presión y el cansancio mermaba las relaciones y provocaba que saliera a la luz el verdadero yo, el verdadero espíritu y la verdadera personalidad.
—¿Álex? —preguntó Natalia.
Él, serio, asintió.
—Nos tenemos que marchar, deberíamos organizar todo este caos, si no le importa…
—¿Cómo quiere proceder?
Álex, que ya se había girado para salir de la estancia, se giró de nuevo hacia la mujer.
La tenía a un metro escaso. Antes, en la ventana, viéndola a contra luz, no había apreciado su rostro. Necesitó un segundo más para entender qué clase de mujer tenía delante.
Natalia Navarro estaba de pie con la misma quietud de quien no necesita ocupar mucho espacio para dominarlo.
Tenía el pelo castaño algo ondulado cayéndole sobre los hombros y una mirada oscura, serena, casi incómoda, de esas que no preguntan dos veces porque ya han empezado a sacar conclusiones con la primera.
Vestía de negro, sin concesiones, sin una sola pieza que pareciera escogida para gustar a nadie. Todo en ella transmitía control.
No era una belleza evidente ni buscada ni cuidada.
Había cansancio en sus facciones, pero también una dureza tranquila, una forma de mirar que parecía haber aprendido a no apartarse nunca primero.
Álex comprendió enseguida que Natalia Navarro no venía a caer bien ni a pedir permiso, solo a trabajar y a integrarse.
Natalia Navarro venía a mandar. Y, probablemente, sabía hacerlo.
Álex suspiró.
—Vamos a la sala de briefing . Necesitamos reagrupar al equipo y empezar. Tenemos mucho trabajo por delante.
—Voy con ustedes si no les importa.
Karla, que no se perdía ni un gesto de ella, contestó primero.
—Claro, necesitamos todas las manos posibles, ¿verdad, Álex? —dijo, y le dio una palmada en el pecho.
Álex gruñó.
Cuando ya estaban a punto de marcharse, Natalia formuló otra pregunta.
—Una última cosa, ¿os importaría que nos tuteásemos? —preguntó ella con delicadeza—. Es para agilizar las cosas.
Álex y Karla se volvieron a mirar. Álex se giró y le soltó:
—Lo que usted quiera.