7
Al entrar con el coche en el parquin de la comisaría, una furgoneta salió.
Los dos coincidieron en que podía ser la furgoneta de los compañeros que llevaban las pruebas de Ildefonso Lladó Maristany.
Yendo hacia las escaleras, Álex vio un coche. Reconoció el vehículo, la matrícula y el chófer. Esa presencia en las instalaciones de la comisaría de Travessera de les Corts no auspiciaba nada de bueno.
Álex arrugó el ceño. Se limitó a seguir a Karla, que subía las escaleras, sin decir nada. Salieron por la puerta del segundo piso y, puntual, uno del equipo les dio la noticia.
—Jefes, os están buscando —susurró Laura, indicando el despacho de Ferrer.
Álex ya se lo veía venir. Abrió la puerta del despacho del jefe y entró. Quería enterarse de lo que sucedía: una mala noticia, una investigación interna o a saber qué.
Y allí delante lo tenía, el mismísimo mayor Aragonés.
Álex ya se lo esperaba, el coche del cargo más importante del cuerpo estaba en su comisaría. Algo muy oscuro acechaba en el horizonte.
—Que el mayor haya salido de su cueva o, mejor dicho, de su torre de cristal, no es una buena noticia, seguro —empezó Álex nada más entrar, casi sin mirar y antes de que Karla pudiera ver quién estaba dentro.
El mayor Aragonés sonrió.
—Por eso el juez les ha puesto al mando de esta investigación —respondió él—. Álex, Karla.
Karla no pudo esconder la expresión de sorpresa.
—Álex, ¿qué has hecho esta vez? —espetó Karla—. Si el problema son unas multas, las pagará… —espetó.
El mayor Aragonés estaba de pie, detrás de la silla de Ferrer. Vestía de uniforme y tenía la gorra bajo el brazo.
A Álex le dio la sensación de que el ambiente era extraño. Al girarse, vio a una mujer que no conocía.
—No veo a Ferrer —dijo Álex.
—Por ese motivo estoy aquí, Álex. No tiene ninguna multa por pagar, por lo menos, que yo sepa —aseguró el mayor.
Mientras él pronunciaba esas palabras, la mujer se dio la vuelta.
Álex la miró y ella le devolvió la mirada. Karla, también atenta, no se perdió ni un detalle de la escena. Al ver a la mujer, colocó sus brazos en jarra.
—Les presento a la subinspectora Natalia Navarro. Ella será la persona que sustituirá a Ferrer en esta comisaría. A su antecesor lo hemos trasladado —confirmó sin moverse desde que Álex y Karla habían entrado.
Álex la saludó con un movimiento de cabeza.
Ella, en cambio, se acercó y tendió la mano primero a Karla, aunque estuviera dos pasos por detrás de Álex. Karla se la estrechó sin dejar de estudiarla, y luego, se la estrechó a Álex.
—No tengo nada que decir en contra de esa decisión, ¿pero se puede saber a qué es debido este cambio? —preguntó Álex.
Aragonés sonrió.
—Pensaba que se alegraría.
Álex arrugó el ceño y dio un paso hacia el mayor.
—Es verdad, teníamos muchas diferencias entre nosotros y lo amenacé con irme…
—Pero no lo hizo —aseguró Aragonés, levantando la barbilla.
Álex suspiró. La verdad era que odiaba a ese hombre.
En numerosas ocasiones, estuvo a punto de marcharse de la comisaría por su culpa.
Toni Ferrer. Desde que fue nombrado subinspector del grupo de homicidios de la comisaría de Travessera de les Corts, había intentado hacerle la vida imposible.
Y Álex, como respuesta, se pasaba todo por el forro.
—No, no lo hice, pero teníamos una conversación pendiente.
—Cortés, no hace falta que se haga el duro conmigo, nos conocemos desde hace años. Usted nunca se hubiera ido de esta comisaría, si no, habría aceptado mi oferta.
Karla se giró hacia él. Demostró con un simple gesto que ella no tenía ni idea de a qué «propuesta» se refería.
Álex suspiró y si hubiera podido, habría pagado lo que fuera por no volver a pasar de nuevo por ese trámite. Era una tecla que aún le molestaba y que no había comentado nunca con Karla.
Sin embargo, no pudo evitar recordar ese día en el despacho de Aragonés. Lo había convocado para hacerle una propuesta que, según él, no podía rechazar y que, contra todo pronóstico, él sí rechazó.
La idea de dejar la investigación y meterse en una carrera más política que de policía, con un ascenso meteórico como heredero de Aragonés, no lo veía como su futuro.
Dejar de ser policía para ser político no era para él.
Y no porque despreciara el puesto ni mucho menos, pero ya era sabido que a la política llegaban los que no sabían hacer una o con un canuto.
Los que sí sabían hacer o trabajar o crear su camino era muy diferente.
Él no valía para político y no quiso ser el nuevo mayor de los mossos .
Álex Cortés servía para perseguir a los cacos y buscar a los asesinos, aunque con un sueldo precario y haciendo más horas que un reloj.
Él servía para eso, para nada más. Y era lo que había decidido hacer.
Por eso seguía como sargento. Por eso, la eliminación total de ese camino lo llevó a ni siquiera decírselo a Karla.
—No ha venido solo a presentarnos a nuestra nueva subinspectora. Si ese fuera el protocolo, también habría estado aquí cuando llegó Ferrer —afirmó con voz cerrada Álex—. ¿Para qué más ha venido?
El mayor Aragonés volvió a hacer una mueca. A Álex le dio la impresión de que le gustaba que alguien lo retase y le dijera a la cara lo que pensaba.
—Natalia Navarro es su nueva subinspectora —dijo, indicando a la mujer, y se giró de nuevo hacia Álex y Karla.
De pronto, su expresión se tornó seria, sus facciones se tensaron—.
Pero tiene razón, Cortés. He venido para asegurarme de que den máxima prioridad a la investigación que les ha sido encomendada por el juez Delgado.
La conversación se estaba poniendo interesante para Álex.
—¿Qué pasa ahora, usted también conocía a Ildefonso Lladó?
El mayor no contestó enseguida, miró por un instante a los dos policías y suspiró. Bajó la mirada, invadido por un recuerdo o una sensación.
—No, Berta Soler Aragonés, una de las víctima que supongo les ha comentado el juez, era mi prima.
Álex frunció el ceño y bajó la mirada.
—Lo siento —dijo con tono calmado.
—Mi más sincero pésame, mayor —añadió Karla.
—Gracias. Toda la documentación está en camino.
Me gustaría que trataran con mucha delicadeza este caso.
No creo que sea coincidencia. Cuando murió Damià Roca Vilardell, fue una muerte más.
Considerando que el suicidio en hombres es la primera causa externa de muerte en la actualidad, no se prestó atención.
Cuando murió Berta, yo tuve mis dudas, pero todo apunta a un suicidio y punto.
Sin explicación. Sin embargo, lo que pasó ayer…
—dijo Aragonés, y negó con la cabeza—. Ya saben, una vez es un accidente.
Dos veces es coincidencia. Tres veces es un patrón.