6
Álex devolvió el móvil a la directora del despacho.
—¿Solo esto?
—Solo esto —respondió ella.
—¿Y usted qué entiende?
Ella suspiró y se guardó el móvil.
—Estamos investigando. No lo sabemos y no podemos precipitarnos en conclusiones rápidas. Estamos estudiando su trabajo y lo que puede haber pasado. De momento, no lo sé aún.
—¿Se puede descartar que alguien lo convenciera para tirarse al vacío? —preguntó Karla.
Ella asintió.
—Creo que es una opción muy remota.
Álex recordaba las palabras en su mente. Como había indicado la directora, la carta, los papeles y, sobre todo, su ordenador personal se los habían llevado los compañeros de la policía. Por ese motivo, el despacho de Ildefonso estaba vacío.
—Señora Collgros, necesitamos saber cuál es la carpeta azul —preguntó Álex.
Ella lo miró con perplejidad.
—Tenemos un problema con esto. Llevo desde ayer dándole vueltas, porque el problema, señor Cortés, es que en nuestro despacho todas las carpetas son de color azul.
—Pero tiene que ser alguna de ellas, ¿no cree?
—Si lo es, estará en una caja que se llevó la policía ayer. Seguro.
En la mente de Álex se empezó a formular una pregunta: ¿cuál sería esa carpeta azul? Tenía ganas de llegar a la comisaría y empezar a revisar todas las cajas para encontrarla.
—¿Han informado ya a los clientes? —preguntó Karla.
—Deberíamos informar de su muerte, pero aún no lo hemos hecho.
Fue entonces que Karla vio algo en los ojos de la directora. Algo que solo, cuando una mujer mira a otra, sabe entrever, sabe interpretar y sabe descifrar.
—Creo que hay algo que no nos ha contado.
La mujer intentó enmascarar todo tipo de expresión.
—Les he dicho todo lo que sé.
—Todo lo que quiere decirnos, mejor dicho —insistió Karla.
—Todo lo que puedo decirles, créanme.
Karla, sin dejar de observarla, negó con la cabeza.
—¿A qué le teme? Porque su preocupación no es tanto por Ildefonso o por su familia. No. Su preocupación está relacionada con sus clientes, ¿verdad? —insistió.
Karla no lo acababa de entender. La directora no quiso seguir por esa dirección. Indicó que tenía prisa y que se tenía que despedir.
Álex, a pesar de que ella se levantó, él no lo hizo.
—Hay otro tema que nos preocupa. Ha habido otras dos muertes que parecen de la misma naturaleza y que tienen muchos rasgos similares, las de Damià Roca Vilardell y Berta Soler Aragonés. ¿Cree que hay alguna relación?
María Collgros se abrochó la americana. Se notó que la pregunta no era nueva y que no le gustó.
—No, es la primera vez que escucho esos nombres. ¿Debería?
—Parece que tienen cierta relación, pero ya lo investigaremos —dijo Álex—. Creo que volveremos a vernos —añadió, y le acercó una tarjeta de visita—. Si recuerda algo, llámenos, por favor.
Ella sonrió.
—Señores policías, les aseguro que, si en esta oficina descubrimos algo, se lo comunicaremos. Tienen nuestra completa colaboración —dijo, y les enseñó la dirección de la puerta—. Si no, no habríamos accedido a que se llevasen todo, ¿no creen?
Los dos policías se despidieron y salieron del despacho de la directora. Siguieron por el pasillo y llegaron al ascensor. Cuando se cerraron las puertas, Karla fue la primera en hablar.
—¿Qué opinas?
Álex se giró hacia ella.
—Esa frase es mía.
—Pues hoy la digo yo primero. Venga, cascarrabias, ¿qué opinas?
Álex gruñó.
—Esta mujer no nos lo ha contado todo. Creo que hay algo que no puede o no quiere decir. Y eso… —dijo con tono enfadado— no es bueno. ¿Y tú?
Karla lo miró a los ojos.
—Me temo que tienes razón —respondió Karla—. Hay algo que le pesa a esa mujer y no es la muerte de Ildefonso.
—¿Eso crees? —preguntó Álex.
—No creo que no le sepa mal, por supuesto. Lo que quiero decir es que a esa mujer hay algo que le pesa mucho más que la muerte de un empleado.
Álex asintió. Las respuestas estarían en su ordenador, en su agenda, en su teléfono móvil, en sus papeles y anotaciones.
Cogieron el coche y regresaron a comisaría. Empezaba una investigación que no tenía ningún parecido a todas las que habían llevado a cabo hasta el momento.