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Álex y Karla se miraron un segundo. No sonrieron, pero se entendieron rápidamente. No era habitual que un juez los llamara, menos aún para enaltecer sus labores policiales.
—Gracias —dijo Karla, acompañado con un ligero movimiento de cabeza.
—Le escuchamos, señoría. ¿En qué podemos ayudarle en esto que le preocupa?
—Bien —respondió el juez Delgado—. Imagino que ustedes leen la prensa, ¿verdad?
La mente de Álex se fue directa a los periódicos que repasaba en la cafetería de delante de la comisaría.
Recordó las últimas portadas, los problemas que estaban aconteciendo en España y las guerras actuales, además de los telediarios en el canal de telenoticias veinticuatro horas de la televisión autonómica, que cada mañana miraba mientras esperaba que el café subiera por la cafetera.
Y pensó que ninguna de esas noticias encajaba en ese momento. ¿A qué se refería el juez?
—¿Han escuchado la noticia del suicidio del señor Ildefonso Lladó?
Los dos policías se miraron por un segundo y se giraron de nuevo.
—¿Se trata del empresario que ayer se tiró desde lo alto de un edificio? —preguntó Karla.
Álex la miró sorprendido.
—Efectivamente, cabo Ramírez. Eso es. Entiendo que está usted al día con las noticias de nuestro país.
Ella asintió, aunque era fruto de una coincidencia.
—¿Qué es lo que le preocupa de ese suicidio?
El hombre se levantó. Se acercó a su ventana, la misma por la que el juez Del Pozo miraba hacía pocos meses.
Álex recordó la noche que se reunió allí con él cuando su mujer desapareció; LoMonaco estaba bebiendo bastante y estaban sentados en las butacas de la derecha, justo antes de entrar.
—¿Y si no fue un suicidio? —preguntó el juez.
—¿A qué se refiere? —preguntó Karla—. Desde una cámara del edificio de enfrente se ve claramente que salta de forma voluntaria. No había nadie más en la azotea. Nadie lo empujó. Fue el mismo señor Lladó quien se arrojó al vacío —puntualizó.
El juez asintió, siempre mirando por la ventana. Desde allí se veía la plaza y la entrada principal de los juzgados.
—Hay cosas que no se pueden explicar —dijo el juez—.
A veces sabes de forma flagrante que un maltratador ha matado a su exmujer, pero no hay pruebas o, por lo menos, la policía no las encontró.
Y tienes las manos atadas. No puedes hacerle nada.
Si tuvieras una mísera prueba, lo enviarías el resto de sus días a prisión.
Y no puedes. Lo más duro es ver la maldad en los ojos de la gente que no puedes incriminar.
Esa carga te acompaña toda la vida. Sobre todo, cuando el mismo al que no pudiste encarcelar regresa a tu estrado a los seis meses con otra víctima.
Ahora sí, con pruebas, pero te planteas que, si lo hubieras enviado antes a la cárcel, esa última víctima seguiría viva.
Álex se levantó y se acercó al juez.
—¿Qué es lo que quiere decirnos?
—Nada, sargento. Son solo elucubraciones de un viejo juez. Lo que quiero decirles es que la experiencia te enseña. No puedes explicarlo, y no pretendo colgarme ninguna medalla, pero a veces sientes que la verdad es diferente de la realidad.
—¿Se refiere al caso de Ildefonso Lladó? —preguntó Karla, que seguía sentada.
El hombre se giró hacia ella.
—Sí —aseguró—. Técnicamente, es un suicidio, pero, ya saben, las coincidencias no existen.
Hace dos semanas se suicidó una mujer con el mismo perfil, Berta Soler Aragonés.
Otra destacada ciudadana de esta ciudad y referente de las finanzas.
Hace tres semanas, Damià Roca Vilardell.
Otra persona de perfil financiero, del Banc Marítim Català.
El juez suspiró y regresó a su sillón. Se sentó y provocó que el asiento crujiera bajo su peso.
Se aflojó la corbata, miró el reloj, se desabrochó la camisa y bebió un sorbo de agua del vaso que tenía encima del escritorio.
—Señores, podrán coincidir conmigo en que las coincidencias no existen. Menos en este caso. ¿No les parece?
Álex se acercó a la mesa.
—¿Qué quiere que hagamos?
—Que investiguen estas muertes en conjunto. ¿Qué ha pasado para que los tres se hayan suicidado? ¿Qué puntos tienen en común? ¿Hay patrones criminales detrás? —preguntó el juez—. Quiero que le den prioridad a esto y que me informen directamente.
Álex suspiró. Se pasó una mano por el pelo, revolviendo todos sus rizos.
—Juez Delgado, no creo que seamos las personas adecuadas. El grupo de delitos financieros está especializado, saben de esto, nosotros desconocemos ese mundo.
—No quiero que lo investiguen ellos. Quiero a los mejores. Esto tiene un marco criminal escondido y no sé cuál es. Ustedes sí que pueden descubrirlo si es que hay algo que descubrir. El grupo de homicidios de la comisaría de Travessera de les Corts es el grupo adecuado.
Se creó un silencio en la sala. Karla y Álex se miraron.
Ellos sabían que se acababan de meter en un problema.
Porque, si accedían, tenían que dejar de lado las investigaciones que tenían en marcha y dar prioridad a esta.
Si, en caso contrario, se negaban, automáticamente, podría obligarlos y tendrían, de por vida, a un enemigo.
Y tener a un juez en contra era una de los peores obstáculos que podía tener un policía en el trabajo.
—Tendrán mi apoyo en todo lo que esté en mi mano. Les firmaré lo que necesiten. Intervenciones de líneas de teléfono, inspecciones, registros, si necesitan a los GEI. Lo que sea.
Álex miró a Karla y suspiró.
—Está bien, señoría. Nos ocuparemos.
El hombre sonrió por primera vez, pero duró solo pocos instantes.
—Bien, necesitamos saber qué ha pasado. Por qué estos perfiles de profesionales de muy alto nivel se están suicidando.
Cabo Ramírez y sargento Cortés, me temo que hay algo que no sabemos y que nos está acechando.
Nosotros, ciudadanos de a pie, no lo sabemos o no lo entendemos.
O las dos cosas a la vez. Y, cuando llegue, me temo que será algo muy gordo y tremendo.
Álex suspiró mientras asentía, aunque había algo que no le cuadraba ni le encajaba.
Arrugó el ceño y se animó a preguntarlo.
—Señoría, tengo una pregunta —dijo Álex.
—Claro, sargento, dígame.
—¿Por qué?
El hombre negó con la cabeza.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué este caso? ¿Por qué es tan importante para usted?
Porque sin duda lo es. Ahora mismo, usted debería estar en el juicio que marca el horario de hoy y, en cambio, está aquí con nosotros.
Podría habernos llamado por la tarde. No, ha sido ahora, a primera hora —preguntó Álex, afinando la mirada y temiendo la respuesta.
El hombre suspiró. Dio un sorbo de agua y miró de nuevo el reloj.
—Me alegro de que me haga esta pregunta.
Esto demuestra que he confiado en las personas correctas —afirmó casi sonriendo—.
Supe desde el primer momento que ustedes se tenían que encargar de esto.
He dejado la agenda y le he dado máxima prioridad porque Ildefonso Lladó era un amigo íntimo.
Y no tengo paz desde ayer por no haber podido ayudarlo. Por eso quiero saber.