2
La Ciudad de la Justicia de Barcelona abría sus puertas muy pronto por la mañana.
Las instalaciones modernas eran el punto de encuentro de la felicidad, de la desesperación y, sobre todo, de la justicia.
Gente que salía riendo y feliz, y otra, enfadada.
Unos entraban como imputados, otros, como testigos.
Unos entraban libres y salían esposados.
Otros entraban escondidos de la lluvia de flashes de los periodistas.
Todos coincidían en un pensamiento: pisar ese lugar era sinónimo de problemas.
También fue así para Álex y Karla, que esa mañana estaban citados. Dejaron el Seat Altea en el parquin subterráneo reservado para la policía y los trabajadores. Subieron y se detuvieron en el atrio de entrada, donde la cafetería a esa hora estaba abarrotada.
Karla lo esperó de pie en una punta de la barra, guardando el sitio, mientras Álex hacía cola para un par de cafés.
Cuando los tuvo, los dejó en la barra, justo delante de la compañera.
Ella sonrió a modo de un «gracias» silencioso. Cogió la taza con las manos, abrazándola con los dedos.
—Maldito frío. Este año apunta que va a hacer un frío de la leche —comentó Karla—. ¿No podíamos haber nacido en California, donde no hace nunca este frío húmedo? ¿No estás harto de que se te cale en los huesos?
Álex la miró mientras daba un primer sorbo.
—Ya estoy acostumbrado —dijo, y miró por la ventana—. Parece que lloverá.
Ella bajó la taza. En sus labios se había quedado una línea muy fina de espuma del café con leche. Álex se lo indicó con un gesto rápido y elegante. Ella se pasó enseguida la lengua.
—Pues solo falta que llueva.
—Hace días que no llueve, la ciudad y nosotros lo necesitamos. Que se lleve la mierda de contaminación que respiramos en estos días. Dicen que está más alta de lo que marca la organización mundial de no sé qué.
—De la salud, Álex… —afirmó Karla—. Lo acaban de decir en la radio y ya te has olvidado.
Él negó con la cabeza.
—Lo que sea, doña perfecta.
—Tienes la memoria de Doris.
Álex dio un sorbo al café y miró en dirección contraria, hacia las escaleras mecánicas. Un grupo de personas, vestidas igual, seguramente, de una misma empresa o de un sindicato, subían al primer piso.
Dejó la taza de café.
—Vete a saber por qué nos ha llamado ahora el juez Delgado.
Ella alargó la mano hasta su rostro. Le cogió un mechón de rizos rebeldes y se lo pasó por detrás de la oreja.
—Me temo que lo sabremos muy pronto, cariño.
—Ya…
Álex hizo una ligera y rápida mueca a Karla y dio otro sorbo, acabándose el brebaje.
Ella hizo lo mismo.
—Me ha venido de fábula este café. Necesitaba algo que me calentara —dijo ella con tono malicioso.
—¿No has tenido bastante esta mañana?
Ella le dio una palmada en el hombro, haciendo sonar la chaqueta de piel.
—Venga, latin lover , vamos o llegaremos tarde —sugirió Karla, y fue caminando hacia la escalera mecánica.
Él sonrió y se quedó un par de segundos mirándole el trasero a la mujer.
Los dos policías subieron al primer piso y esperaron fuera del despacho del juez. Álex caminó hasta la puerta de la sala de al lado. El tablón de horarios marcaba que Delgado debería estar en un juicio, pero no era así, solo estaba el secretario judicial.
Fuera, los imputados o testigos o quienes debían estar dentro miraban el reloj impacientes.
Pocos minutos después de la hora de su cita, los dejaron pasar.
—Juez Delgado —dijo Álex, acercándose con la mano tendida para estrechársela.
El hombre no se levantó. Se quedó sentado detrás de un escritorio cuyo color era imposible de ver debido a todos los papeles que tenía encima.
El juez le estrechó la mano. Primero, a Álex, luego, a Karla. Acto seguido, les indicó que se sentaran.
—Gracias por venir —comenzó él.
—Gracias a usted, señoría.
El hombre se reclinó en el sillón y los miró con detenimiento.
—Cabo Ramírez, sargento Cortés, es un placer conocerlos —dijo el juez.
—Señoría, el placer es nuestro. No entendemos bien por qué nos ha convocado. En teoría, cualquier cosa que tuviera que comunicarnos, debería hacerse a través de nuestros superiores, ¿no? —preguntó Álex.
El hombre no respondió enseguida. Dibujó una mueca, pensando en cómo empezar la conversación.
—Verán, desde que me trasladaron desde Pamplona, he podido comprobar que este juzgado fue gestionado de una forma impoluta por mi predecesor, el señor Bartolomeo del Pozo, de quien ya sabemos de sobra cuáles fueron los sucesos que lo llevaron a encontrarse hoy en día en un…
digamos… exilio —dijo el juez—. He encontrado muchas de sus notas alabando sus actuaciones.
El mayor Aragonés está al tanto de mis intenciones y respalda mi decisión, así que los he llamado a ustedes por algo que me preocupa.