El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 1
2%
El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14)

El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14)

Por Riccardo Braccaioli

© inepub.com

1

Decidió suicidarse.

Acabar con todo después de un suceso que le había cambiado la vida. El más importante que había vivido.

Esa mañana había llegado al trabajo como cada día. Un chófer lo recogió en su casa, lo dejó en el trabajo y, después de varias reuniones y unas llamadas, decidió tomar una medida extrema. Una medida definitiva, irrevocable e irreversible.

Ildefonso Lladó subió hasta la azotea del edificio. El nuevo y flamante edificio de oficinas de la Avenida Diagonal de Barcelona, cerca de las dos torres de CaixaBank y del centro comercial El Corte Inglés. Allí, en la zona más cara y más codiciada.

A Ildefonso lo azotaba el frío viento que bajaba de Collserola, un viento gélido de principios de diciembre que lo hacía temblar. Pero ese era el menor de sus problemas.

Observó durante un buen rato la ciudad. Los coches que cruzaban por la Avenida Diagonal; unos avanzaban hacia la ciudad y otros, en dirección contraria, hacia el sur.

Nadie se imaginaba lo que estaba a punto de suceder. Solo él se había dado cuenta. Él y unos pocos. Cuando la noticia se difundiera, ya sería demasiado tarde. Tarde para reaccionar, tarde para entender, tarde para buscar culpables.

Suspiró. El frío intenso entró en sus pulmones.

La ciudad entera estaba lista para celebrar la Navidad.

Se esperaba con ánimo y con esperanza. Las luces navideñas decoraban las calles.

De los edificios colgaban figuras con forma de abetos y escenas del pesebre.

Todo estaba preparado. Sin embargo, el regalo que muchas familias de Barcelona, y de España, se encontrarían bajo el árbol no les gustaría para nada.

Arrasaría con la felicidad y con el gozo de esas fechas tan señaladas.

Solo tenía que dar un paso hacia adelante y todo acabaría.

Pero se dio la vuelta y miró hacia el otro lado de la ciudad. La mañana nublada teñía el mar con un oscuro gris azulado, casi violáceo. Un avión estaba a punto de aterrizar en el aeropuerto del Prat.

Se preguntó de dónde venía y dónde iría después.

Con todos los aviones que había cogido en su vida, y ahora, en ese momento, se encontraba en un callejón sin salida.

Miró por última vez el mar y los edificios que dibujaban la silueta de la ciudad.

Los repasó uno por uno; en cada rincón de Barcelona, afloró un instante de su vida.

Sacudió la cabeza y se secó unas lágrimas.

Se dio la vuelta. Caminó hasta la otra parte de la azotea, determinado a tirarse.

Eran pocas decenas de pasos hasta la otra fachada. Si se hubiera detenido a pensar, a sentir, habría cambiado de idea. Y no quería volver a pensarlo.

Faltaban diez pasos.

Siguió.

Cinco.

Cuatro.

Suspiró.

Lloró aún más intensamente.

Tres, dos.

Faltaba un paso para que todo terminara.

Cerró los ojos.

Decidido, siguió hacia delante, hacia su decisión.

Cuando sintió que el pie no encontraba más superficie, entendió que ya no había vuelta atrás.

El cuerpo se precipitó y cogió velocidad, cada vez más y más rápido.

Abrió los ojos y la vida le pasó por delante. Un carrusel que fue acelerando hasta convertirse en una lluvia de recuerdos que se paró en el verano anterior, en Ibiza, con la familia en una cala, en el barco alquilado.

El impacto contra el suelo los apartó, dejando el protagonismo a la oscuridad.

El negro lo invadió todo.

La noche de la vida apareció de golpe, dejando sin recuerdos la cabeza aplastada contra la acera.

Las flores dibujadas en las baldosas se llenaron de sangre.

Los transeúntes empezaron a gritar y a alejarse del lugar del salto.

Algunos cogieron sus móviles y llamaron a urgencias y a la policía.

Otros empezaron a grabar el estropicio que tenían delante.

Después del salto que arrasó con la vida de Ildefonso Lladó, una pregunta resonó en las mentes de las personas que miraban el cadáver aplastado: ¿por qué se suicidaría un hombre rico, con una buena posición social y con una espléndida familia?