El Tiburón de Barcelona (Inspector Álex Cortés 14) 4
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Álex y Karla recorrieron los cuatro kilómetros de distancia desde la Ciutat de la Justícia con la Avenida Diagonal.

Sobre sus cabezas, el logo de La Caixa giraba despacio en el edificio redondo y oscuro.

Dejaron atrás los edificios del banco y llegaron al rascacielos de al lado. Se detuvieron justo delante. El día anterior, todos los focos de los canales de noticias estaban apostados en la acera que tenían enfrente. Allí, justo donde estaban ellos, el hombre se había arrojado al vacío.

La zona seguía acordonada.

—¿Qué es lo que hace que alguien se tire desde esta altura? —preguntó Álex.

—La desesperación, Álex —respondió Karla—. La sensación de no tener nada bueno en el futuro, solo…

—¿Solo?

—Solo problemas insoportables.

—Puede ser. Entremos.

Los dos policías caminaron hasta llegar a la puerta de entrada. Una vez cruzada, preguntaron al recepcionista por los despachos de Aurum VIP Capital. Este les indicó que tenían que coger el ascensor hasta la última planta.

Álex y Karla subieron todo el trayecto solos.

—El juez ha dicho que nos enviarán las copias de las investigaciones de nuestros compañeros, tanto de esta muerte como las de las otras víctimas —recordó Álex.

—Ya, no estarán muy contentos —añadió Karla.

En pocos segundos, llegaron a la planta indicada y salieron al vestíbulo de la misma.

La puerta de las oficinas de la empresa en cuestión estaba abierta y, frente a ella, había un mostrador con una mujer elegante y muy joven con un auricular en la oreja.

Detrás de ella, una pared blanca con el nombre de Aurum VIP Capital en grande, en relieve y con una luz led que la iluminaba y aumentaba su volumen.

Los dos policías se presentaron y enseñaron la placa.

Pidieron hablar con alguien que pudiera ayudarlos a esclarecer los hechos y con algún posible testigo de ese día, además de ver el despacho del señor Ildefonso Lladó.

La mujer realizó una llamada y, al colgar, los acompañó al despacho.

Este seguía precintado por la policía. Quitaron el precinto y entraron.

Ya solos, cerraron la puerta detrás de ellos. El despacho del hombre estaba envuelto en un silencio lúgubre y pesado.

La muerte de Lladó había generado desolación en todas las personas que se habían cruzado con él en el ámbito profesional. El personal no solo mostraba una pena intensa en la mirada, sino que la energía de todo el establecimiento era pesada, casi de plomo.

—Parece un despacho normal —dijo Karla desde la entrada.

Álex, a su lado, seguía analizando la estancia.

En las paredes, colgaban fotos de famosos deportistas de élite con sus autógrafos, algún cantante y otras celebridades.

Álex avanzó. En el escritorio, no había absolutamente nada. Ni un folio. Ni un bolígrafo.

Eso lo extrañó.

Avanzaron un par de pasos.

—¿Qué crees que buscamos? —preguntó Karla—. Porque aquí ya no hay nada.

—Como bien decías, nadie se lanza al vacío por amor al arte. Tiene que haber pasado algo. Tenemos que encontrar ese algo. Todo deja una traza. Todo deja un rastro. Todo deja una estela —afirmó Álex.

Las vistas de detrás del escritorio eran de infarto. Álex intentó mirar abajo. Desde ese punto, con un cristal de por medio, sentía como las piernas le cedían. Se necesitaba mucha motivación o desesperación para lanzarse desde esa altura.

«¿Qué te ha pasado, Ildefonso?», pensó Álex en su fuero interno.

Karla también miró hacia abajo y, cuando iba a decir algo, la puerta del despacho se abrió y apareció la silueta de una mujer. Llevaba el pelo recogido en una coleta y un traje negro de falda con camisa blanca.

—¿Son ustedes los inspectores de policía? —preguntó la señora—. Soy María Collgros, directora de esta sucursal.

Los dos fueron hacia ella y se presentaron. Ella, después de estrecharles la mano, les indicó que la siguieran. Y los dos policías lo hicieron por el laberinto que eran esos despachos.

—Hoy hay pocos efectivos en la oficina. He concedido a los chicos que se quedaran a trabajar en casa o que se tomaran el día libre —indicó sin girarse.

Una vez en su despacho, que era más del doble de grande que el de Ildefonso Lladó, les indicó que se sentaran. Ella también lo hizo. Cruzó las piernas y levantó las manos.

—Ustedes dirán.

Karla y Álex aún estaban mirando el despacho de la mujer. Difería mucho del de la víctima. Este estaba decorado con el mismo modelo de escritorio y silla, pero en las paredes colgaban cuadros pintados, seguramente, de mucho valor.

—Nos gustaría empezar por el principio —dijo Álex—. ¿Qué es Aurum VIP Capital?

Ella se aclaró la voz.

—Aurum VIP Capital es un despacho especializado en inversiones financieras.

Somos la sucursal en Cataluña de nuestra empresa.

Todos somos asesores que gestionamos los fondos de la gente más pudiente de Barcelona.

O, por lo menos, gente que está focalizada en su actividad principal y nosotros nos encargamos de que su patrimonio crezca.

Esa es nuestra función —dijo la señora, subiendo la barbilla con orgullo.

—¿Por ejemplo? —preguntó Karla.

—Por ejemplo, casi la totalidad de la plantilla de los jugadores del F. C. Barcelona es nuestro cliente. Ellos se centran en ganar partidos y nosotros nos encargamos de hacer que su patrimonio genere beneficios.

Álex empezaba a entender qué diablos era ese lugar.

Uno de esos donde el personal entiende los números de las páginas de los periódicos económicos, sabe interpretar gráficos financieros y está todo el rato enchufado al canal veinticuatro horas para ver posibles noticias que puedan alterar las bolsas.

Todo lo que él nunca haría; ellos se dedicaban y gozaban con los análisis de números.

—¿El señor Ildefonso Lladó Maristany a qué se dedicaba exactamente?

—Han podido ver en las paredes de su despacho todas esas personas famosas, eran una parte de su cartera de clientes. Deportistas y celebridades de la música; estaba especializado en ello.

—Y ahora que él ha muerto, ¿quién llevará la cartera del señor Lladó? —preguntó Karla.

La directora miró fijamente a la policía. Esa pregunta aún no se había contemplado o la incomodó en gran medida.

—No lo sabemos. Eso es una decisión interna que aún no está tomada.

—La pregunta de mi compañera es muy pertinente —dijo Álex, indicando a Karla.

—Sí —respondió Karla—. ¿Podría estar involucrado en el suceso alguien interesado en heredar esa cartera?

Ella arrugó el ceño. Descruzó las piernas y las volvió a cruzar hacia el lado opuesto.

—No lo creo —respondió, categórica.

—¿Por qué lo dice tan segura? —preguntó Karla.

—Por dos razones. La primera: en un caso así, el protocolo es designar un par de perfiles adecuados para cada cliente. Y luego, el cliente es quien decide.

—¿Y también puede decir que no, que quiere seguir con otro despacho?

Ella suspiró y se lo pensó un segundo.

—No suele pasar, pero el cliente puede en todo momento mover su dinero a otro lugar.

—¿Y la segunda razón? —preguntó Karla.

La directora se giró hacia la policía y la miró perpleja.

—Por la carta.

—¿La carta?, ¿qué carta?

La directora se extrañó. Se reacomodó en la silla y contestó.

—Antes de suicidarse, Ildefonso dejó una carta, bueno, mejor dicho, una carta para el despacho y una para la familia —afirmó—. Por sus caras, parece que es la primera vez que saben de su existencia.

Y les pasó su móvil con una foto de dicha carta.