CAPÍTULO 30
Uno de los seis
Nuria había separado las copias de Alicante recuperadas del maletín de Andrés para comprobarlas con el último registro enviado por Marta. Entre aquellos documentos apareció una hoja que hasta entonces habíamos considerado correspondencia administrativa sin identificar.
La referencia escrita en el reverso coincidía con un asiento de correspondencia reservada de septiembre de 2014 que Marta acababa de localizar en el archivo del antiguo centro de servicios.
Era una fotocopia de una carta manuscrita, doblada antes de reproducirse.
El margen derecho había quedado parcialmente cortado y algunas palabras resultaban difíciles de distinguir.
La hoja no llevaba nombre de destinatario y, hasta recuperar aquella referencia, carecíamos de información sobre su procedencia.
La firma, sin embargo, podía leerse.
Irene.
Nuria me la mostró junto con la relación de documentos donde había aparecido.
—Estaba entre las copias del encargo de septiembre de 2014. La referencia coincide con la que Marta encontró en el registro del centro administrativo.
Me acerqué a la mesa.
—¿Habéis comprobado la letra?
—Tenemos muestras originales de Irene en el expediente de Alicante. Hay semejanzas, pero una fotocopia no permite el mismo examen que un manuscrito original. Ya hemos solicitado el cotejo correspondiente.
Cogí la reproducción.
La carta comenzaba sin saludo y carecía de destinatario. En las primeras líneas, Irene reprochaba a alguien que hubiera cambiado de actitud después de un encuentro privado.
Continué leyendo.
«No quiero que vuelvas a besarme cuando estamos solos y a saludarme como a una desconocida delante de los demás. Me dijiste que podríamos mantener las cosas separadas, pero cada vez me resulta más difícil».
Me detuve.
Había leído cientos de páginas relacionadas con Irene Valdés. Declaraciones, contratos, informes, anotaciones telefónicas y documentos recuperados durante años de investigación.
Nunca había encontrado una referencia tan explícita a una relación sentimental que ella quisiera mantener oculta.
La carta continuaba:
«El jueves tendremos que sentarnos otra vez con ellos. Sé que esperas que todo siga igual, pero necesito hablar contigo después. No pienso continuar fingiendo que entre nosotros solo existe lo que los demás conocen».
Al final había una despedida breve y aquella firma.
—¿Sabemos cuándo la escribió? —pregunté.
—La carta no tiene fecha completa. Pero Marta ha localizado algo que puede ayudarnos a establecer cuándo estaba ya archivada.
Nuria me enseñó el reverso de la fotocopia.
Aparecía un número de expediente y la indicación «Correspondencia privada. Entrega reservada».
—El centro administrativo conservaba un registro de las copias que digitalizaba por encargo de sus clientes —explicó—. Marta ha encontrado un asiento de septiembre de 2014 con esta misma referencia.
—¿Incluye el contenido?
—Conservan una imagen de consulta, aunque de calidad reducida. Marta está comprobando si corresponde a esta carta. Si el cotejo resulta positivo, sabremos que el documento ya figuraba en aquel archivo en 2014.
Volví a mirar la firma.
—Eso tampoco demostraría que la escribió Irene.
—No. Para eso necesitamos examinar la escritura y establecer la procedencia del original. Por ahora tenemos una copia atribuida a ella y una referencia documental que podemos contrastar.
—¿Andrés intervino en la entrega?
—Sabemos que conservaba esta fotocopia. No hemos encontrado ninguna prueba de que fuera el destinatario ni de que conociera su contenido. Tampoco sabemos por qué terminó entre los documentos de su antiguo encargo.
Dejé la hoja junto al acta de septiembre.
—Quiero hablar con Marta antes de interpretar nada más.
Marta atendió desde Alicante. Había pasado la mañana contrastando la documentación recuperada del antiguo centro administrativo con los archivos que la empresa conservaba desde 2014.
—He examinado la copia que encontró Nuria —me explicó—. Y tengo tres registros que debemos estudiar juntos.
Compartió el primero.
Era una relación de digitalizaciones realizadas en septiembre de 2014. Entre los asientos figuraba una correspondencia privada identificada mediante el mismo número que aparecía en el reverso de nuestra fotocopia.
Marta abrió una imagen asociada al registro.
Reconocí la distribución de los párrafos y algunas palabras del comienzo. La resolución era limitada, pero podía distinguir una frase que acababa de leer en la copia de Andrés: «cuando estamos solos».
—¿Es la misma carta? —pregunté.
—El contenido visible coincide. Hemos comprobado también la referencia y la disposición del texto. Eso permite sostener que una copia de esta carta ya estaba incorporada al archivo del centro en septiembre de 2014.
—Pero seguimos sin tener el original.
—Sí. Y sin un examen concluyente de la escritura. Podemos acreditar mejor la antigüedad y la procedencia documental de la copia, no todavía su autoría.
Marta pasó al segundo registro.
Correspondía a la reserva de una sala para una reunión celebrada antes de la muerte de Irene. Figuraban siete asistentes, identificados por sus nombres.
Irene Valdés aparecía entre ellos.
Los otros seis eran las personas cuyas relaciones con aquella noche llevábamos años investigando.
Habíamos examinado sus intereses económicos, movimientos y declaraciones. Ahora teníamos un documento que acreditaba su participación en una reunión común durante aquellas semanas.
—Es el mismo grupo —dije.
—Sí. Y la reunión fue un jueves.
Volví a leer la carta.
Irene había escrito que tendrían que sentarse otra vez con otras personas un jueves. La coincidencia de día y participantes resultaba relevante, aunque no bastaba para demostrar que se refiriera precisamente a esa reunión.
—¿Hay alguna otra conexión? —pregunté.
—El tercer registro es el que más me interesa.
Apareció una relación de utilización de salas privadas durante las semanas anteriores.
Irene figuraba en dos reservas realizadas fuera del horario habitual de atención. En ambas, el personal había anotado su llegada junto con la de otra persona, identificada mediante una autorización interna.
—¿Tenemos su nombre?
—No. Pero he comprobado de dónde procedía esa autorización.
Marta me mostró una segunda hoja del mismo expediente administrativo.
El código correspondía a una cuenta de cliente compartida por las seis personas relacionadas con la reunión anterior. La empresa había expedido autorizaciones individuales para ellas, pero el registro de utilización de salas conservaba únicamente la referencia general del grupo.
—¿Podemos saber cuál de las seis tarjetas se utilizó?
—Todavía no. El archivo que hemos recuperado no conserva esa parte del identificador.
Examiné las dos fechas.
—¿Y podemos asegurar que la persona que acompañó a Irene era titular de una de esas autorizaciones?
—Podemos acreditar que se identificó utilizando una autorización de ese grupo. El centro no comprobaba siempre la identidad de quien la presentaba, así que debemos contemplar que alguien pudiera utilizar una acreditación ajena.
—Pero ambas reuniones están registradas con la misma referencia.
—Sí. Y corresponden a encuentros privados en los que consta Irene junto a otra persona. Eso es independiente de la carta.
Marta regresó al registro de correspondencia.
—Además, la carta quedó archivada dentro de la misma cuenta de cliente utilizada para gestionar aquellas reservas.
—¿Sabemos si llegó a entregarse?
—No. El registro acredita su incorporación al archivo, pero no identifica a quien pudo recibirla.
Volví a examinar los tres documentos.
Una copia de la carta existía ya en 2014. Irene había coincidido en una reunión con las seis personas conocidas. Y, durante aquellas mismas semanas, alguien había acudido con ella a encuentros privados utilizando una autorización perteneciente a ese grupo.
La documentación apuntaba hacia una de aquellas seis personas, aunque todavía no permitía excluir por completo que otra hubiera utilizado sus credenciales.
Marta permaneció callada mientras yo volvía a leer las primeras líneas.
—La carta habla de una relación sentimental que Irene mantenía oculta ante otras personas —comenté—. Y ahora sabemos que existían encuentros privados con alguien vinculado a ese mismo grupo.
—Tenemos dos indicios que se refuerzan —respondió Marta—. Por un lado, una carta cuya existencia en 2014 podemos documentar, aunque todavía debamos confirmar su autoría. Por otro, registros de encuentros privados independientes de esa correspondencia.
—La hipótesis principal es que mantenía esa relación con una de las seis personas.
—Es la interpretación mejor respaldada por lo que tenemos ahora. Pero todavía necesitamos comprobar quién utilizaba las autorizaciones y si la carta fue escrita realmente por Irene.
Volví a mirar la relación de asistentes.
—Llevamos años investigando qué podían ganar aquellas personas con determinadas decisiones. Nunca nos planteamos que una de ellas pudiera tener un vínculo íntimo con Irene.
—Eso modifica las preguntas que debemos hacerles —respondió Marta—. Pero no podemos decidir quién era su pareja por la forma en que se comportó después de su muerte.
Me conocía lo suficiente para anticipar dónde iba a mirar después.
—No voy a hacerlo —respondí.
—Mejor. Porque hay algo que me preocupa.
—Dime.
—Llevamos años revisando los posibles motivos económicos de aquellas personas. Si ahora empezamos a buscar cuál pudo tener una relación con Irene, será fácil reinterpretar cualquier conversación antigua como una prueba de intimidad.
Tenía razón.
Las declaraciones de 2014 habían sido examinadas para reconstruir horarios, intereses y contradicciones. Una llamada que entonces parecía profesional podía adquirir otro significado, pero no por eso dejaba de necesitar una comprobación independiente.
—¿Qué propones? —pregunté.
—Primero, terminar el cotejo de la escritura. Después, identificar la procedencia de la copia y recuperar los registros originales de las reservas privadas. Si conseguimos atribuir el código, tendremos una persona concreta a la que preguntar.