CAPÍTULO 29
El nombre de Saúl
Aitana había pedido que su madre estuviera presente cuando pudiéramos explicarles quién llevaba nueve años enterrado bajo el nombre de Andrés Mena. Por eso, cuando Clara Sampedro confirmó que el informe definitivo estaba firmado, lo primero que hice fue organizar aquella conversación.
La segunda extracción genética había reproducido los resultados iniciales.
El laboratorio había completado también las comparaciones con las referencias familiares disponibles, incluida una muestra facilitada posteriormente por Lucas, y verificado la correspondencia entre los restos examinados y el enterramiento de 2017.
La identificación médico-forense quedaba establecida.
Los restos pertenecían a Saúl Ibáñez.
—¿Se lo habéis comunicado ya a su familia? —pregunté a Clara.
—Les hemos informado de que la identificación está concluida. La explicación completa la haremos personalmente, como acordamos.
—¿Queda alguna comprobación pendiente?
—Las actuaciones de identificación, no. Otra cosa son los trámites judiciales, registrales y funerarios que tendrán que realizarse a partir de ahora.
Pilar, que había asistido a la reunión, me entregó una copia de las conclusiones.
—También habrá que revisar las actuaciones que permitieron inscribir la defunción de Andrés —añadió—. No basta con corregir un nombre en nuestros informes.
Lo sabía. La investigación había demostrado que determinados objetos utilizados para atribuir los restos a Andrés se incorporaron después del incendio y que Verónica había presentado información incorrecta sobre su procedencia.
El homicidio de 2026 estaba esclarecido, pero las responsabilidades derivadas de aquellos hechos continuarían investigándose y tendrían su propio recorrido judicial.
Dejé el informe sobre la mesa y llamé a Aitana.
Llegaron poco después de las once.
Silvia llevaba la misma carpeta que había traído durante nuestra conversación anterior. Aitana caminaba a su lado y fue ella quien me preguntó si podían sentarse juntas.
Habíamos preparado una sala reservada, lejos del movimiento habitual de la comisaría.
—Ya sabemos quién estaba enterrado bajo el nombre de su padre —les expliqué.
Aitana miró a Silvia antes de volver hacia mí.
—¿Es el hermano de Lucas?
—Sí. La identificación forense ha concluido que los restos pertenecen a Saúl Ibáñez.
Silvia abrió la carpeta y buscó entre los documentos del entierro.
—Entonces durante nueve años hemos tenido una tumba con un nombre equivocado.
—Los trámites para corregir esa situación se están iniciando. Les explicaremos cómo les afecta y qué documentación se modificará.
Aitana permaneció callada mientras su madre colocaba las hojas sobre la mesa.
—Quiero saber qué ocurrió con Andrés —dijo finalmente—. Todo. Lo que hayan podido averiguar.
Le expliqué que habíamos identificado a la persona responsable de su muerte y que existían pruebas materiales, registros y una declaración que permitían reconstruir el enfrentamiento ocurrido en Santa Engracia.
También le indiqué que continuaban las actuaciones judiciales y que algunos detalles no podían comunicarse todavía.
—¿Fue aquella mujer que trabajaba con él?
—Verónica Sanz está detenida por su participación en los hechos. La investigación ha reunido pruebas que la relacionan directamente con la muerte de su padre.
Aitana apoyó las manos sobre la mesa.
—Mi madre la conocía.
Silvia levantó la vista de los documentos.
—Vino al entierro. Nos ayudó con algunos trámites. Después dejamos de tener relación.
—¿Sabe si sospechaba que Andrés seguía vivo? —preguntó su hija.
Silvia tardó en responder.
—Nunca me dijo nada parecido.
Le expliqué que habíamos encontrado información falsa en documentación presentada después del incendio, además de comunicaciones recientes entre Andrés y Verónica.
Aitana se volvió hacia mí.
—¿Y mi padre? ¿Desde cuándo sabía que el hombre enterrado podía ser Saúl?
—Conservamos escritos en los que reconoce haber permitido que continuara una identificación que sabía equivocada. También estaba preparando documentación para explicar lo ocurrido.
—Nueve años después.
—Sí.
Se quedó mirando la carpeta de su madre.
—¿Por qué ahora?
—Había contactado con Lucas, había solicitado asesoramiento y quería hablar conmigo. Estaba preparando su regreso, aunque seguimos sin saber qué lo llevó a tomar esa decisión precisamente entonces.
—Y me llamó a mí —añadió Aitana.
Silvia volvió la cabeza hacia su hija.
—Habíamos quedado para vernos el jueves siguiente —continuó—. Me dijo que antes necesitaba resolver algunas cosas. Supongo que nunca sabré qué pensaba contarme.
—Los mensajes que nos facilitó demuestran que quería reunirse con usted —respondí—. Pero no sabemos qué explicación tenía preparada ni por qué esperó nueve años para ponerse en contacto.
Silvia cerró despacio las gomas de la carpeta.
—Andrés siempre decía que necesitaba un poco más de tiempo para resolver sus problemas.
Aitana la miró.
—También dijo que volvería para mi cumpleaños.
Su madre dejó de mover las manos.
—Me acuerdo.
—Y después no volvió.
No intenté intervenir. Habíamos dedicado semanas a reconstruir las decisiones de Andrés, pero ninguna explicación documental podía resolver lo que su hija acababa de decir.
Aitana me preguntó por las fotografías familiares que habíamos localizado entre sus pertenencias.
—¿Las conservaba de antes?
—Algunas correspondían a años anteriores al incendio. Seguimos comprobando la procedencia de otras.
—¿Hay pruebas de que intentara buscarnos antes de aquella llamada?
—Sabemos que conservaba fotografías y cierta información familiar, pero desconocemos cuándo consiguió parte de ese material. No tenemos constancia de que intentara ponerse en contacto con ustedes durante los años anteriores ni de que las vigilara.
Aitana observó durante unos segundos los documentos que su madre tenía sobre la mesa.
—Vivíamos en la misma ciudad. Podría haberme llamado mucho antes.
Silvia le puso una mano sobre el brazo.
—Aitana, eso ya no podemos cambiarlo.
—Ya lo sé.
La respuesta salió con más fuerza de la que había utilizado hasta entonces.
—Pero quiero saber qué hizo. Me pasé nueve años pensando que no había podido volver, y ahora resulta que decidió no hacerlo.
Silvia retiró la mano, aunque permaneció cerca de ella.
—Yo también quiero saberlo.
Les expliqué qué documentación personal conservábamos de Andrés y cómo podrían solicitar el acceso o la entrega de aquello que correspondiera cuando finalizaran las actuaciones necesarias.
Aitana pidió que la avisáramos antes de facilitarles cualquier escrito dirigido a la familia.
—Quiero decidir cuándo leerlo —dijo—. Y prefiero hacerlo con mi madre.
Silvia asintió.
Antes de marcharse me hizo una última pregunta.
—¿Qué va a pasar con la tumba?
—Se está tramitando la corrección de la identificación y las actuaciones necesarias respecto a los restos. Se tendrá en cuenta a la familia de Saúl y les informaremos de lo que afecte al enterramiento que ustedes contrataron.
Silvia miró la carpeta que tenía sobre las rodillas.
—Me gustaría que ese muchacho pudiera descansar con su nombre.
Aitana se levantó para ayudarla a recoger los documentos.
Cuando llegaron a la puerta, Silvia se volvió.
—Inspector, si hay algo que Andrés escribió para nosotras, quiero que lo conserven bien.
—Así se hará.
Salieron juntas. Aitana llevaba la carpeta azul que había utilizado desde el primer día para guardar los documentos de un entierro que ahora tendría que dejar de considerar el de su padre.
Marta Seguí había terminado de contrastar la documentación recuperada de Alicante cuando conseguí hablar con ella aquella tarde.
Me llamó desde el antiguo centro de servicios administrativos donde se había realizado la entrega de septiembre de 2014. La empresa original llevaba años cerrada, pero parte de sus archivos había pasado a la sociedad que adquirió el negocio.
—He conseguido que localicen un anexo del registro interno de aquella operación —me explicó Marta—. Hasta ahora teníamos la factura, el acta y la descripción de las dos carpetas. Este documento contiene las instrucciones que recibió el centro administrativo antes de preparar la entrega.
—¿Qué instrucciones?
—Hay un apartado dedicado a los antecedentes que debían incorporarse al expediente alternativo. No aparecen los nombres, pero sí los tipos de documentos solicitados y las fechas que tenían que reflejar.
—¿Fechas anteriores a septiembre de 2014?
—Bastante anteriores. Por eso quería comprobar el original antes de llamarte. El encargo no consistía únicamente en preparar documentación para una identidad distinta. Incluía la elaboración de antecedentes que debían hacerla parecer utilizada desde tiempo atrás.
Abrí la copia digitalizada que teníamos desde semanas atrás.
El acta conservaba dos firmas, una de ellas atribuida a Andrés Mena, y describía la recepción de un sobre cerrado. La primera página seguía sin aparecer en nuestro archivo.
—¿Han encontrado los nombres?
—Todavía no. Pero hemos podido distinguir las dos partes del encargo y comprobar qué pretendían hacer con la segunda.
Marta me explicó que la primera carpeta contenía documentación administrativa correspondiente a una identidad ya utilizada. La segunda estaba identificada como expediente alternativo, algo que conocíamos desde nuestras primeras comprobaciones.
Lo nuevo aparecía en el anexo.
El documento enumeraba tres clases de antecedentes que debían prepararse para esa identidad: una dirección de residencia, referencias de actividad profesional y correspondencia administrativa. Junto a ellos figuraban fechas anteriores al propio encargo.
—¿Querían que pareciera que esa persona ya utilizaba el segundo nombre antes de septiembre de 2014? —pregunté.
—Eso indican las instrucciones. No se trataba solo de preparar un documento de identidad. Querían construir un historial que permitiera presentar aquella segunda identidad como algo anterior a la entrega.
Examiné las fechas.
—¿Sabemos si llegaron a preparar todos esos antecedentes?