El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 28 #3
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CAPÍTULO 28 #3

—Mi clienta no está en condiciones de reconstruir cada segundo de lo ocurrido.

Verónica permaneció callada.

—¿Llamó a emergencias? —pregunté.

—No.

—¿Por qué?

Verónica tardó en responder.

—Porque sabía lo que iban a encontrar si empezaban a investigar.

Isabel le pidió que no continuara sobre las posibles responsabilidades de 2017 sin haber examinado toda la documentación.

Verónica aceptó.

Antes de dar por terminada la declaración, le pregunté por el estado del despacho.

—¿Por qué estaban desplazadas las carpetas del archivador?

—Después del golpe volví a abrir los cajones para buscar otras copias. Pensé que Andrés podía tener más documentos de los que me había enseñado.

—¿Y los documentos ordenados sobre la mesa?

—Ya estaban así cuando llegué. No los toqué.

Su explicación resultaba compatible con las fotografías originales.

Reconoció también que había introducido la caja metálica y parte de los documentos en el maletín antes de salir por la escalera de servicio.

Después había utilizado el vehículo contratado para llegar a Atocha, como reflejaban los registros.

—Me lo llevé a Zaragoza —dijo—. Cuando regresé, revisé los documentos y separé algunas copias. Después limpié la caja y guardé el maletín en casa.

—¿Por qué no se deshizo de él?

Verónica observó a su abogada antes de responder.

—Porque había cámaras en la estación. Sabía que podían haberme grabado llevándolo. No quería que después encontraran el maletín abandonado y pudieran relacionarlo conmigo.

—Pero lo conservó en su domicilio.

—Pensé que nadie tendría motivos para registrar mi casa. Necesitaba comprobar qué documentos había recuperado Andrés y cuáles podían demostrar lo que él mismo había hecho en 2017. Cuando ustedes empezaron a investigar mis movimientos, ya no sabía cómo deshacerme de aquello sin llamar la atención.

Isabel Ferrer intervino para recordarle que no estaba obligada a continuar respondiendo. Verónica dejó de hablar.

Isabel solicitó que se diera por concluida la declaración.

Acepté.

Cuando salimos, Molina me acompañó hasta el pasillo.

—Dice que fue un accidente.

—Eso tendrá que valorarse junto con las pruebas.

—Reconoce el golpe, el maletín y la tarjeta —comentó Molina.

—Y tenemos pruebas que la relacionan con esos elementos, aunque algunas partes de su declaración todavía deberán contrastarse.

Molina se detuvo junto a la puerta.

—¿Crees que cuenta toda la verdad?

—Reconoce que golpeó a Andrés, pero intenta presentar el enfrentamiento como una reacción defensiva. No sabemos si fue exactamente como lo describe.

—La caja tiene sangre de Andrés.

—Y sus características son compatibles con la lesión. Eso respalda la utilización de ese objeto, pero no demuestra por sí solo cómo comenzó el forcejeo.

Molina consultó las notas de la declaración.

—Por lo menos sabemos que no salió de allí con las manos vacías.

—Los documentos recuperados y las imágenes de Atocha respaldan que se llevó material de Andrés. Seguiremos comprobando los detalles, pero ya tenemos pruebas independientes suficientes para sostener su vinculación con el homicidio.

—¿Crees que pensaba matarlo cuando fue allí? —preguntó Molina.

—No tenemos pruebas suficientes para afirmarlo. Sí podemos sostener que lo golpeó durante el enfrentamiento y que después retiró objetos y documentación sin pedir ayuda.

Molina caminó conmigo hasta el despacho.

—Andrés estuvo nueve años escondiéndose de lo que había hecho. Cuando decidió contarlo, alguien que también podía resultar perjudicada intentó impedirlo.

Me senté para revisar las actuaciones que debíamos elevar a la autoridad judicial.

—Y hay dos familias que seguirán viviendo con las consecuencias, aunque sepamos quién lo mató.

Molina dejó sobre mi mesa las referencias de los efectos recuperados.

—¿Avisamos a Aitana?

—Sí. Tenemos que organizar la comunicación con ella. También informar a Lucas y a su abogada de los avances que les correspondan.

Recogí la fotografía inicial del despacho ocho.

Andrés había sido encontrado junto a la silla, rodeado de documentos que todavía no sabíamos interpretar. Ahora podíamos reconstruir el enfrentamiento, identificar a quien lo había agredido y explicar qué había ocurrido con buena parte del material desaparecido.

Quedaban actuaciones judiciales y responsabilidades relacionadas con 2017 que no dependían exclusivamente del homicidio.

La investigación sobre la muerte de Andrés, en cambio, disponía de una reconstrucción sustentada en pruebas materiales, testimonios y registros independientes.

Molina recogió su chaqueta.

—¿Te encargas tú de hablar con Aitana?

—Sí.

—Entonces prepararé la comunicación para la familia de Saúl.

Cuando salió, permanecí un momento revisando los nombres que figuraban en las diligencias.

Andrés Mena había conseguido que otra persona fuera enterrada con su identidad. Después había vivido nueve años como Rubén Otero, convencido de que podía mantener separadas ambas vidas.

La mañana en que intentó recuperarlas, Verónica Sanz lo mató.

Guardé la fotografía y cogí el teléfono para organizar la entrevista con su hija.