El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 28 #2
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CAPÍTULO 28 #2

El registro de la tarjeta situaba una apertura por la escalera de servicio a las nueve y cuarenta y siete. Raquel Montes había documentado que aquella autorización se entregó a Verónica en 2019, aunque todavía no disponíamos de una imagen que mostrara quién la utilizó el martes.

Los servicios de transporte la situaban en las inmediaciones de Santa Engracia durante el intervalo investigado. Después había viajado a Atocha con un maletín marrón, según las imágenes de la estación.

En su domicilio habíamos encontrado un maletín con documentos de Andrés y una caja metálica que conservaba su sangre.

Las características de una de sus esquinas eran compatibles con la lesión craneal.

Además, una hoja intervenida anteriormente en el despacho profesional de Verónica presentaba sangre de la víctima.

Ninguna de aquellas pruebas mostraba el momento del golpe ni permitía reconstruir cada movimiento dentro del despacho ocho.

Sin embargo, su conjunto relacionaba a Verónica con el acceso, con objetos que Andrés había utilizado aquella mañana y con material manchado de sangre que había desaparecido de la escena.

A ello se sumaban los correos recientes, las contradicciones de sus declaraciones y las irregularidades de 2017 que Andrés pretendía revelar.

Solicitamos las actuaciones correspondientes y la detención de Verónica.

La encontramos en su despacho profesional, acompañada de Isabel Ferrer.

Le informamos de los hechos por los que quedaba detenida y de sus derechos. Isabel solicitó examinar las referencias principales antes de decidir si su clienta prestaría declaración.

Verónica escuchó sin interrumpir.

Cuando mencioné el maletín, miró hacia su abogada.

—Lo encontraron en mi casa —dijo.

—Sí.

—Era de Andrés.

Isabel apoyó una mano sobre la mesa.

—Verónica, no tienes obligación de responder ahora.

Ella permaneció unos segundos mirando la carpeta que tenía delante.

—Quiero hablar contigo primero —le dijo.

Les facilitamos la entrevista reservada que correspondía y continuamos con las diligencias.

Más tarde, Verónica aceptó prestar declaración en presencia de Isabel, después de recibir nuevamente la información sobre sus derechos.

Al principio reconoció únicamente que había acudido a Santa Engracia.

—Quería hablar con Andrés sobre los documentos —explicó—. Me había escrito aquel correo y pensé que todavía podíamos resolver las cosas sin convertirlas en un escándalo.

—¿Por qué no entró por recepción? —pregunté.

—Conservaba la tarjeta de cuando trabajaba en el edificio. Sabía que funcionaba porque la había utilizado el lunes.

—¿Fue entonces cuando comprobó que Andrés estaba allí?

—Sabía que había reservado un despacho. Fui a ver si podíamos hablar, pero no llegué a encontrarme con él. El martes regresé.

—¿Cuándo supo con seguridad que era Andrés quien utilizaba la identidad de Rubén Otero?

Verónica miró brevemente a Isabel.

—Cuando entré en el despacho el martes. Hasta entonces tenía el correo y sabía que alguien estaba utilizando ese nombre, pero no había hablado personalmente con él.

—¿Y qué ocurrió cuando lo vio?

—Le pregunté por qué había hecho aquello. Me dijo que llevaba años viviendo con otro nombre y que había decidido contarlo todo.

—¿Le había explicado antes cómo consiguió desaparecer en 2017?

—No. Sabía que quería apartarse de la empresa, pero jamás me dijo que pensara hacerse pasar por muerto.

Molina permaneció junto a la mesa, tomando notas.

Su versión distinguía tres momentos: lo que afirmaba haber sabido antes del incendio, las sospechas surgidas tras recibir el correo y el encuentro en Santa Engracia.

Las comunicaciones y los desplazamientos permitían comprobar parte de aquella secuencia, aunque no demostraban que desconociera el engaño antes del domingo.

—¿Qué ocurrió cuando entró en el despacho ocho? —pregunté.

Verónica se volvió hacia Isabel.

Su abogada le recordó que podía dejar de contestar. Ella pidió continuar.

—Andrés tenía unos documentos preparados. Me dijo que iba a reconocerlo todo y que había intentado hablar con usted.

No respondí.

—Le expliqué que aquello afectaba a más personas. Que no podía aparecer después de nueve años y decidir que todos tendríamos que asumir las consecuencias de lo que había hecho.

—¿Y él?

—Decía que ya había causado suficiente daño. Que quería contar lo ocurrido con el hombre del incendio y devolver lo que pudiera.

Verónica apartó una hoja que había quedado junto a su mano.

—Le pedí que me entregara los originales. Quería revisarlos antes de que los utilizara.

—¿Accedió?

—No. Discutimos.

Durante unos segundos observó el borde de la mesa.

—Intenté sacar una carpeta del cajón superior del archivador. Andrés me agarró del brazo y forcejeamos. Había una caja metálica entre los documentos.

—¿La misma que encontramos en su domicilio?

Verónica miró a Isabel, que no contestó por ella.

—Sí.

—¿Qué hizo con ella?

Guardó silencio.

—Verónica —intervino su abogada—, puedes dejar la declaración aquí.

Ella negó lentamente.

—La saqué del cajón con la mano que tenía libre. Él seguía sujetándome.

Volvió a mirar la mesa.

—Le golpeé con ella. Pensé que iba a apartarse.

—¿Dónde le golpeó?

—En la cabeza.

Verónica dejó de hablar. Le pregunté qué había ocurrido inmediatamente después del golpe, pero miró a su abogada antes de contestar.

—Cayó junto a la silla. Vi que sangraba.

—¿Intentó ayudarlo?

—Me acerqué, pero...

Isabel Ferrer intervino.