CAPÍTULO 28
La segunda muerte
La sangre de Andrés Mena estaba en la primera página de «Relación de entregas. 2017», intervenida en el despacho profesional de Verónica.
Pilar me mostró los resultados del examen del documento. La hoja llevaba la numeración «Página 1 de 6» y su contenido coincidía con la primera página del archivo recuperado del ordenador de Andrés.
Las características del papel y de la impresión eran compatibles con el trabajo enviado desde Santa Engracia la mañana del asesinato. Sin embargo, el examen no permitía individualizar aquella hoja como una de las que Andrés había recogido en recepción.
La mancha se encontraba en un pliegue interior. Su análisis había confirmado que contenía sangre de Andrés.
—El perfil genético coincide con el de la víctima —explicó Pilar—. Hemos confirmado el resultado mediante una segunda extracción.
Molina examinó la fotografía ampliada.
—¿Pudo mancharse durante el homicidio?
—Es compatible. La sangre penetró en el papel cuando estaba doblado, de manera que alcanzó las dos caras interiores. Pero no puedo establecer el momento exacto de la transferencia.
—¿Y las muestras del coche de Verónica? —pregunté.
—Las fibras no ofrecen ninguna correspondencia relevante con la escena. La mancha del revestimiento tampoco contiene sangre humana.
Molina dejó la fotografía.
—Entonces esa parte no nos sirve.
—Para atribuirle el homicidio, no —respondió Pilar—. Y prefiero que quede claro.
La documentación intervenida en el despacho de Verónica resultaba ahora más comprometida. Una hoja relacionada con el expediente que Andrés había preparado antes de morir conservaba sangre de la víctima, aunque todavía debíamos explicar cómo había llegado hasta allí.
—Quiero enseñarte otra cosa —añadió Pilar.
Abrió las fotografías de la autopsia y colocó junto a ellas las imágenes del archivador.
La lesión craneal era compatible con un impacto producido por una superficie rígida de dimensiones limitadas. Las contusiones del antebrazo derecho también podían corresponder a un intento de protección durante un enfrentamiento.
—¿El borde del archivador? —preguntó Molina.
—Podría producir lesiones en determinadas circunstancias, pero los hallazgos no permiten atribuir el impacto a ese borde concreto. Tampoco podemos descartar que se utilizara un objeto.
Volví a mirar la marca rectangular que aparecía en el fondo del cajón superior.
Llevábamos semanas intentando averiguar qué había ocupado aquel espacio.
—Si encontramos el objeto, ¿podrías compararlo?
—Podría valorar la compatibilidad de sus características y examinar los restos que conserve. Eso no significa que cualquier coincidencia de tamaño identifique un arma.
Le pedí que preparara las conclusiones para incorporarlas a la ampliación de diligencias.
Las imágenes de Atocha confirmaron algo que el conductor Óscar Valdivia no había podido demostrar por sí solo.
Verónica aparecía descendiendo del vehículo poco antes de las once. Se distinguía su rostro cuando se volvió para recoger el equipaje que el conductor acababa de sacar del maletero.
Llevaba un bolso oscuro y un maletín marrón.
La grabación permitía seguirla hasta el control de acceso a los andenes. Allí volvió a aparecer con ambos objetos antes de dirigirse al tren de Zaragoza.
La identificación se había contrastado con los registros del viaje y con las imágenes originales, sin utilizar ampliaciones que pretendieran recuperar detalles inexistentes.
—Se llevó el maletín a Zaragoza —comentó Molina.
—Eso acreditan las imágenes. Todavía necesitamos saber qué hizo con él después.
Habíamos comprobado también su regreso a Madrid. La documentación de transporte confirmaba que volvió al día siguiente, aunque las cámaras recuperadas no permitían distinguir con suficiente claridad el equipaje que llevaba.
Con los resultados genéticos de la hoja intervenida, la reconstrucción de sus desplazamientos y las nuevas imágenes, solicitamos ampliar las diligencias judiciales.
La autorización permitió examinar su domicilio y determinados espacios de almacenamiento vinculados a ella.
El maletín apareció en un armario de la vivienda, dentro de una funda de tela colocada detrás de una maleta.
Era de piel marrón oscura. Los bordes estaban desgastados y uno de los cierres metálicos presentaba una pequeña deformación.
En su interior encontramos documentación antigua, varias carpetas y una caja metálica de archivo, de forma rectangular.
La caja estaba vacía.
Molina me miró cuando vio sus dimensiones.
—Podría ser lo que faltaba en el cajón.
—Que lo compruebe Pilar.
Antes de retirarla, los técnicos fotografiaron su posición y examinaron la superficie. Una de las caras metálicas presentaba marcas superficiales de frotamiento, aunque no podía determinarse cuándo se habían producido.
Cerca de la unión de una esquina, en una zona difícil de alcanzar durante una limpieza, descubrieron una pequeña mancha oscura.
Solicité que se conservara sin manipular aquella zona.
Entre los documentos del maletín encontramos cinco hojas identificadas como «Relación de entregas. 2017». Estaban numeradas del dos al seis y su contenido coincidía con las páginas correspondientes del archivo recuperado del ordenador de Andrés.
Algunas contenían anotaciones manuscritas añadidas después de la impresión. Eran observaciones que no aparecían en la versión digital y cuya autoría todavía debíamos comprobar.
La primera página había sido intervenida anteriormente en el despacho profesional de Verónica. Ahora teníamos las seis hojas que podían corresponder al trabajo impreso por Andrés la mañana de su muerte, aunque su procedencia individual todavía necesitaba ser valorada junto con las demás pruebas.
También apareció una carpeta de cartón identificada como «Identificación y entregas». Contenía justificantes y copias relacionados con las pertenencias utilizadas en la identificación de 2017.
El título coincidía con la referencia que faltaba en el inventario del archivador de Santa Engracia. La presencia de aquella carpeta en el maletín reforzaba la sospecha de que había sido retirada del despacho, aunque no demostraba por sí sola dónde se encontraba antes del homicidio.
Habíamos recuperado dos conjuntos documentales diferentes: las seis páginas impresas y la carpeta de antecedentes sobre la identificación de 2017. Ambos estaban relacionados con la información que Andrés pretendía revelar.
La correspondencia física entre el objeto encontrado y el que Belén había visto llegar a Santa Engracia tendría que valorarse junto con el resto de los indicios.
Los resultados del examen de la caja llegaron después de completar las comparaciones autorizadas.
La mancha conservaba sangre de Andrés Mena. También se habían recuperado restos biológicos compatibles con su perfil en una zona próxima al cierre.
—Hay indicios de que alguien limpió parte de la superficie —explicó Pilar—. Las marcas son compatibles con un frotamiento, pero no podemos establecer quién lo hizo ni cuándo. En las uniones quedaron restos que no se eliminaron.
Pilar había examinado también la caja junto con las características de la lesión craneal.
—La esquina de la caja es compatible con el mecanismo del impacto —explicó—. Las dimensiones y la forma permiten considerarla un posible objeto causante. No podemos afirmar que sea el único capaz de producir esas lesiones.
—Pero tenemos sangre de Andrés en ella —dijo Molina.
—Eso sí. Y la caja estaba dentro del maletín localizado en el domicilio de Verónica.
La comparación de las fotografías del archivador permitió establecer, además, que sus dimensiones encajaban con el espacio rectangular observado en el cajón. Las marcas no permitían una identificación individual, pero la correspondencia reforzaba la reconstrucción.
Habíamos encontrado un posible instrumento de la agresión, documentación relacionada con los papeles preparados por Andrés y sangre de la víctima en objetos recuperados fuera de la escena.
La cuestión ya no dependía únicamente de las declaraciones sobre la tarjeta o de los movimientos de Verónica.
También habíamos completado las comprobaciones principales sobre el destino de la indemnización.
La empresa había recibido noventa y seis mil euros por el supuesto fallecimiento de Andrés. De aquella cantidad, aproximadamente veintisiete mil se utilizaron para amortizar una línea de crédito en la que Verónica figuraba como garante.
La operación había reducido su exposición económica personal. El pago al banco era efectivo y no quedaría anulado automáticamente por una posterior reclamación de la aseguradora.
El verdadero problema estaba en el origen del dinero.
Si Andrés reconocía que había seguido vivo desde 2017, la aseguradora podía reclamar a la sociedad la devolución de una indemnización abonada por un fallecimiento inexistente.
Además, la documentación presentada durante la solicitud podía provocar una investigación sobre las personas que habían intervenido en ella.
—Verónica firmó la petición del seguro y parte de los documentos utilizados para justificarla —recordó Nuria—.
Si se acredita que proporcionó información falsa deliberadamente, podrían derivarse responsabilidades personales.
No basta con que fuera administradora ni con que hubiera firmado una garantía bancaria.
Aquello explicaba por qué la decisión de Andrés de reconocer su verdadera identidad podía tener consecuencias graves para ella, incluso aunque no hubiera conocido el engaño desde el principio.
Revisé la certificación presentada en 2017.
Verónica había hecho constar una procedencia de las pertenencias de Andrés que contradecía los justificantes originales. Inés declaró que ambas conocían de dónde habían salido aquellos objetos.
Andrés le había escrito nueve años después anunciando que iba a corregir su situación, explicar la identificación y revisar las operaciones económicas.
Ella respondió al correo y después ocultó aquel contacto a los investigadores.
Antes de solicitar su detención, reuní los indicios que podían sostenerse sin necesidad de que Verónica reconociera nada.