CAPÍTULO 27
La visita que negó
La séptima tarjeta de Santa Engracia no se había perdido durante la mudanza de 2019. Al menos, no de la manera que sus antiguos responsables llevaban años dando por cierta.
Molina había localizado a la persona que entonces organizaba las autorizaciones de acceso. Se llamaba Raquel Montes y ahora trabajaba en una asesoría de Chamberí. Nos recibió en una sala pequeña, después de pedir que no interrumpieran la reunión salvo que llamara uno de sus clientes.
—Cuando dejamos aquellas oficinas, comprobamos seis tarjetas —explicó—. La séptima llevaba tiempo fuera de la empresa.
Molina le mostró el registro de devolución.
—Aquí consta como extraviada durante la mudanza.
—Porque fue entonces cuando cerramos el inventario. Pero recuerdo que habíamos prestado una a una colaboradora externa y nadie consiguió recuperarla.
—¿A quién?
Raquel abrió una copia de la relación de autorizaciones que había conservado entre los documentos de cierre del alquiler.
El nombre aparecía junto al número interno de la tarjeta.
Verónica Sanz.
Me acerqué para comprobar la referencia.
Coincidía con la autorización utilizada a las 9:47 de la mañana del homicidio y el lunes anterior, a las 11:18.
—¿Qué relación tenía Verónica con su empresa? —pregunté.
—Nos ayudaba con algunas operaciones mercantiles. Durante unos meses trabajó con nosotros en la reorganización de varias sociedades. Venía con frecuencia y le dejamos una tarjeta para que pudiera entrar cuando no estábamos en recepción.
—¿Quién autorizó el préstamo?
—Yo misma. Aquí está anotado.
Molina examinó la firma que figuraba junto al nombre.
—¿Recuerda por qué no la devolvió?
—Terminamos aquel encargo y dejó de venir. La llamamos un par de veces, pero nos dijo que revisaría sus carpetas. Después nos trasladamos y dejamos constancia de que faltaba una autorización.
Raquel señaló otra anotación y nos mostró una copia del correo enviado a la administración del edificio cuando abandonaron las oficinas.
—Aquí comunicamos que habíamos devuelto seis tarjetas y que quedaba una pendiente de recuperación.
Leí el mensaje. La séptima autorización aparecía identificada mediante su número interno, pero no se solicitaba expresamente que fuera desactivada.
—¿Por qué no pidieron su cancelación? —pregunté.
—Porque todavía esperábamos recuperarla. Verónica nos había dicho que buscaría entre sus documentos. Cuando la administración respondió que gestionaría el cierre de nuestras autorizaciones, entendí que también se ocuparían de aquella tarjeta.
—Pero quedó activa.
—Eso parece. Nosotros no podíamos modificar los permisos del edificio.
Molina examinó la respuesta.
—Entonces la empresa la registró como pendiente de devolución y la administración nunca ordenó su baja.
—Es lo que indican los documentos —respondí—. La tarjeta permaneció autorizada porque nadie cerró aquella incidencia.
Le pedimos que identificara los documentos originales y las personas que pudieran confirmar aquella entrega. Raquel aceptó colaborar, aunque quiso que su declaración reflejara que desconocía qué había ocurrido con la tarjeta después de 2019.
Cuando salimos de la asesoría, Molina permaneció unos segundos examinando la copia.
—La tuvo en su poder.
—En 2019.
—Y siete años después alguien utiliza exactamente esa autorización para acceder al despacho donde asesinan a un hombre que acababa de escribirle.
Guardé el documento.
—Es una conexión importante. Todavía tenemos que demostrar quién la utilizó el martes.
La reconstrucción de los desplazamientos de Verónica avanzó gracias a una comprobación que habíamos solicitado después de su primera declaración.
Durante aquella entrevista afirmó que había resuelto varios asuntos personales antes de viajar a Zaragoza. La reserva ferroviaria acreditaba su desplazamiento, pero no explicaba dónde había estado durante las primeras horas del martes.
Molina había solicitado, por los cauces correspondientes, información sobre los traslados que pudiera haber contratado.
Una empresa de vehículos con conductor confirmó dos servicios realizados aquella mañana desde una cuenta profesional asociada a Verónica.
El primero había terminado cerca de Santa Engracia poco después de las nueve y cuarenta.
El segundo comenzó a las diez y veinte en una calle próxima y finalizó en la estación de Atocha antes de las once.
—Los cargos coinciden con la tarjeta utilizada habitualmente por su despacho —explicó Molina—. También tenemos los justificantes del servicio.
Examiné el recorrido.
El primer vehículo la había dejado a poca distancia del acceso secundario, pocos minutos antes de que las cámaras registraran a una persona aproximándose a esa entrada a las 9:43.
El segundo servicio había comenzado cuatro minutos después de que otra figura apareciera alejándose de la zona con un objeto oscuro.
—¿Han confirmado quién viajó? —pregunté.
—La contratación se hizo desde su cuenta. Estamos contrastando la identificación de la pasajera.
La empresa conservaba los datos de ambos conductores y los registros de inicio y finalización de los servicios. Las solicitudes de documentación habían quedado incorporadas a las diligencias, y el conductor del segundo trayecto había aceptado prestar declaración.
Fuimos a hablar con él.
Se llamaba Óscar Valdivia y conducía habitualmente entre Madrid y las estaciones ferroviarias.
Nos recibió durante una pausa, junto a su vehículo.
—Recuerdo la carrera porque la clienta me pidió que confirmara que llegaríamos con tiempo al tren —explicó—. No llevaba prisa por la salida inmediata, pero quería estar en la estación antes de las once.
—¿Puede describirla?
Óscar mencionó una mujer de mediana edad, con gafas y ropa oscura. Llevaba un bolso y otro objeto que él había colocado en el maletero.
—¿Qué objeto?
—Un maletín. Marrón, de piel o de algo parecido. No era especialmente grande.
Molina consultó su libreta.
—¿Está seguro del color?
—Bastante. Lo cogí por las asas para guardarlo. Parecía de los antiguos.
Le pregunté si lo había visto cuando la pasajera bajó.
—Sí. Se lo saqué del maletero. Ella llevaba el bolso y el teléfono.
Su descripción coincidía con el tipo de maletín que Belén había visto llevar a Andrés a Santa Engracia.
Sin embargo, aquel dato no permitía identificarlo como el mismo objeto.
Le explicamos al conductor que necesitaríamos contrastar su declaración con las imágenes originales y con el resto de la documentación del servicio.
—¿Puedo saber si esa mujer ha hecho algo? —preguntó.
—Estamos investigando un homicidio.
Óscar volvió la mirada hacia el maletero.
—Pues espero que no tuviera nada que ver.
La comprobación del viaje ferroviario terminó de cerrar una parte del recorrido.
Verónica había utilizado su billete y las imágenes de la estación permitían reconocerla accediendo a la zona de embarque. El tren partió hacia Zaragoza aproximadamente a las once y media, como ella había declarado.
Su viaje era verdadero.
Lo que no había contado era dónde estuvo antes.
También recuperamos las imágenes originales del entorno de Santa Engracia para compararlas con los horarios de los vehículos.
La figura de las 9:43 seguía apareciendo parcialmente oculta por una columna. La grabación no permitía reconocer su rostro, pero mostraba un abrigo oscuro y una bolsa de tamaño reducido.
En la secuencia de las 10:16, la persona llevaba un objeto mayor.
Los técnicos descartaron realizar una identificación individual a partir de aquellas imágenes.
No obstante, los horarios resultaban compatibles con los dos desplazamientos contratados desde la cuenta profesional de Verónica.
Solicitamos también la documentación original sobre la reserva de ambos trayectos, incluida la forma en que se había identificado a la persona que utilizó el servicio.
Cuando tuvimos las comprobaciones principales, reuní a Molina y Nuria.
—¿Podemos situarla en el edificio? —preguntó Nuria.
—Podemos situar sus desplazamientos hasta las inmediaciones —respondí—. Tenemos una autorización antigua que estuvo en su poder y que alguien utilizó dentro del edificio. Y un conductor que describe a una mujer compatible con ella llevando un maletín semejante al de Andrés.
Molina señaló las horas.
—Además, negó haber estado allí.
—Eso hace que su versión necesite una explicación. Pero todavía debemos acreditar qué ocurrió dentro.
Nuria examinó la declaración de Verónica.
—También recibió el correo de Andrés y reconoció que lo había ocultado.
—Sí. Cada dato responde a una cuestión distinta.
Habíamos podido establecer un posible motivo, una relación con el acceso y desplazamientos compatibles con la presencia en Santa Engracia.
La autoría material del homicidio seguía necesitando pruebas.
Con los nuevos elementos solicitamos las medidas judiciales necesarias para examinar determinados efectos relacionados con Verónica.
La petición identificaba la tarjeta, los desplazamientos, la declaración del conductor y las comunicaciones recientes con Andrés. También incluía la documentación sobre la identificación de 2017 y la contradicción que habíamos encontrado en las certificaciones presentadas a la aseguradora.
La resolución autorizó las diligencias concretas que habíamos solicitado, con las limitaciones correspondientes para la documentación ajena a la investigación.
Cuando acudimos al despacho de Verónica, nos recibió una empleada.
La mujer nos reconoció de las visitas anteriores y llamó inmediatamente a su responsable.
Verónica apareció poco después.
—Inspector Rivas. ¿Qué ocurre?
Le expliqué que debíamos practicar unas diligencias autorizadas judicialmente y le mostré la documentación.
La leyó con atención.
—Quiero llamar a mi abogada.
—Puede hacerlo.
Se apartó hacia su despacho mientras los agentes organizaban la actuación. Isabel Ferrer llegó más tarde y permaneció junto a su clienta durante las operaciones en las que correspondía su presencia.
Verónica apenas habló mientras se examinaban los lugares y efectos especificados en la autorización.