CAPÍTULO 26 #3
Antes de terminar la jornada, Molina y yo regresamos a hablar con Inés. No quería dejar su declaración en una conversación informal, especialmente después de conocer la certificación presentada a la aseguradora.
Esta vez llevamos una copia de los dos documentos, con las referencias de procedencia identificadas.
Inés los examinó en silencio.
—Yo no preparé esto —dijo señalando la certificación.
—¿Sabe quién lo hizo?
—La documentación del seguro la llevaba Verónica con la gestoría. Yo preparé algunos justificantes, pero no esta declaración.
Le mostramos el apartado donde la certificación afirmaba que los efectos habían sido recuperados durante el levantamiento del cadáver.
Inés volvió a ponerse las gafas y leyó la frase detenidamente.
—Eso no es lo que yo vi. Aquellos objetos estaban en las oficinas. Los sacamos del armario cuando nos dejaron volver a entrar, varios días después del incendio.
—¿Puede confirmar de dónde procedían los objetos que usted recuerda?
—Del armario de las oficinas. Los sacaron cuando ya nos habían permitido entrar otra vez al edificio.
—¿Y Verónica estuvo presente?
—Sí. Estábamos las dos preparando el material que debíamos conservar y el que podía entregarse para las actuaciones.
Inés dejó la copia sobre la mesa.
—Recuerdo que discutimos por algunas cajas porque Andrés había separado documentos personales de los de la empresa. Verónica decía que necesitábamos conservar lo que sirviera para cerrar los asuntos pendientes.
—¿Y después?
—Después se llevaron varios objetos. Yo no acompañé a quien hizo la entrega.
Le pregunté si aceptaría formalizar su declaración con esas precisiones.
—Sí. Pero quiero revisarla antes de firmar.
—Es lo que corresponde.
Inés permaneció sentada mientras Molina terminaba de anotar las referencias.
—Hay algo que no entiendo —dijo finalmente—. Si Andrés estaba vivo, ¿por qué dejó que todos creyéramos que había muerto?
No tenía una respuesta completa.
—Sabemos que mantuvo esa identidad falsa durante nueve años. También que estaba preparando cómo reconocerlo antes de que lo asesinaran.
Inés observó el formulario del seguro.
—Yo trabajé allí mucho tiempo. Conocía a su hija. Recuerdo a la gente que vino a preguntar por él después del entierro.
Se quitó las gafas.
—Y mientras nosotros intentábamos cerrar aquella empresa, él estaba en alguna parte.
No añadió nada más.
Molina recogió las copias y salimos de la asesoría poco después.
En la calle empezaban a encenderse las luces de los comercios y varias personas esperaban para cruzar junto a la glorieta.
—Verónica conocía el origen de los efectos —comentó Molina mientras caminábamos hacia el coche—. Y firmó después una declaración que decía otra cosa.
—Tenemos pruebas de esa contradicción. Ahora debemos establecer si fue un error o una falsedad deliberada.
—Además, parte de la indemnización sirvió para reducir una deuda que Verónica había garantizado personalmente —comentó Molina.
—Eso explica que se beneficiara de la operación sin recibir directamente el dinero. Ahora necesitamos distinguir ese beneficio de las responsabilidades que pudieran derivarse de los documentos que firmó.
Molina abrió el coche, pero antes de entrar se volvió hacia mí.
—¿Crees que Andrés le contó desde el principio lo que pensaba hacer?
Miré la copia de la orden de retirada de archivos que llevaba en la mano.
—Sabemos que Verónica conocía su intención de apartarse de la empresa. También que intervino en las gestiones posteriores al incendio y firmó documentación cuya descripción de las pertenencias no coincide con los justificantes originales.
—Pero eso no demuestra que supiera que Andrés estaba vivo.
—Exactamente. Una cosa es haber proporcionado información incorrecta y otra conocer que el fallecido era una persona distinta. Todavía no tenemos pruebas que permitan atribuirle ese conocimiento en 2017.
Molina abrió la puerta del coche.
—Ella dice que empezó a sospechar cuando recibió el correo del domingo.
—Eso es lo que ha declarado. Hemos comprobado el intercambio de mensajes, pero no podemos descartar que conociera la verdad antes. De momento, no tenemos acreditado un contacto entre ambos durante los años anteriores.
—Y después de recibir el correo decidió ocultárnoslo.
—Eso sí está demostrado. Reconoció que respondió a Andrés y que omitió aquella comunicación cuando le preguntamos por sus contactos recientes.
Molina dejó los documentos en el asiento trasero.
—Y nueve años después Andrés decidió reconocer la identificación falsa y contar lo ocurrido.
Entré en el coche.
Teníamos que reconstruir todavía los desplazamientos de Verónica durante la mañana del asesinato y el recorrido de la tarjeta utilizada en Santa Engracia. La documentación de 2017 demostraba una contradicción grave, pero no permitía atribuirle una muerte ocurrida nueve años más tarde.
Arranqué y esperé a que Molina terminara de colocarse el cinturón.
—Mañana quiero que empecemos por sus movimientos del martes —dije—. Sabemos qué tenía que explicar sobre el incendio. Ahora necesitamos averiguar dónde estuvo cuando mataron a Andrés.
Molina abrió el plano de Santa Engracia y lo sostuvo sobre las rodillas mientras salíamos de Embajadores.