El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

La noche del incendio

En el antiguo almacén de Villaverde habían sustituido casi todas las puertas, pero el pasillo donde encontraron el cadáver seguía ocupando el mismo lugar.

Vicente Ocaña nos permitió entrar por el acceso lateral y nos acompañó hasta una zona de almacenamiento donde varias estanterías nuevas ocultaban parte de la estructura original.

—Cuando nos hicimos cargo de esto, todavía quedaban paredes ennegrecidas —explicó—. Tuvimos que reforzar la cubierta antes de meter mercancía.

Molina llevaba el plano de las actuaciones de 2017. Lo desplegó sobre una mesa de trabajo y señaló el lugar donde los bomberos habían localizado los restos.

—Estaban aquí, junto al paso hacia las oficinas.

Vicente examinó el plano.

—Esa comunicación ya no existe. La cerraron durante la reforma.

Nos acercamos a la pared. En el suelo permanecía una diferencia de color que permitía distinguir dónde había estado el antiguo paso.

Habíamos acudido porque el informe complementario sobre las causas del incendio acababa de incorporarse a las diligencias.

La revisión pericial, realizada a partir de fotografías, muestras conservadas y documentación original, mantenía como explicación más probable un fallo eléctrico en una instalación próxima al almacén.

El informe tampoco encontraba indicios materiales que permitieran sostener una provocación deliberada.

—¿Había trabajadores aquella noche? —pregunté a Vicente.

—Que yo sepa, las empresas ya habían cerrado. Pero algunos tenían llaves y podían entrar a cualquier hora.

—¿Recuerda a Saúl Ibáñez?

—De verlo por aquí. Era de los que trabajaban hasta tarde cuando había entregas pendientes. No sabría decirle si estuvo aquella noche.

Molina sacó una copia del parte de cierre de jornada que Nuria había recuperado del archivo de la antigua empresa donde trabajaba Saúl. El documento se conservaba entre las órdenes de mantenimiento de 2017 y no había formado parte de las diligencias iniciales del incendio.

En una de las últimas anotaciones figuraba una incidencia relacionada con material de trabajo almacenado en un cuarto de servicio compartido con las oficinas.

—Saúl dejó constancia de que tenía que recoger una caja de herramientas antes de una entrega prevista para la mañana siguiente —expliqué.

Vicente examinó la referencia del cuarto.

—Estaba al otro lado de ese pasillo. Lo utilizaban varias empresas para guardar material que necesitaban tener a mano.

Señaló la pared donde antiguamente se encontraba la comunicación con las oficinas.

—Para llegar desde el almacén de Saúl había que pasar por aquí.

Molina consultó el plano.

—Su hermano nos dijo que a veces regresaba después del trabajo cuando olvidaba alguna herramienta.

—Y ahora tenemos constancia de que aquel día dejó pendiente recoger material —respondí.

—¿Eso demuestra que volvió por la noche?

—No. El parte no indica cuándo pensaba recogerlo ni acredita que llegara a entrar. Pero ofrece una explicación concreta para que regresara al complejo después de su jornada.

Molina señaló el lugar donde aparecieron los restos.

—Si vino a buscar las herramientas y el incendio comenzó mientras estaba dentro, pudo intentar salir por el pasillo de las oficinas.

Observé la distribución original de las puertas. El recorrido era compatible con el lugar del hallazgo, aunque no podíamos reconstruir los últimos movimientos de Saúl.

—Es una posibilidad razonable —respondí—. Sabemos que murió en el incendio, pero no exactamente qué estaba haciendo cuando empezó a extenderse el humo.

Regresamos al exterior, donde Vicente recibió una llamada y se apartó para atenderla.

Molina dobló el plano sobre el capó del coche.

—El incendio pudo ser accidental y, aun así, alguien aprovechó lo que ocurrió después.

—Eso es precisamente lo que tenemos que reconstruir.

El origen del fuego, la muerte de Saúl y la falsa identificación de Andrés eran acontecimientos relacionados, pero no necesariamente habían sido provocados por una misma decisión.

Inés Robledo nos esperaba aquella tarde en la asesoría de Embajadores. Había encontrado una copia de la orden de retirada de archivos que Nuria relacionó con el asiento contable anterior al incendio.

Antes de entregárnosla, quiso saber por qué necesitábamos volver sobre aquella operación.

—Ya les expliqué lo de Nexo —dijo—. Yo no autoricé esos pagos.

—Esta orden es anterior al incendio. Corresponde a otro servicio.

Inés examinó el documento que Molina había colocado frente a ella.

—Es verdad. Lo había olvidado.

La orden estaba fechada varios días antes del siniestro y solicitaba trasladar varias cajas desde las oficinas de Andrés hasta otro local utilizado por la sociedad.

Figuraban dos autorizaciones internas: una emitida por Andrés y otra registrada con las iniciales de Verónica.

Inés señaló la segunda.

—Esto lo tramité yo cuando recibí la conformidad de Verónica.

—¿La recuerda personalmente?

—Recuerdo que Andrés quería sacar unos archivos antes de terminar el mes. Verónica pidió que se hiciera un inventario para distinguir lo que pertenecía a la empresa de sus documentos particulares.

Molina consultó la relación de cajas.

—¿Por qué tanta urgencia?

Inés se quitó las gafas.

—Andrés llevaba tiempo diciendo que quería dejar algunos encargos. Había tenido problemas con clientes y estaba cansado de trabajar con documentación que después nadie quería reconocer como suya.

—¿Le habló de marcharse?

—Me dijo que necesitaba apartarse durante una temporada. Pensé que se refería a dejar la empresa.

—¿Verónica conocía esa intención?

—Discutieron varias veces por el reparto de los trabajos. Ella no quería quedarse con asuntos que solo Andrés sabía llevar.

Inés recuperó las gafas y volvió a examinar el inventario.

—Pero una cosa era marcharse de la sociedad y otra desaparecer.

—¿Qué ocurrió con las cajas? —pregunté.

—Se trasladaron algunas antes del incendio. Otras quedaron pendientes. Después todo fue un desastre y empezamos a trabajar con las relaciones que habíamos conservado.

Le mostramos el registro de efectos personales incorporados a la investigación tres días después del incendio.

Inés reconoció la referencia del tarjetero.

—Eso estaba en las oficinas de Andrés.

—¿Lo vio después del incendio?

—Vi varios objetos que habían sacado de un armario cuando nos permitieron volver a entrar. Había documentos, llaves y cosas personales. No recuerdo quién llevó cada objeto a la Policía.

—¿Verónica intervino?

—Organizaba las entregas. Yo preparaba justificantes y atendía a los proveedores que seguían llamando.

Le pedí que precisara algo que hasta entonces nadie había conseguido aclararnos.

—¿Esos efectos procedían del lugar donde apareció el cadáver?

Inés examinó otra vez el registro.

—No. Los que yo vi habían salido de las oficinas, después del incendio. No del pasillo donde encontraron al hombre.

Aquello coincidía con el justificante original.

—¿Se lo explicó a Verónica?

—Ella sabía de dónde procedían. Estuvimos preparando las cajas juntas.

Inés pareció advertir la importancia de su respuesta.

—Inspector, yo no sabía que habían enterrado a otra persona. Cuando me dijeron que Andrés estaba muerto, lo creí igual que todos.

—No estamos afirmando que usted conociera el engaño.

—Entonces quiero que quede claro en mi declaración.

Le aseguré que recogeríamos exactamente lo que pudiera confirmar, diferenciándolo de aquello que no recordaba.

La documentación de la aseguradora llegó mientras regresábamos a comisaría.

Nuria nos había enviado una copia del expediente ampliado, que incluía los formularios utilizados para solicitar la indemnización tras la muerte de Andrés.

Al llegar, encontramos dos documentos separados sobre su mesa.

—Aquí está la declaración inicial de Verónica —explicó—. Y aquí la certificación presentada posteriormente por la sociedad.

Examiné la segunda.

Era una comunicación firmada por Verónica en representación de la empresa.

En el apartado destinado a justificar la identificación del fallecido se afirmaba que varias pertenencias personales de Andrés habían sido recuperadas durante las actuaciones de levantamiento del cadáver, en la zona donde aparecieron los restos.

Sin embargo, el justificante original acreditaba que aquellos objetos procedían de un armario de las oficinas y habían sido entregados a los investigadores tres días después del incendio.

Comprobé la fecha.

El documento se había presentado semanas después del incendio, cuando ya existían registros que distinguían los objetos recogidos durante el levantamiento de los entregados tres días más tarde.

—Esta descripción no coincide con el justificante original —dije.

Nuria colocó ambas hojas juntas.

—No. Y tampoco con lo que Verónica reconoció cuando la entrevistamos.

Recordé lo que Verónica había declarado en una de nuestras entrevistas: admitió que había identificado los objetos que le mostraron, pero insistió en que desconocía cómo habían llegado hasta allí.

Ahora teníamos una comunicación posterior, firmada por ella, que atribuía a determinados efectos una procedencia distinta de la documentada.

—¿La aseguradora redactó este texto? —pregunté.

—El formulario pertenece a la entidad, pero este apartado fue cumplimentado por la sociedad solicitante. Consta la firma de Verónica y su presentación por el cauce utilizado entonces.

Molina leyó el documento.

—Si sabía que los objetos salieron de las oficinas tres días después, ¿por qué certificó que se habían recuperado durante el levantamiento del cadáver?

—Eso tendrá que explicarlo —respondí—. Son dos procedencias distintas y tenemos documentos fechados que permiten comprobarlo.

Nuria señaló la declaración antigua.

—La identificación inicial no dependió exclusivamente de este formulario. Pero la información volvió a utilizarse para justificar que el fallecido era Andrés.

Examiné las fechas.

La diferencia era fundamental. Podíamos encontrarnos ante un error reproducido sin comprobar las fuentes o ante una información falsa mantenida deliberadamente.

En cualquiera de los dos casos, la contradicción estaba documentada.