El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 24 #2
72%

CAPÍTULO 24 #2

Le expliqué que no participaría en directo en la revisión del jueves. Le pedí que comprobara la procedencia de los documentos, identificara las personas responsables de su custodia y evitara adelantar conclusiones sobre las discrepancias de 2014 hasta disponer de copias verificables.

Marta respondió poco después.

«De acuerdo. Te enviaré una relación de lo examinado. Si surge algo que necesite tu intervención, lo hablamos cuando tenga la documentación».

Me quedé mirando su respuesta.

Había necesitado menos de cinco minutos para reorganizar una gestión que llevaba dos días intentando encajar personalmente.

Después comuniqué a Molina qué actuaciones quedarían bajo su supervisión mientras yo estuviera fuera, sin convertir aquel cambio de horario en una excepción que necesitara justificar continuamente.

El jueves llegué a casa poco después de las cinco.

Elena todavía no se había marchado. Estaba en el dormitorio terminando de preparar los materiales de su reunión y llevaba varios minutos buscando un documento que había impreso la noche anterior.

—Está en la bandeja de la entrada —le dije desde la puerta.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo vi cuando dejé las llaves.

Fue a buscarlo y regresó con las hojas en la mano.

—¿Has terminado ya?

—Sí. Molina se queda con las comprobaciones de Santa Engracia y Marta revisará los documentos de Alicante sin que yo tenga que conectarme.

Elena guardó las hojas en su bolso.

—Bien.

—También he cambiado las recogidas de la semana que viene. Te he dejado las fechas en el calendario para que las revises.

Me miró mientras cerraba la cremallera.

—No quiero que organices todo tú y después me lo presentes terminado.

Había vuelto a hacerlo.

—He marcado lo que puedo asumir —aclaré—. Lo demás está pendiente de que lo hablemos.

Elena dejó el bolso sobre la cama y abrió la agenda compartida.

Había señalado dos tardes para recoger a Daniel y una para llevar a Claudia. Las actividades que todavía no tenían horario definitivo seguían sin asignar.

—El martes necesitaré salir directamente del trabajo —dijo—. Si puedes recoger a Daniel, me ayudaría bastante.

—Puedo.

—¿Seguro?

Consulté la agenda de comisaría desde el teléfono. Tenía una reunión prevista por la mañana, pero ninguna diligencia que exigiera mi presencia a última hora.

—Sí. Y si surge algo urgente, avisaré con tiempo y buscaré cómo resolverlo. No voy a dar por hecho que tú cambiarás tus planes.

Elena dejó el móvil junto al bolso.

—Eso es lo que necesito.

Me acerqué para ayudarla a recoger los documentos que había dejado sobre la cama, pero me indicó que prefería ordenarlos ella.

—Hay otra cosa, Sergio.

Esperé.

—Si vuelves a comprometer nuestro tiempo sin hablarlo, no voy a cancelar lo mío para solucionarlo. Tendrás que buscar otra alternativa.

—Lo entiendo.

—Espero que sí. Porque este proyecto me importa.

La miré mientras guardaba los documentos.

Durante varios años había conocido sus horarios, las obligaciones de su trabajo y las dificultades para compaginarlos con los niños. Había escuchado sus planes, pero no siempre había prestado la misma atención a las decisiones que necesitaba tomar para llevarlos adelante.

Ahora iba a asumir una responsabilidad nueva, con reuniones y desplazamientos que no podía mover simplemente porque yo quisiera disponer de una tarde.

—Me alegro de que te hayan elegido —le dije.

Elena levantó la vista.

—Yo también.

Sonrió ligeramente y cogió el bolso.

Antes de salir me preguntó si podía encargarme de preparar la cena. Daniel tenía que terminar un trabajo para el colegio y Claudia quería repasar unas escenas después del ensayo.

Le dije que sí.

Claudia salió del local poco después de las siete.

La esperaba junto a la entrada, donde varios padres hablaban mientras los alumnos recogían sus cosas. Había llevado una chaqueta porque la temperatura había bajado y empezaba a hacer frío.

Mi hija apareció con una carpeta doblada bajo el brazo.

—¿Has visto mi mensaje?

—Sí. Decías que terminaríais a las siete.

—Hemos acabado cinco minutos antes.

Se acercó y me entregó la carpeta mientras buscaba las llaves en la mochila.

—¿Mamá ha podido ir a su reunión?

—Sí. Ha salido a tiempo.

—Menos mal. Llevaba varios días preparando los papeles.

Caminamos hacia el coche.

—¿Y qué tal el ensayo?

—Bien. Aunque han vuelto a cambiar una escena.

—Pensaba que ya habíais decidido el reparto.

—Lo habíamos decidido. Pero uno de los compañeros se ha puesto enfermo y tenemos que reorganizar su parte.

Abrió la puerta del coche y dejó la mochila en el asiento trasero.

—¿El jueves que viene también vienes tú?

—Lo tengo apuntado. Si no cambia nada importante, sí.

Claudia se acomodó y se abrochó el cinturón.

—Vale. Pero acuérdate de que tengo que llevar el vestuario.

Arranqué.

Durante el trayecto me explicó cómo habían repartido las intervenciones del compañero ausente. Se había ofrecido a aprender dos frases más, aunque todavía no sabía si podría hacerlo sin equivocarse durante la representación.

Le pregunté si quería ensayarlas después de cenar.

—Si no llegas muy cansado.

—Podemos intentarlo.

—Son cinco minutos.

Recordé otras ocasiones en que cinco minutos de ensayo habían terminado ocupando media hora.

—Entonces tendremos tiempo.

Cuando llegamos, Daniel estaba preparando la mesa y Elena todavía no había regresado. Dejé la carpeta de Claudia junto a las sillas y entré en la cocina para comprobar qué necesitábamos.

Había arroz, verduras y varias cosas que podíamos aprovechar de la comida anterior.

Daniel apareció detrás de mí.

—¿Qué vamos a cenar?

—Estoy decidiéndolo.

—Mamá dijo que hoy cocinabas tú.

—Y estoy cumpliendo.

Abrió el frigorífico y examinó las posibilidades.

—Pues espero que decidas pronto.

Le pedí que sacara los platos mientras yo ponía una sartén al fuego.

Elena llegó cuando la cena estaba casi preparada. Dejó el bolso en la entrada y vino directamente a la cocina.

—¿Qué tal todo?

—Claudia ha cambiado otra vez de escena y Daniel está supervisando la cena.

—Alguien tiene que hacerlo —respondió él desde el comedor.

Elena se acercó para mirar lo que estaba preparando.

—Tiene buena pinta.

—Todavía no lo hemos probado.

Se quitó la chaqueta y fue a lavarse las manos.

Cenamos mientras Claudia nos explicaba los cambios de la representación y Elena contaba cómo había transcurrido su primera reunión. Le habían asignado varias tareas y tendría que preparar una propuesta antes de la semana siguiente.

Le pregunté por las fechas y las anotamos en la agenda compartida después de recoger la mesa.

Más tarde, cuando Claudia vino a buscarme con sus nuevas frases, Elena estaba trabajando en el despacho pequeño.

Desde el salón oía cómo pasaba las páginas y escribía algunas anotaciones. Claudia colocó dos sillas frente a frente y me entregó una hoja.

—Tú haces este personaje.

Leí la primera intervención.

—¿Tengo que poner alguna voz especial?

—No, papá. Solo tienes que leerlo.

Empezamos.

A la segunda frase me equivoqué de personaje y Claudia tuvo que corregirme. Se rio, recuperó la hoja y me señaló dónde debía continuar.

Repetimos la escena desde el principio.

Cuando terminamos, Elena seguía trabajando en la habitación contigua. Claudia me pidió que leyera otra vez el último diálogo porque quería probar una forma distinta de responder.

Volví al comienzo de la página y esperé a que me diera la entrada.