CAPÍTULO 24
Lo que no le había contado
Elena había confirmado su participación en un nuevo proyecto de trabajo y yo llevaba dos días organizando una comprobación en Alicante sin haberle dicho nada.
Las dos cosas aparecieron en la misma conversación, un miércoles por la noche, cuando Claudia nos pidió que decidiéramos quién iba a recogerla del ensayo del jueves siguiente.
Estábamos terminando de cenar. Daniel había dejado su vaso junto al fregadero y buscaba una autorización del colegio que, según él, había entregado a Elena. Claudia repasaba el calendario familiar mientras intentaba convencernos de que podía volver sola del local donde ensayaban.
—Son quince minutos andando —insistió.
—Y normalmente sales más tarde de lo previsto —respondió Elena.
—Eso no significa que vaya a perderme.
—Nadie ha dicho que vayas a perderte.
Claudia se volvió hacia mí.
—Papá, díselo tú.
Dejé el plato que estaba llevando al fregadero.
—Podemos hablarlo. Pero el jueves todavía no sé si podré ir a buscarte.
Elena levantó la vista.
—¿Por qué?
—Tengo una comprobación pendiente con Marta.
—¿A qué hora?
—A las cinco y media.
Claudia consultó el calendario.
—Yo termino a las siete. Te da tiempo.
—Depende de cuánto dure.
Elena cerró el cajón donde guardábamos los manteles.
—¿Qué comprobación?
—Unos documentos de Alicante. Marta ha conseguido que podamos examinarlos el jueves. La persona que los custodia solo puede atendernos esa tarde.
—¿Vas a desplazarte?
—No. Será una conexión desde comisaría.
Claudia volvió a intervenir.
—Entonces puedes recogerme.
—Eso estaba intentando calcular —respondí.
Elena se acercó al calendario, donde todavía figuraban los compromisos que habíamos distribuido después de nuestra última conversación sobre Alicante.
—Sergio, el jueves tengo la reunión de la que te hablé ayer.
La recordaba. Elena estaba pendiente de incorporarse a un grupo de trabajo y había conseguido que aceptaran su propuesta.
—¿Te han confirmado la participación?
—Esta mañana.
—No me habías dicho nada.
—Tampoco me has preguntado.
Claudia dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Entonces quién viene a buscarme?
Elena me miró.
—Tu padre. Es lo que habíamos previsto.
Nuestra hija debió de entender que aquella respuesta no resolvía del todo el asunto, porque recogió el calendario y se marchó al salón sin continuar discutiendo.
Daniel apareció poco después con la autorización que buscaba. Estaba debajo de unos cuadernos en su habitación. Elena la firmó mientras yo terminaba de colocar los platos en el lavavajillas.
Cuando los niños se retiraron, ella dejó el bolígrafo junto al calendario.
—¿Cuándo organizaste lo de Alicante?
—El lunes hablé con Marta. Hoy me ha confirmado la hora.
—¿Y pensabas decírmelo mañana?
—Pensaba comprobar si podía terminar antes del ensayo.
Elena permaneció apoyada contra la encimera.
—Entonces ya habías decidido que ibas a conectarte.
—Es una diligencia que podemos resolver sin viajar. No voy a marcharme todo el día.
—Ya sé que no vas a viajar.
Esperó a que cerrara el lavavajillas.
—Eso no es lo que te estoy preguntando.
Nos sentamos en el comedor cuando los niños terminaron de recoger sus cosas.
Elena había traído una carpeta con los documentos de su nuevo proyecto. La dejó sobre la mesa, junto al calendario que todavía conservaba las anotaciones del sábado anterior.
—Me han ofrecido coordinar una parte del programa —explicó—. Empezaré con dos tardes de reuniones durante las próximas semanas. Después habrá una evaluación y decidirán cómo continúa.
—Eso es una buena noticia.
—Para mí, sí.
Me sorprendió su respuesta.
—También para nosotros.
—Entonces necesito que podamos organizarlo como algo importante, no como un hueco que habrá que buscar entre tus horarios.
Abrí el calendario.
La reunión del jueves estaba anotada. Elena la había incorporado aquella mañana, después de recibir la confirmación. Yo todavía no había añadido la comprobación de Alicante.
—Podemos hacer que coincida con mi horario de salida —dije—. Si termino la conexión a las seis y media, llegaré a tiempo para recoger a Claudia.
—¿Y si Marta necesita otra media hora?
—Tendré que dejarlo.
—Eso es lo que me gustaría que hubieras decidido antes de aceptar.
Recordé la conversación que Elena y yo habíamos tenido días antes sobre cómo organizar nuestra vida familiar. Habíamos repartido los desplazamientos, respetado la formación de Elena y acordado que los compromisos de los niños no podían depender siempre de cuándo terminara yo de trabajar.
Aquello había funcionado durante varios días.
El sábado anterior había recogido a Claudia después del ensayo. Elena había podido asistir a su formación y Daniel había pasado la tarde con unos amigos sin que ninguno tuviera que cambiar sus planes.
Ahora yo había vuelto a comprometer una tarde sin comprobar primero el calendario.
—Tienes razón en lo del horario —dije—. Pero no he reservado ningún viaje ni he pedido que cambies tus planes.
—Porque esta vez todavía no has llegado a necesitarlo.
Dejó la carpeta abierta.
—Sergio, quiero que leas esto.
Me acercó la primera página. Había una relación de tareas, fechas y personas que participarían en el proyecto. Elena figuraba como responsable de una de las áreas.
—¿Cuánto tiempo llevabas preparando la propuesta? —pregunté.
—Varias semanas.
—No sabía que estaba tan avanzada.
—Te conté que quería presentarla. Después hablamos de Alicante y de cómo organizar los sábados. El resto lo he ido preparando cuando podía.
Examiné las fechas.
Había reuniones fuera de su horario habitual y una jornada de trabajo prevista para el mes siguiente. Algunas actividades coincidían con las tardes en que normalmente recogía a Daniel.
—Tendremos que reorganizar varias cosas.
—Sí. Por eso quería hablar contigo hoy.
Elena recuperó la carpeta.
—Durante años he aceptado que tu trabajo tenga horarios complicados. Comprendo que una investigación cambie de un día para otro. Lo que me cuesta aceptar es que algunas gestiones que tú mismo eliges hacer terminen tratándose como si fueran inevitables.
—No todo lo de Alicante depende de mí.
—Precisamente. Marta está allí y puede continuar con el trabajo. Tú mismo lo dijiste.
Me quedé mirando la hoja del jueves.
Había solicitado participar personalmente en aquella comprobación porque quería examinar los documentos al mismo tiempo que Marta. Ella llevaba meses localizando referencias de 2014 y había conseguido acceder a materiales que nosotros solo conocíamos por copias.
La comprobación podía ser importante para el caso de Irene.
También podía realizarse sin que yo estuviera conectado durante toda la sesión.
—Le pediré que haga la revisión y me envíe los resultados —respondí.
Elena recogió el calendario.
—Haz lo que consideres necesario para la investigación. Pero necesito saber qué puedo esperar de ti en casa.
Su respuesta me molestó más de lo que quería reconocer.
—Parece que nunca es suficiente.
Elena dejó de escribir.
—¿Qué quieres decir?
—Que intento estar cuando los niños me necesitan. He ido a sus actividades, he organizado los horarios y he dejado pendiente un viaje que me interesaba hacer. Pero basta con que aparezca una gestión nueva para que volvamos a discutir.
Me escuchó sin interrumpirme.
—Todo eso está bien, Sergio. Y te lo he dicho muchas veces. Pero estar una tarde no te da derecho a disponer de la siguiente sin contar con nadie.
Me aparté de la mesa para buscar agua.
Desde el pasillo llegaba la voz de Daniel, que hablaba por teléfono con uno de sus compañeros. Claudia había puesto música en su habitación.
Cuando regresé, Elena seguía esperando.
—Lo que me preocupa —añadió— es que sigas pensando que estamos hablando de cuánto haces.
Me senté frente a ella.
—Entonces dime cómo quieres organizarlo.
—Quiero poder aceptar este proyecto sin calcular constantemente qué ocurrirá si a ti te surge algo. Quiero saber que, cuando te comprometas a recoger a Claudia o llevar a Daniel, ese compromiso tendrá el mismo peso que cualquier cita que hayas organizado tú.
Se detuvo para ordenar las hojas.
—Y quiero que mi trabajo deje de ser lo que podemos mover cuando todo lo demás está decidido.
Aquella última frase me hizo mirar de nuevo el calendario.
Elena había anotado sus dos reuniones y, junto a ellas, los desplazamientos que ya habíamos acordado para los niños.
Yo todavía seguía tratando de encajar Alicante en los espacios libres.
A la mañana siguiente hablé con Molina antes de comenzar la jornada.
Estaba revisando las gestiones relacionadas con los accesos de Santa Engracia y tenía una relación de nombres que quería contrastar con la antigua empresa arrendataria.
—El jueves necesito salir a mi hora —le dije—. Marta tiene prevista una comprobación en Alicante, pero voy a dejar que la realice ella.
Molina levantó la vista.
—¿Ha encontrado algo nuevo?
—Todavía no. Va a examinar unos originales y comprobar sus referencias. Después nos remitirá los datos que pueda acreditar.
—Entonces no hace falta que estés conectado.
—Eso es lo que he decidido.
Molina volvió a sus documentos.
—Si surge algo aquí, me ocuparé de las diligencias que pueda dirigir. Lo que necesite tu intervención lo consultaremos.
—Gracias.
—No me des las gracias todavía. Tengo dos entrevistas pendientes y una empresa que sigue sin aclararme quién guardó sus tarjetas durante una mudanza de hace siete años.
Señaló el teléfono.
—Si quieres ayudarme, consigue que alguno de esos señores conteste.
Pasamos buena parte de la mañana reconstruyendo las referencias que todavía faltaban de aquella empresa. Los registros del lunes anterior al asesinato seguían siendo una línea importante, pero no teníamos elementos suficientes para atribuir las aperturas a Verónica.
Tampoco habíamos terminado de acreditar su recorrido antes del viaje a Zaragoza.
La investigación continuaba abierta y Molina conocía las comprobaciones pendientes. Podía encargarle las actuaciones ordinarias sin tener que permanecer físicamente en comisaría durante toda la tarde.
A media mañana escribí a Marta.