El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 23 #2
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CAPÍTULO 23 #2

Verónica reconoció su dirección profesional al ver la primera página.

—¿Qué es esto?

—Una comunicación enviada a Andrés el lunes anterior a su asesinato. Queremos preguntarle por ella.

Leyó el mensaje que él había enviado el domingo. Después pasó a la respuesta.

Cuando terminó, volvió a dejar las hojas sobre la mesa.

—Sí. Contesté yo.

La abogada giró ligeramente hacia ella, pero no intervino.

—Durante nuestra entrevista afirmó que no había vuelto a hablar con Andrés desde antes del incendio —recordé.

—Me preguntaron si manteníamos contacto. No teníamos ninguna relación desde hacía años.

—Sin embargo, respondió a su mensaje.

—Porque me escribió.

—También aseguró que desconocía que utilizara otra identidad.

Verónica cruzó las manos sobre la mesa.

—El mensaje llegó de una cuenta a nombre de Rubén Otero. Decía que era Andrés. Al principio pensé que alguien pretendía aprovecharse de lo ocurrido.

—Pero le respondió llamándolo Andrés.

—Era el nombre que utilizaba quien me había escrito.

Isabel Ferrer intervino.

—Mi clienta acaba de reconocer la respuesta. Conviene separar ese hecho de cualquier interpretación sobre cuándo supo que el remitente era efectivamente Andrés Mena.

Verónica tomó de nuevo el correo.

—Llevaba nueve años muerto, inspector. ¿Qué esperaba que hiciera cuando alguien me escribió diciendo que había sobrevivido?

—Podía habérnoslo contado cuando le preguntamos por sus contactos recientes.

—Todavía estaban investigando si el hombre al que llamaban Rubén era Andrés. Pensé que ustedes sabían más que yo.

—Cuando la entrevistamos ya le habíamos explicado la identificación dactiloscópica.

Verónica dejó el documento.

Durante unos segundos permaneció mirando la mesa. Después se dirigió a Isabel, que le dijo algo en voz baja antes de que volviera a responder.

—De acuerdo. Omití el correo. No quería que utilizaran una respuesta escrita para atribuirme todo lo que hizo Andrés.

—¿A qué se refiere?

—A que él sabía perfectamente cómo funcionaban los documentos. Sabía preparar autorizaciones, contratos y expedientes. Si fingió su muerte, no lo hizo porque yo le explicara cómo se tramita una factura.

—¿Sospechaba que Andrés había fingido su muerte en 2017?

—No. Cuando ocurrió el incendio, creí que había muerto.

—Pero intervino en su identificación.

—Reconocí sus pertenencias. Eso no significa que supiera que el cadáver era de otra persona.

—¿Cuándo empezó a pensar que podía seguir vivo?

Verónica volvió a consultar con su abogada.

—El domingo, cuando recibí su correo. Llegó desde una cuenta a nombre de Rubén Otero, pero mencionaba documentos de nuestra antigua empresa y asuntos que Andrés conocía.

—¿Creyó que era él?

—Pensé que podía serlo. También podía tratarse de alguien que hubiera conseguido sus archivos. Después de nueve años, no sabía qué creer.

—Sin embargo, el lunes le respondió.

—Porque necesitaba saber qué pretendía hacer con aquella documentación. Si realmente era Andrés, podía provocar un problema importante para todos los que habíamos intervenido después del incendio.

—¿Estaba convencida de que seguía vivo?

—Todavía no lo había visto. Pero el mensaje me hizo pensar que quizá todo lo que habíamos dado por cierto durante nueve años era falso.

—¿Había hablado con alguien sobre su contenido antes de que Andrés muriera?

—Con mi abogada habitual. Quería saber qué consecuencias podía tener que apareciera una persona oficialmente fallecida y empezara a reclamar documentación de una sociedad cerrada.

—¿Tiene constancia de esa consulta?

Isabel Ferrer volvió a intervenir.

—Cualquier documentación relacionada con asesoramiento profesional deberá tratarse por los cauces correspondientes. Mi clienta no va a facilitar el contenido de conversaciones protegidas.

Acepté la precisión y cambié de asunto.

—Andrés también mencionaba la indemnización cobrada por la empresa.

Verónica apoyó las manos en los brazos de la silla.

—Lo sé. He leído el correo.

—Noventa y seis mil euros. Usted solicitó el pago.

—En nombre de la sociedad. Lo autorizaba la documentación oficial que teníamos entonces.

—También firmó la transferencia de veinticuatro mil ochocientos euros a Nexo.

—Un servicio que estaba contratado y contabilizado.

—Estamos comprobando qué material recuperaron y dónde terminó.

—Pues pregúntenselo a ellos. La empresa dejó de operar hace nueve años. No puedo responder por cada caja que trasladó un proveedor.

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—Y quisiera que dejaran de hablar del dinero como si me lo hubiera guardado. Si revisan la contabilidad verán lo que se pagó.

Su respuesta coincidía con una parte de los movimientos bancarios que habíamos comprobado. La indemnización se había utilizado principalmente para atender obligaciones empresariales. Seguíamos sin acreditar un enriquecimiento personal de Verónica.

—Estamos distinguiendo los pagos justificados de aquellos cuyo servicio todavía no hemos podido comprobar —dije.

—Pues háganlo.

La abogada colocó una mano sobre la carpeta.

—Considero conveniente que mi clienta no siga respondiendo sobre la situación económica hasta que podamos examinar la documentación a la que se están refiriendo.

Le confirmé que podía ejercer ese derecho.

Antes de terminar, volví a preguntarle por la mañana del asesinato.

Verónica había confirmado que viajó a Zaragoza en un tren que salía de Madrid alrededor de las once y media. La reserva y su inscripción a una jornada profesional eran comprobables, pero aquellas circunstancias no explicaban dónde había estado entre las nueve y las diez.

—¿Recuerda qué asunto personal resolvió antes de ir a la estación? —pregunté.

Verónica me observó por encima de las gafas.

—Ya les dije que estuve haciendo varias gestiones.

—Necesitamos saber cuáles.

—¿Por qué?

—Porque Andrés fue asesinado durante esa mañana y usted acababa de recibir un correo suyo relacionado con asuntos que podían afectarla.

Isabel Ferrer intervino inmediatamente.

—Mi clienta no va a responder a más preguntas sobre sus desplazamientos en este momento. Si desean formular una atribución concreta, deberá hacerse con todas las garantías y conocimiento de las diligencias que la sustentan.

Verónica cerró su carpeta.

—He venido porque quería aclarar lo de mi firma. Pensé que eso serviría para algo.

—Ha servido para establecer qué intervención tuvo en 2017 y confirmar que recibió una comunicación de Andrés antes del homicidio.

—También he explicado por qué le contesté.

—Su explicación quedará recogida.

Se levantó, pero permaneció junto a la silla mientras su abogada terminaba de recoger los documentos.

—Hay una cosa que quiero saber —dijo.

Esperé.

—Si llegan a identificar a la persona enterrada como Andrés, o a quien sea que esté allí, ¿van a revisar también todas las declaraciones que hicimos después del incendio?

—Las actuaciones necesarias para establecer cómo se produjo aquella identificación ya están en marcha.

—Entonces habrá gente que tenga que explicar lo que hizo hace nueve años.

—Eso dependerá de la intervención de cada persona y de lo que podamos acreditar.

Verónica miró la copia de su declaración, que permanecía sobre la mesa.

—Yo firmé lo que reconocí.

—Eso es precisamente lo que estamos comprobando.

Isabel la acompañó hacia la puerta.

Antes de salir, Verónica se volvió.

—Si vuelven a citarme, hablarán primero con mi abogada.

Le confirmé que respetaríamos los cauces correspondientes.

Cuando se marcharon, Molina recogió las copias de los correos y la declaración de 2017.

—Ha reconocido que nos ocultó el contacto.

—Sí.

—Y que sabía que Andrés quería revisar la identificación y el dinero del seguro.

—Desde que recibió el mensaje, al menos.

Molina examinó la respuesta del lunes.

—Pero sigue sin decirnos dónde estuvo el martes.

—Y todavía no tenemos pruebas que la sitúen en Santa Engracia.

Dejé el documento sobre la mesa y miré hacia la puerta por la que Verónica acababa de salir.

Había llegado dispuesta a explicar una firma de hacía nueve años. Durante la comparecencia había terminado reconociendo que ocultó una comunicación reciente con un hombre al que todos creían muerto.

Aquello justificaba comprobar nuevamente sus movimientos y contrastar sus respuestas. No demostraba que lo hubiera matado.

Molina se dispuso a salir con las copias.

—Voy a continuar con la tarjeta antigua —dijo—. También podemos comprobar las referencias del viaje antes de pedirle otra explicación.

—Hazlo. Quiero saber qué podemos acreditar de aquella mañana sin depender de lo que ella decida contarnos.

Se marchó.

Antes de salir del despacho, revisé la declaración firmada en 2017. Verónica había reconocido tres pertenencias de Andrés, pero el documento no establecía quién las había entregado.

Guardé la copia en el expediente del incendio y dejé las comunicaciones recientes incorporadas a las diligencias del homicidio.

Por ahora, necesitábamos mantener separadas ambas responsabilidades.