El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

La coartada que resistió

La segunda cámara mostraba a Lucas Ibáñez a las nueve y cuarenta minutos, caminando hacia la entrada de un centro médico situado varias calles al oeste de Santa Engracia.

Llevaba la botella de agua que había comprado tres minutos antes y consultaba el teléfono mientras esperaba a que una mujer terminara de hablar con el conductor de un taxi.

Molina detuvo la imagen cuando ambos se encontraron.

—Es su madre —dijo.

Me acerqué a la pantalla. Reconocí a la mujer por las fotografías que Lucas conservaba en el taller y por la documentación familiar incorporada a la investigación. Tenía el pelo blanco, llevaba un abrigo claro y se apoyaba ligeramente en el brazo de su hijo mientras caminaban hacia la entrada.

—¿Has comprobado el centro?

—Es una clínica privada. La abogada de Lucas nos ha facilitado esta mañana una comunicación autorizándonos a contrastar una cita que tuvieron allí el martes del asesinato.

—¿Por qué no nos lo dijo antes?

—Quería hablar primero con su madre. Carmen Vidal asegura que ya ha conseguido su consentimiento.

Molina reanudó la grabación.

Lucas y la mujer entraron a las nueve y cuarenta y dos. La puerta volvió a cerrarse y ambos desaparecieron del encuadre.

—Necesitamos saber cuánto tiempo permanecieron dentro —dije.

—Tengo una entrevista concertada con la responsable del centro. También he solicitado las grabaciones disponibles del acceso.

Volví a observar la imagen.

Hasta entonces sabíamos que Lucas había salido de una tienda de alimentación a las nueve y treinta y siete, caminando hacia el oeste. Aquella nueva grabación prolongaba su recorrido en la misma dirección y lo situaba junto a su madre cinco minutos después.

Mientras nosotros intentábamos relacionarlo con el acceso secundario de Santa Engracia, Lucas había continuado alejándose.

—Vamos a comprobarlo personalmente —respondí.

La clínica ocupaba la primera planta de un edificio próximo a la calle de Luchana. En recepción había tres sillas tapizadas, una máquina de agua y varios cuadros de paisajes que parecían elegidos para no llamar demasiado la atención.

Nos recibió una mujer llamada Teresa Aguirre, responsable administrativa del centro. Había preparado una relación de las citas de aquella mañana, aunque mantenía la documentación dentro de una carpeta cerrada.

—La señora Ibáñez nos ha autorizado a confirmar su asistencia y la presencia de su acompañante —explicó—. Los detalles médicos son privados.

—No necesitamos conocerlos —respondí—. Queremos comprobar los horarios.

Teresa abrió la carpeta.

—La cita estaba programada para las nueve y cuarenta y cinco. La paciente llegó acompañada de su hijo y ambos pasaron a consulta unos minutos después.

Molina señaló el registro de recepción.

—Aquí figura la entrada a las nueve y cuarenta y tres.

—Es cuando la administrativa confirmó su llegada. El acceso exterior quedó registrado un minuto antes.

—¿Y cuánto tiempo permaneció Lucas dentro?

—Estuvo con su madre durante toda la consulta. El profesional que los atendió lo ha confirmado y está dispuesto a declarar sobre la asistencia y los horarios, dentro de los límites de la autorización recibida.

Teresa nos mostró el registro de finalización.

La consulta había terminado a las diez y diecisiete. Lucas y su madre abandonaron el centro poco después.

—¿Tienen imágenes del interior? —pregunté.

—La sala de espera está vigilada por motivos de seguridad, pero las consultas no se graban. Podemos facilitar las imágenes que correspondan siguiendo el procedimiento adecuado.

Molina anotó las referencias.

—¿El sistema conserva la hora automáticamente?

—Sí. El mantenimiento lo lleva una empresa externa. Pueden solicitarle las comprobaciones que necesiten.

Le agradecí su colaboración y le expliqué que debíamos contrastar aquellos registros con las cámaras de los establecimientos próximos.

Antes de marcharnos, Teresa me preguntó si Lucas tenía algún problema.

—Estamos comprobando una parte de sus movimientos en relación con una investigación —respondí.

—Su madre llamó ayer bastante preocupada por una noticia. Nos pidió que preparáramos los registros porque decía que su hijo podía necesitarlos.

La mujer volvió a cerrar la carpeta.

—Espero que les sirvan.

Salimos sin preguntarle por el motivo de la consulta. Lo que necesitábamos acreditar era la presencia de Lucas, no las circunstancias de salud de su madre.

Molina y yo dedicamos el resto de la mañana a completar el recorrido.

No bastaba con disponer de una entrada y una salida en la clínica. El intervalo médico-forense seguía siendo relativamente amplio y necesitábamos comprobar que Lucas no hubiera podido encontrarse con Andrés después de que Lucía lo viera vivo por última vez, alrededor de las nueve y veinticinco.

La grabación de una farmacia aportó el primer dato.

Lucas aparecía a las nueve y veinticuatro caminando hacia el oeste. Su rostro quedaba suficientemente visible cuando se detenía ante un paso de peatones.

Otra cámara, situada más adelante, lo recogía a las nueve y veintinueve cruzando una calle.

Después venía la tienda de alimentación, donde permanecía entre las nueve y treinta y cuatro y las nueve y treinta y siete.

La última imagen exterior lo mostraba entrando en la clínica a las nueve y cuarenta y dos.

Molina había solicitado también la grabación de salida. A las diez y diecinueve, Lucas acompañaba a su madre hasta la acera y esperaba con ella mientras llegaba un taxi.

La mujer subía al vehículo y él se alejaba caminando.

—¿A qué hora regresó a la Kangoo? —pregunté.

Molina abrió otra grabación.

—A las diez y veintinueve aparece acercándose por la calle donde estaba aparcada. Se marcha poco después de las diez y media, como ya sabíamos.

Habíamos conseguido situar sus movimientos durante casi toda la franja relevante.

Quedaba comprobar la sincronización de los sistemas. Los agentes encargados de las imágenes habían contrastado las horas con las transacciones bancarias disponibles y con las referencias de mantenimiento de las cámaras. Los registros de la clínica también estaban siendo verificados.

Molina señaló el plano.

—Desde la farmacia hasta el despacho ocho no podía llegar, cometer el homicidio y regresar a la siguiente cámara en esos cinco minutos.

—Quiero que quede documentado con los recorridos reales, incluidos los accesos al edificio.

—Ya he preparado la comprobación.

—¿Y entre la tienda y la clínica?

—Menos margen todavía. Sale a las nueve y treinta y siete y entra cinco minutos después. Además, se aleja de Santa Engracia.

Examiné nuevamente la secuencia.

Las grabaciones no constituían una filmación continua de Lucas durante toda la mañana, pero sus posiciones, separadas por intervalos reducidos y contrastadas con registros independientes, impedían encajar una visita al despacho durante el período investigado.

El intervalo de la consulta resultaba especialmente relevante.

Mientras alguien utilizaba la tarjeta antigua a las nueve y cuarenta y siete y, posteriormente, una figura abandonaba el entorno del acceso secundario a las diez y dieciséis, Lucas permanecía en otro establecimiento acompañado de su madre y de un profesional que podía confirmar su presencia.

—La hipótesis ya no se sostiene —dijo Molina.

Miré el plano que habíamos utilizado durante varios días para situar sus movimientos.

—Con estas pruebas, no.

Carmen Vidal llegó a comisaría aquella tarde acompañada de Lucas.

Habíamos acordado recibirlos después de comunicarle a la abogada los resultados principales de la reconstrucción. La mujer traía una carpeta con la documentación de la consulta y una autorización firmada por la madre de Lucas.

Antes de comenzar, le expliqué qué habíamos podido verificar y qué comprobaciones técnicas debían terminar de incorporarse formalmente.

Lucas permaneció escuchando con los brazos apoyados sobre la mesa.

—Entonces saben que no entré en el despacho —dijo.

—Los registros que hemos comprobado son incompatibles con que usted cometiera el homicidio durante el intervalo reconstruido.

—Eso llevo diciéndoles desde el principio.

—También nos dijo que no conocía a Andrés antes de nuestra primera entrevista.

Lucas apartó la mirada.

—Sí.

—Y ocultó que lo había vigilado, amenazado y buscado el martes.

—Porque pensé que, si les decía todo eso, dejarían de investigar lo de Saúl.

Carmen intervino.

—Mi cliente comprende que esas omisiones han dificultado algunas comprobaciones. Pero también conviene reconocer que ha colaborado para acreditar sus movimientos.

Lucas se inclinó hacia delante.

—Mi madre lleva años intentando acostumbrarse a que no sabemos qué ocurrió con mi hermano. Ahora tiene que asistir a consultas por cosas que no quiero que terminen publicadas en un periódico.

—No necesitamos conocer el contenido de esas consultas —respondí.

—Por eso no quería hablar de dónde había estado. Si daba su nombre, pensé que acabarían llamándola, preguntándole cosas, llevándola a declarar. Ya han sacado fotografías de nosotros de hace nueve años.

—Podríamos haber organizado las comprobaciones protegiendo su información personal.

—Ahora lo sé.

Lucas miró a su abogada.

—Carmen me dijo que tenía que contarlo. Le pedí unos días para hablar con mi madre antes. Después salió aquella noticia y fue ella quien me dijo que dejara de preocuparme por lo que pudieran pensar los demás.

Permaneció callado unos segundos.

—Me preguntó si de verdad estaba dispuesto a dejar que creyeran que había matado a alguien por no contar dónde habíamos estado juntos.

Le dejé terminar.

—¿Por qué fue a Santa Engracia aquella mañana, si tenía una cita con su madre?

—Quería volver a hablar con Andrés. Llegué temprano y esperé a que entrara. Pensé en acercarme después, pero tenía que irme a la consulta y sabía que acabaríamos discutiendo otra vez.

—¿Por eso dejó allí la furgoneta?

—Sí. Pensaba regresar al terminar. Me fui caminando porque era más fácil que volver a buscar aparcamiento.

Su explicación coincidía con el recorrido que habíamos reconstruido.

—¿Y por qué no volvió a intentarlo cuando regresó?

Lucas me miró.

—Porque ya era tarde. Tenía trabajo pendiente y pensé que podría venir al día siguiente.

Carmen colocó una mano sobre la carpeta.

—Mi cliente quiere saber si van a mantener alguna medida contra él por el homicidio.

Le expliqué que comunicaríamos formalmente los resultados de las comprobaciones y que, con los elementos conocidos, no existía fundamento para seguir atribuyéndole la autoría material.

Las amenazas, en cambio, constituían una cuestión diferente y tendrían que valorarse por separado.

Lucas aceptó la explicación sin discutir.

Cuando Carmen empezó a recoger sus documentos, volvió a dirigirse a mí.

—¿Y mi hermano?

—Seguimos esperando las conclusiones de las actuaciones forenses. La revisión de los restos y la investigación del incendio no dependen de que usted estuviera siendo investigado por la muerte de Andrés.

—Quiero que me llamen cuando haya algo que puedan confirmar.

—Lo haremos.

Se levantó y permaneció junto a la puerta mientras su abogada terminaba de guardar la carpeta.

—Inspector, si Andrés hubiera vivido un día más, quizá me habría contado algo.

No encontré una respuesta que pudiera cambiar aquella circunstancia.

—Es posible —dije.

Lucas salió con Carmen.

Cuando regresé al despacho, Molina había retirado el plano de la Kangoo de la pared.

Lo estaba guardando junto a las copias de las grabaciones que habíamos utilizado para reconstruir el recorrido.

—¿Qué hacemos con todo esto? —preguntó.

—Incorporarlo al expediente. Quiero que quede documentado tanto lo que nos hizo sospechar de Lucas como lo que permite descartarlo.

Molina dejó el plano sobre mi mesa.

—Tenía amenazas, un motivo y estuvo cerca del despacho.

—Y ninguno de esos datos lo situaba dentro.

—Lo sé. Pero durante unos días parecía encajar.

Abrí el inventario de los documentos encontrados en Santa Engracia.

—También seguimos sin saber quién utilizó la tarjeta de las nueve y cuarenta y siete.

—La empresa que la perdió nos ha facilitado otros datos de la mudanza. Estoy comprobando las personas que tuvieron acceso a las autorizaciones antiguas.

—Continúa con eso.

Molina señaló otra carpeta.

—¿Y las seis páginas impresas?

—Nuria está contrastando el archivo con las copias del ordenador de Andrés. Quiero que comprobemos quién pudo retirarlas y si hay alguna relación con lo que falta del cajón.

—Entonces dejamos de buscar al hombre que quería vengarse de Andrés y volvemos a buscar a quien necesitaba sus documentos.

Me quedé mirando la fotografía del despacho.

Sobre la mesa permanecían las hojas ordenadas. El cajón superior seguía abierto y la marca rectangular continuaba sin identificar.

Nada de aquello había cambiado desde el primer día.

Lo que acabábamos de descartar era la explicación que durante días habíamos intentado hacer encajar con aquellas imágenes.

—Seguimos investigando quién lo mató —respondí—. Y qué se llevó.

Molina recogió las grabaciones y salió para continuar con las tarjetas.

Yo dejé a un lado las fotografías de Lucas y coloqué delante las del despacho ocho.

Esta vez empecé por el cajón.